El exorcismo de la hacienda Las Tangas

Este 12 de diciembre, 106 familias que fueron despojadas por los fusiles del paramilitarismo rebautizarán la emblemática hacienda de los hermanos Castaño, que en los años 80 fue el cuartel general desde el que hordas de asesinos perpetraron masacres sin tregua.

La emblemática hacienda Las Tangas, génesis del paramilitarismo que corroyó a Colombia en aquellos turbulentos años 80; cuartel general y retaguardia estratégica de la casa Castaño para entrenar a sus ejércitos privados que en poco tiempo serían conocidos como los Mochacabezas; escenario de guerra y camposanto de decenas de víctimas que fueron torturadas y asesinadas siguiendo órdenes de Fidel Castaño, alias Rambo; el predio que durante décadas llevó a cuestas un pasado repleto de salvajadas y barbarie, será rebautizada, en un acto simbólico que se llevará a cabo el próximo viernes 12 de diciembre, como Nueva Esperanza. Unas 106 familias se pusieron de acuerdo no sólo para retornar, sino para construir sobre las cenizas de la violencia.

La ceremonia será encabezada por el ministro de Agricultura, Aurelio Irragori, el director de la Unidad para la Restitución de Tierras, Ricardo Sabogal, y las autoridades locales del departamento de Córdoba. Un evento del que podría decirse sin rodeos que será el exorcismo de Las Tangas. “Lo importante del encuentro es el triunfo del bien sobre el mal. Por el significado de la hacienda Las Tangas en el contexto de violencia paramilitar y la estela de crímenes y consecuencias nefastas que le dejó al país ese santuario de los bandidos, es que este bautismo resulta fundamental. Va a haber un rompimiento entre un pasado triste y un volver a nacer”, sostuvo Sabogal.

Américo García, un campesino de 54 años atenazado por la estrechez, le dijo a El Espectador que el objetivo es borrar cuanto antes ese pasado oscuro, dejar ir los fantasmas que todavía circundan en esas tierras laceradas por los matones, acabar de una buena vez con las leyendas que crecieron después del despojo legalizado por notarios y jueces y retornar al campo para arañar la tierra fértil que moja el río Sinú. “Este conflicto ha golpeado a todo el país. La clave es que buscamos cambiar la violencia que nos azotó por acá. A mí me desaparecieron a un hermano que era concejal. Fue muy duro. Esta era una región de paz”, relató García.

Una moderada tranquilidad que súbitamente cambió a principios de los años 80. Mientras cobraba forma el proyecto político de la mafia de Pablo Escobar y el cartel de Medellín, que pronto derivó en bombazos, secuestros, sicarios y magnicidios orquestados por los Extraditables, las actuaciones de los hermanos Fidel, Vicente y Carlos Castaño Gil pasaban de agache. Entonces el Estado no daba abasto para enfrentar esa máquina de guerra de Escobar y sus secuaces. El Palacio de Justicia ardió en 1985 y en apenas unos años fueron asesinados Guillermo Cano, Jaime Pardo Leal, Carlos Mauro Hoyos, Luis Carlos Galán, Valdemar Franklin Quintero, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, entre un largo etcétera de inocentes que confrontaron al cartel de Medellín.

Los ojos de las autoridades no se distrajeron en un verdugo distinto a Pablo Escobar, ignorando que en el nudo de Paramillo se gestaba una guerra tan brutal como la patrocinada por el capo de capos. Pero antes de llegar a esos años de sangre habría que explicar cómo se hicieron los Castaño a la hacienda Las Tangas. El 4 de abril de 1983, en la notaría 15 de Medellín, se perfeccionó el negocio por $300 millones. Fidel Castaño entregó la mitad y se comprometió a pagar el resto en tres contados. Jamás llegaron los pagos, pero sí amenazas a los vendedores. Cinco meses después, los paramilitares secuestraron al hijo del dueño original de Las Tangas, al que liberaron en Magangué (Bolívar) después del pago de $200 millones. El 13 de diciembre de ese año, el expropietario de la finca fue asesinado.

