“Él hacía lo imposible”: hijo del rescatista de la Cruz Roja José Daniel Martínez

José María Martínez recuerda la historia de su padre, un rescatista de la Cruz Roja que prestó servicio durante 44 años. La tragedia de Armero, la toma del Palacio de Justicia y de la Embajada de República Dominicana fueron algunos de los sucesos que marcaron su vida y lo impulsaron a seguir sus pasos en esta institución.

José Daniel Martínez en uno de sus viajes de emergencia con la Cruz Roja.  / Archivo particular
José Daniel Martínez en uno de sus viajes de emergencia con la Cruz Roja. / Archivo particular

Enviaron a mi papá a Chile a traer unos repatriados. Salvador Allende era el presidente y su secretaria personal era Gloria Gaitán, la hija de Jorge Eliécer Gaitán. A ella la estaban buscando los opositores para asesinarla. Mi papá la ayudó: la disfrazó de viejita, la sacó del palacio, la subió al avión y la trajo de nuevo a Colombia.

Como ésta hay muchas más historias. Incluso, una fue publicada en El Espectador. Se tituló “Un quirófano en el monte”. Mi padre estaba en casa durmiendo y a las 2:00 a.m. lo llamó el expresidente de la Cruz Roja, Jorge Cavelier, a decirle que en Chipaque, Cundinamarca, había unos mineros atrapados en una cantera. Uno estaba vivo y no podía salir porque tenía un brazo atorado en la montaña. Se fue hasta allá y comenzó con el rescate. El primer médico se desmayó. El segundo doctor decidió que había que amputar. Trató de cortar el brazo, pero de los nervios partió la sierra. Mi papá decidió sacar su navaja y empezó a cortar tejidos y huesos. Fue muy doloroso porque el hombre no tenía anestesia, pero lograron sacarlo.

José Daniel Martínez fue voluntario de la Cruz Roja durante 44 años. Quien les habla es José María Martínez Villamil, su hijo. Recuerdo que una vez estábamos en la esquina de la séptima con 54, en el edificio original de la Cruz Roja, recibió una llamada del Ministerio de Relaciones Exteriores. Hacía tres días había una loquita dando lora. Fue hasta allá y duró hablando con ella como media hora hasta que logró enviarla a un centro en el Santuario de La Peña, una tarea que parecía imposible. Desde entonces le decían “el loco Martínez”, porque él hacía lo imposible.

Mi papá era un hombre muy humilde que se hizo a pulso. Fue el primer delegado internacional que tuvo la Cruz Roja, cuando todavía se llamaba la Liga de Federaciones de la Cruz Roja Mundial. Llegó a ser el Director Técnico de Socorro Nacional. Cubrió las grandes emergencias de este país: olas invernales, situaciones de conflicto, accidentes. Fue el primero en empezar a trabajar con reinsertados y desplazados. Estuvo en el Palacio de Justicia, en la toma de la embajada de República Dominicana, en Armero y decenas de calamidades más.

También ayudó a sortear adversidades en el extranjero. Muchas veces le tocó viajar a atender desastres en República Dominicana, Haití, Bolivia, Chile. Cuando en Nicaragua estaba Anastasio Somoza como presidente y se libraba la guerra contra el frente sandinista, mi padre voló en un avión de la Fuerza Aérea con emblemas de la Cruz Roja a llevar auxilios y medicamentos a la población. Iba con varios periodistas, entre ellos Yamid Amat y Juan Gossaín. Entrando al aeropuerto de Managua les dispararon y una de las balas le atravesó la pierna al piloto y mi papá, en pleno vuelo, le hizo la curación para aterrizar.

Cuando estaban en tierra, entregaron los auxilios. Necesitaban salir rápido por la situación y remendar el avión. Una de las personas que estaba escondida en la maleza, le dijo que le ayudaba a repararlo si lo metía en el helicóptero con su familia. Con tubos de sintesolda (pegamento), esparadrapo y una baja lenguas taparon los 54 impactos y salieron. Cuando el piloto dijo que estaban en aguas internacionales, todos los que iban en la aeronave comenzaron a llorar y a darles las gracias.

Si bien mi padre no tuvo todos los recursos económicos y sólo llegó hasta tercero de primaria, consolidó una visión de vida que giraba en torno a la humanidad. Nosotros nos íbamos de paseo a Chinauta y si había un accidente en la carretera, José Daniel Martínez Quijano se tenía que bajar del carro a ayudar a los heridos. Eso nos marcó, porque ahora nuestra prioridad es ayudar a las personas que están en situaciones de calamidad.

De los cinco hijos, dos nos dedicamos a hacer lo mismo. Yo soy el menor y fui muy consentido por él. Me llevaba a todas partes y me ayudó a entrar a la Cruz Roja. Trabajar juntos, sin embargo, no fue fácil. En el caso de Armero, por ejemplo, me tocó la recepción de los auxilios en el aeropuerto para enviarlos a las áreas del desastre. Él estaba allá recibiendo todo y ordenando a la gente. Yo quería hacer algo y él me frenaba para aconsejarme. Yo le decía: “Papá, yo entiendo que pueda que tenga razón, pero déjeme hacer las cosas. Quiero machucarme, caerme, aprender”.

Luego se pensionó y me quedé solo en la Cruz Roja. Se fue “mi faro infinito de luz”, como dice el himno de la institución. Ahí empecé a entender muchas cosas: la magnitud de los principios y valores que nos enseñó.

Mi papá recibió la Cruz de Boyacá, el Águila de Fuego y decenas de reconocimientos internos de la institución. Cuando falleció le pusieron la bandera de la Cruz Roja, como siempre soñó. El día que murió se encontró con unas vecinas, las invitó a comerse un helado y cuando ya estaban en el sitio le dio un infarto. Tenía 77 años.

Lo extraño porque era mi amigo, quien me orientaba. Todas sus experiencias me dejaron muchas enseñanzas y responsabilidades que hoy asumo con su recuerdo. Sigo luchando por las personas y eso se debe a él, que siempre quería un país mejor para sus hijos y para sus nietos.

Temas relacionados

 

últimas noticias

Magic Garden, una bomba silenciosa