“El maltrato no mira estrato o razas”: víctima de violencia intrafamiliar

Durante 14 años Cecilia García * aguantó los golpes de su pareja. Aunque aún le tiene miedo a su agresor, quiere contar su historia para que sus hijos y otras mujeres que han sufrido como ella se den cuenta que no vale la pena resistir: hay que hablar.

En 2015 se presentaron más de 74.972 casos de violencia intrafamiliar en el país. /Archivo

“Uno no cuenta nada por pena, porque cree que esas cosas solo le pasan a los demás. Y entonces, como eso no es de contar, lo callas. Y cuando se hace evidente, lo excusas. La gente piensa que porque eres profesional y tienes un buen trabajo no pasas por eso, pero mentira: el maltrato no mira estratos, ni razas”. 

Cecilia García* aguantó 14 años para tomar la decisión de dejar a su segundo esposo. Se casó dos veces. En el primer matrimonio tuvo que lidiar con los malos tragos de su pareja, a quien asesinaron cuando ella tenía tan sólo 22 años. El segundo matrimonio resultó ser el peor momento de su vida. Tuvo que vivir más de 5.000 días con un hombre que la golpeaba.

Cecilia hace parte de los 74.972 casos de violencia intrafamiliar que se presentaron en Colombia en 2015, según la Policía, una cifra que en los últimos tres años aumentó considerable y silenciosamente. En 2013, la institución reportó 33.086 casos y en 2014 registró 48.427.

“Uno los identifica desde el comienzo, pero somos muy ingenuas y creemos que podemos cambiar a los hombres con los hijos, yéndonos a vivir juntos, tratando de ser especiales. Pero mentira. Los que son violentos no cambian y nadie nos dice eso. En el noviazgo me pegó en dos oportunidades. Una vez me lanzó un teléfono y yo lo dejé pasar”.

Cecilia nació en Bogotá, tiene 41 años, es abogada y mamá de cuatro hijos. Actualmente trabaja con el Estado. Fue ahí donde años atrás conoció a su victimario. Se aferró a él porque durante toda su vida siempre estuvo muy sola, pues su padre murió cuando tenía 2 años y su madre cuando cumplió 12.

“Una de las constantes de las mujeres que somos agredidas en nuestros hogares es que no contamos con una red de apoyo y creamos una relación de dependencia. Muchas veces no se trataba de un asunto monetario –mi caso-, sino emocional”.

Y cuando estuvo decidida a contar su caso ante las autoridades, Cecilia se encontró con trabas que jamás imaginó que iban a existir, como su familia y sus allegados. “Cuando fui a denunciar la primera vez, en 2005, me encontré con una conocida de mi exesposo que al verme con la cara golpeada quiso saber qué hacía en ese lugar. Le conté que lo iba a denunciar y me respondió: “¿Ya lo pensaste bien? Eso puede traerle problemas a él en el trabajo. Luego ustedes terminan arreglándose”… Y me convencí de que tenía razón. Por otro lado está la familia: “mijita, ¿cómo fue a hacer eso? ¿No pensó en las niñas? Usted no sabe la imagen que él tiene, imagínese qué va a decir la gente”. Uno termina pensando más en el otro que en uno mismo”.

En total se atrevió a denunciarlo tres veces. Todas fueron archivadas porque a los tres meses retiraba la denuncia. El argumento siempre fue el mismo: el miedo. “Los golpes eran más fuertes en cada denuncia. Uno de los incidentes más graves fue en 2008. Por un problema de faldas con otra mujer peleamos. Decidí irme y poner la denuncia, pero él me alcanzó cuando estaba saliendo de la casa y me cogió a golpes, me fracturó la nariz. Los vecinos salieron, mis hijos vieron todo. Ellos solo lloraban y nadie hizo nada. Reinó el silencio. Me dieron una incapacidad de 30 días”.

¿Por qué se aguantaba esa situación? ¿Por qué una mujer independiente decide lidiar con alguien así? ¿Por qué, incluso, decide tener hijos con él? ¿Por qué no se va? “La gente te da muy duro “esa vieja tan bruta”, “a ella le gusta que la golpeen”. Todos juzgan, pero nadie sabe qué es vivir eso. Y tal vez sí lo era, pero tardé mucho en darme cuenta de eso. Tenía miedo porque los golpes cada vez eran más fuertes. Tenía pánico al abandono. Luego pensaba que si lo metía en problemas, se quedaba sin trabajo y después no me iba a dar dinero para los hijos. Me pesaba mucho que fuera el papá de mis hijos. Incluso, llegué a justificarlo e intenté solidarizarme con él, porque fue lo que vio en su casa. Escondía todo lo que me hacía. Llegaba a mi trabajo con morados y decía que me había caído algo encima”.

Hoy cree que sus argumentos no tenían fundamento y considera que nadie tiene que aguantar y callar este tipo de violencia. Y aunque está segura de que cargar con esa cruz es una decisión de la mujer, también piensa que un agravante para que estos casos no sean denunciados tiene que ver con la forma como funciona el sistema judicial.

En el último año, según la Policía, aumentaron las denuncias a un 54%. Sin embargo, según la Secretaría Distrital de la Mujer, aún es una cifra muy baja y hay que apostarle a estrategias para que las mujeres se informen sobre las rutas de ayuda que actualmente se ofrecen, como la Línea Púrpura, en Bogotá, que incluye el registro de la denuncia y el acompañamiento psicológico y jurídico.

“Por un lado, es inconcebible que este delito sea conciliable. La vulneración a la mujer no debe negociarse. Yo ya pasé por esa conciliación y luego me arrepentí, porque continuó el problema. Por otro lado, me dieron una medida de protección y ordenaron su desalojo. Pero él no se iba a ir, así que me tocó agarrar mis cosas e irme. Pero a decir verdad esas medidas de protección no sirven. Cuando solicitaba que se hicieran efectivas, me decían: Señora llévela al CAI, a la comisaría de familia, a la Fiscalía. Y en los momentos de urgencia, uno va a las estaciones de Policía y la respuesta es que no hay unidades disponibles”.

Así mismo, cree que la lucha contra la violencia no está siendo efectiva, principalmente, porque se ha reducido a la creación de leyes y aumento de las penas. Para Cecilia, eso solo congestiona más al sistema y evade los problemas que existen actualmente. “Hay muchas fallas en el sistema judicial. Me parece que la solución no está en más tipos penales. No es hacer más normas donde las penas se aumenten, sino que el legislador aplique bien la norma que hoy existe”.

Cecilia se separó hace tres años y hoy responde por sus cuatro hijos, quienes la apoyan y le recuerdan todo el tiempo: “Mamá feliz, familia feliz”. Sin embargo, todavía carga con la culpa de haberles hecho pasar ese eterno y doloroso tiempo a sus hijos, a quienes les recuerda constantemente que lo que vieron no es ejemplo ni por su parte, ni por parte de su papá. Aunque es evidente que aún persiste el miedo cuando decide ocultar su nombre, ella se alegra porque por lo menos se apartó de su agresor.

“Lo curioso es que cuando me separé y conté la verdad, todo el mundo me respondía que lo sabía. Al final todos conocían la historia. Ahí entendí que no tenía que tener vergüenza por lo que había pasado. Por eso hoy cuento mi historia, para que todas las mujeres que quieran tomar la decisión que tomé, lo hagan. Hoy mi abogado dice que le sigo teniendo miedo a mi exmarido, pero para mí lo más importante es que decidí alejarme de él y tener una vida tranquila”.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.