El hombre que se tragó la selva

En siete meses nada se ha sabido de Andrés Felipe Mejía, el investigador del CTI de 26 años que desapareció en mayo en el Guaviare durante un operativo.

Una vez cada semana, Álvaro Mejía deja el taller donde trabaja para ir averiguar en la Fiscalía por su hijo./ Christian Garavito

Blanca Ruby López lleva siete meses llorando la ausencia de Andrés Felipe Mejía López. Álvaro Mejía cuenta, con voz quebrantada, que llorar es una ventaja: él se ha tenido que pasar entero el dolor de no saber qué sucedió con el segundo de sus tres hijos. A los hermanos del agente, Juan Camilo (17 años) y Ximena (30 años) también los ha golpeado hasta lo más profundo el no tener noticias de su hermano, un investigador del CTI de 26 años de edad que desapareció en la selva de San José del Guaviare durante un operativo judicial el pasado 5 de mayo. Ya son 224 días de esperar respuestas que calmen la incertidumbre de esta familia oriunda de Facatativá, que reside en Bogotá y que desde entonces no ha tenido un minuto de tranquilidad.

Álvaro Mejía, de 52 años, es un mecánico industrial del Sena. Puede que no se sienta capaz de llorar a mares, pero sus ojos se humedecen cuando cuenta historias como esta: “Me acuerdo de una vez que él tenía 10 años y vivíamos en Madrid, Cundinamarca. Yo llevaba siete quincenas sin que me pagaran, la empresa en la que trabajaba iba para atrás. Andrés Felipe ayudaba a mezclar cemento en una construcción y le pagaban, y un día me dijo: ‘Acá le traje este arroz, estos tomaticos y un poquito de aceite’. Él es así, un muchacho muy inquieto, lleno de expectativas y perseverante”. Don Álvaro habla del “inmenso corazón” que caracteriza a su hijo y, de nuevo, su mirada se llena de lágrimas. Dice que no ha soñado con él, pero que anhela hacerlo para sentirlo más cerca.

Lo mortifica, además, ver a su esposa con el ánimo por el piso, arrasada por el estrés, llena de espasmos musculares y con esa tristeza infinita que la invade a diario. Doña Blanca, a diferencia de su esposo, en repetidas ocasiones ha soñado con su hijo y una vez le preguntó: “Mijo, ¿usted dónde está?”. “Mamá, yo estoy en La Paz”, le respondió. En la selva del Guaviare existe una población con ese nombre y, luego de contarle la historia a un general del Ejército, don Álvaro y su esposa terminaron sobrevolando el área. Desde el helicóptero hicieron perifoneo y arrojaron cinco mil volantes con la foto del investigador, teléfonos de contacto y el monto de la nueva recompensa por información, la cual ascendió de $10 millones a $50 millones.

Hace 20 días el susto fue monumental: una persona llamó a la Fiscalía afirmando que había visto a varios sujetos trasladar un cuerpo por el río Inírida y sepultarlo cerca de La Paz. Una comisión del CTI viajó de inmediato a la zona para encontrar el cadáver y exhumarlo. Cuando la Fiscalía le pidió a don Álvaro la carta dental de su hijo, él, en silencio, se llenó de temor. A doña Blanca los nervios la desbordaron ante la posibilidad de que confirmaran que se trataba de su hijo. Las pruebas forenses descartaron que el fallecido fuera Andrés Felipe, un joven que inició su carrera en el DAS hace cinco años y que estudia derecho por las noches en la fundación universitaria del exsenador Carlos Moreno de Caro, aspirando a volverse algún día fiscal.

Perdido en la inmensidad de la selva

La familia Mejía López se enteró de lo que había ocurrido tres días después de que Andrés Felipe desapareciera en el operativo con el que se buscaba capturar a Julián Gallo, alias Carlos Antonio Lozada, segundo jefe del bloque Oriental de las Farc. Ese 8 de mayo, en vez de Andrés Felipe, en la casa Mejía se presentó un vehículo de la Fiscalía para llevarlos al despacho del director del CTI, Julián Quintana. “Nos dijo que esperaron 24 horas para ver si aparecía por sus propios medios. Como no fue así, pusieron en marcha un mecanismo de búsqueda urgente, el cual se extendió por 40 días”, explicó don Álvaro. Un día después de recibir la estremecedora noticia, el 9 de mayo, él y doña Blanca recordaron con amargura y desconsuelo el cumpleaños número 26 del joven, prendieron velas y empezaron a rezar —como lo hacen cada noche con un rosario en la mano— por su regreso.

Una de las hipótesis que maneja don Álvaro es que su hijo cayó en un anillo de seguridad de la guerrilla, por lo que podría estar en poder del frente Primero o el Séptimo de las Farc. Es una idea a la que se aferra con todas sus fuerzas, pues al menos así estaría vivo. También llegó a sus oídos que una desmovilizada o supuesta prostituta al servicio de la guerrilla aseguró haber visto cómo trasladaban a un hombre de uniforme negro —como los que usan los del CTI— en una camilla de las Farc hacia una columna que contaba con el equipo para atender sus heridas. Otra suposición es que podría estar bajo los cuidados de un resguardo indígena. El agobiado padre se puso en contacto con el Ministerio del Interior para tratar de esclarecer o descartar esta última teoría, pero aún no sabe si se logró entablar diálogo con los indígenas de la zona.