Lo siguiente constituye uno de los capítulos más sangrientos de la ya bárbara historia colombiana. Los paramilitares se tomaron Córdoba y Urabá, comenzaron su cruzada por arrebatar a sangre y fuego fincas y corredores estratégicos para desplegar su guerra y, en la trasescena, ejecutar una contrarreforma agraria. Notarios y jueces, o bien comprados o bien intimidados, con el correr de los fusiles y los años fueron escriturando el despojo. Desde Las Tangas salieron las hordas de asesinos que ese año de 1988 perpetraron con total sevicia las masacres de Currulao y Punta Coquitos, Honduras, La Negra y Segovia (Antioquia), Buenavista, Canalete y El Tomate (Córdoba), con un saldo de más de 200 víctimas.

Los Tangueros se hicieron llamar, pero en los corregimientos de Urabá y el bajo Cauca antioqueño comenzaron a apodarlos como Mochacabezas. La guerra sucia del paramilitarismo, ya con suficientes nexos con el narcotráfico del cartel de Medellín, aniquiló a destiempos, en complicidad con agentes del Estado, a más de 4.000 integrantes de la Unión Patriótica. El Urabá era un hervidero de sangre, pero las andanzas de los Castaño apenas eran reseñadas por la prensa y la justicia. Dos años después, los Tangueros llegaron a Pueblo Bello (Antioquia) y desaparecieron a 43 labriegos. En abril de 1990, 24 cuerpos fueron exhumados en Las Tangas, seis de los cuales correspondían a algunos de los 43 desaparecidos. Colombia no marchó, como sí lo hizo México con los normalistas de Ayotzinapa.

Poco tiempo antes de la salvajada de Pueblo Bello, un hombre que se identificaba como Alekos comenzó a darle información al DAS sobre las vueltas del cartel de Medellín. Ese hombre resultó ser Carlos Castaño. Dueños y señores de las sabanas de Córdoba y la intrincada topografía de Urabá, los Castaño terminaron enrolados en la lucha de los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar). Fidel, más conocido con el alias de Rambo, por su devoción a las películas de Sylvester Stallone, resultó muerto en enero de 1994 y las banderas de la supuesta guerra contrainsurgente le fueron heredadas a Carlos, mientras Vicente desaparecía del radar de las autoridades y se dedicaba a traficar cocaína a sus anchas.

Los Castaño crearon en 1991 la Fundación para la Paz de Córdoba (Funpazcor), con el objetivo de donarles a desplazados las tierras que en bueno medida ellos les habían arrebatado a punta de balas. Dicho período coincidió con los diálogos de paz con el Epl y otras guerrillas y Funpazcor —administrada por la concuñada de los Castaño, Sor Teresa Gómez— fue vendida como una ruta de pacificación y de retorno. Tiempo después vino a saberse que aquella fundación no era más que una fachada de las autodefensas para mantener a través de testaferros su imperio criminal. Fue entonces cuando se dio un segundo despojo y se volvió una frase de cajón aquella de “o vende usted, o vende la viuda”.

Córdoba era a los ‘paras’ lo que San Vicente del Caguán a las Farc, según declaró Don Berna desde Estados Unidos a un fiscal de Justicia y Paz. “El Estado éramos nosotros”. Y lo era. Durante los tiempos de la zona de distensión, en la era Andrés Pastrana, los paramilitares afianzaron su guerra, asesinaron sin tregua, a machete, motosierra y garrote perpetraron masacres en los Montes de María, los Llanos Orientales, Antioquia, Córdoba, Cesar y el Catatumbo. Violaron, desaparecieron y hasta crearon hornos crematorios para desocupar las fosas de sus muertos que ya no daban abasto. Las Tangas fueron el germen de todo aquello que siguió.

En abril de 2004, un Carlos Castaño que negociaba su entrega con la DEA fue asesinado por órdenes de su hermano Vicente. Tres años después fue el todopoderoso Vicente quien sucumbió ante la traición de sus mismos hombres. Quedó su concuñada Sor Teresa Gómez y la persecución contra líderes por la restitución de tierras se desató nuevamente. Entre ellas, Yolanda Izquierdo. Por este crimen, Gómez tiene una condena de 40 años a cuestas que comenzó a purgar en octubre de 2013 cuando fue detenida por la Fiscalía. Parece el epílogo inmodificable de los violentos que un día salieron de Las Tangas. Un destino que pretenden cambiar a fuerza de un nuevo bautismo y de un renacimiento los retornados a Nueva Esperanza.