Malintencionados

Parece increíble, pero es cierto: al dolor de la familia Mejía también se le han sumado los aprovechados. Hace cuatro meses, apenas 10 horas después de que una entrevista con Herbin Hoyos hubiera salido al aire en la madrugada de un domingo, don Álvaro fue contactado por un hombre que se identificó como el comandante Rogelio, del frente 54 de las Farc, quien le dijo que tenía en su poder al investigador Mejía. “Me dijo que para entregármelo tenía que enviarle 5 millones de pesos para comprar un radio de comunicaciones. Le respondí que no tenía esa cantidad de dinero y él me dijo: ‘ese es su problema, lo llamo en una hora’”. Mejía llamó de inmediato a Raúl Cruz, jefe de investigaciones del CTI, quien a su vez lo contactó con el Gaula. La indicación fue que ignorara al sujeto, que esas eran llamadas hechas desde la cárcel.

Ese mismo día, don Álvaro recibió otra llamada de un hombre de Medellín que le aseguró que conocía la zona por haber prestado servicio militar allí. Dijo que no quería nada a cambio, sólo ayudar. Meses después el personaje se volvió a poner en contacto, asegurando que tenía las coordenadas de dónde estaba Andrés Felipe. Proporcionó unos datos parciales para que la Fiscalía los corroborara, tal cual sucedió, y a este hombre, identificado como Marco Fernando Ruiz, le facilitaron $2 millones, un celular y un GPS interceptados. Después de varios monitoreos y seguimientos a llamadas en las que se escuchaba cómo tramaba mentirles a las autoridades, se descartó que Ruiz fuera fiable y se abrió una investigación en su contra por estafa y falso testimonio. Se desconoce de su paradero.

En La Habana

Álvaro Mejía relata que el vicefiscal Jorge Perdomo y el fiscal Eduardo Montealegre le garantizaron que sobre la mesa de La Habana se pondría el tema de su hijo. “Yo me puse feliz, pensé: algo estoy logrando”. Sin embargo, hasta la fecha no ha habido pronunciamiento de la guerrilla; ni siquiera cree que el caso haya llegado a Cuba. Ha intentado contactar a las Farc a través de la página Anncol y tampoco ha obtenido resultados. “Es muy frustrante ver que las negociaciones se paralizan por el secuestro de un general. Entiendo lo del alto rango, pero estamos hablando de seres humanos por igual, también merecemos saber si lo tienen secuestrado, pero creo que eso es pan diario, un desaparecido más”. Al tiempo, al presidente Juan Manuel Santos se la pasa enviándole tuits como este: “@JuanManSantos Cumple 7 meses desaparecido en los cuales he tratado de comunicarme con usted y no he podido. Atiéndame por favor. Sólo 5 min”.

“A las dos semanas de la desaparición nos llevaron a la zona para sobrevolarla a bordo un helicóptero militar. Fue una experiencia desagradable. Cuando nos hablan de la inmensidad de la selva, nunca dimensionamos su real magnitud. Yo miraba para abajo, en ese espacio que parecía ser ocho veces Bogotá, y pensaba ‘Dios mío, ¿dónde está mi hijo? ¿Cuándo va lograr salir de aquí?’. Mi esposa lloró todo el camino. Recordé a ese policía John Frank Pinchao, quien logró escapar de su secuestro, y un día le pregunté a un general: ‘General, ¿cómo hizo Pinchao para salir de la selva?’. ‘Eso fue un milagro’, me respondió”. Pero don Álvaro y su familia, quienes anhelan más que nada pasar esta Navidad juntos, no renuncian a la idea de que quizá hoy el milagro les toque a ellos. “Que no me lo echen al olvido”, suplica don Álvaro una y otra vez, “que no me lo echen al olvido”.

Carta para Andrés Felipe

Hijo:

Su mamá, Ximena, Juan Camilo, su sobrino Juan Sebastián y toda su familia; sus amigos; sus vecinos y yo, su papá, deseamos de todo corazón que usted esté en buenas condiciones de salud y de ánimo. Sé que es muy difícil la situación, pero sabemos también que ha demostrado ser un hombre guerrero, que no se doblega ante las adversidades, un caballero, una persona con cultura, respeto y que se hace querer fácilmente, un emprendedor que no se amilana ante los obstáculos. Nosotros lo queremos mucho y sepa que esta situación ha unido los lazos familiares.

Si yo he sido estricto es por el mismo amor que les tengo, porque quiero que mis hijos sean los mejores en la vida y en sus carreras, pero siempre dándoles pautas para que tal vez no cometan errores, porque toda la vida es un constante aprendizaje. No somos perfectos, hijo, pero podemos hacer las cosas bien, no sólo para agradar a Dios sino para nuestra propia satisfacción.

Usted va a salir de esta encrucijada más pronto de lo que imaginamos. El poder de la oración es muy grande y a usted lo encomendamos a Dios todos los días; rosarios, cadenas de oración, ayunos, eucaristías. Imagínese que Ana Isabel estuvo en México y mandó celebrar una eucaristía por usted en la Basílica de Guadalupe. Lo estamos esperando, hijo, con ansias para decirle muchas cosas, para abrazarlo, para decirle algo que hace mucho tiempo no le he dicho: que lo amo con toda mi alma. Su mamá y sus hermanos, igual, y nos duele mucho por lo que está pasando. Cuánto diera por reemplazarlo para que usted estuviera en la casa descansando y recuperándose; lo necesitamos para estar completos todos en Navidad y unidos de ahí en adelante. Ahora hay un vacío enorme en nuestro hogar por su ausencia, pero con fe y esperanza vamos a estar reunidos muy pronto.

Muchos saludos de todos, besos, abrazos y que Dios de bondad y misericordia lo bendiga, lo proteja y lo traiga pronto.
Lo amamos demasiado

Álvaro, Ruby, Ximena, Juan Camilo y Juan Sebastián.
 

 

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