El monstruo y el sociópata de Chapinero

El 4 de diciembre de 2016 fue el abominable crimen contra la niña Yuliana Samboní Muñoz. El 4 de diciembre de 1986 otro hecho criminal y macabro enlutó a Bogotá y tuvo como epicentro también el barrio Chapinero. Ese día un hombre, Campo Elías Delgado Morales, acabó con la vida de 30 personas, 20 de ellas en el restaurante Pozzetto, a escasas cuadras del edificio Equus 66, el lugar de los hechos actuales.

Hace 30 años la sociedad colombiana no salía de su estupor, nunca antes un crimen de esas características había sucedido; y eso que en Colombia, durante prácticamente toda su historia, hemos vivido todo tipo de violencias y atrocidades. El escritor Mario Mendoza, quien aúna en su oficio la rigurosidad, la creatividad y la honestidad, en su novela Satanás (llevada hace diez años al cine) retrata la Bogotá de ese tiempo y nos acerca a la comprensión de lo incomprensible: porqué un hombre toma la decisión un día de acabar con su vida, pero antes llevarse la vida de su madre, la de sus vecinos y la del mayor número de personas posibles en un lugar concurrido y apacible como lo era en ese momento el restaurante Pozzetto.
 
Estos dos crímenes también nos horrorizan porque sus perpetradores son personas cultas, integradas a la sociedad. Tanto Campo Elías Delgado, como Rafael Uribe Noguera habían estudiado en la Universidad Javeriana, uno Literatura, el otro Arquitectura. Pero las similitudes acaban aquí, y empiezan las diferencias.
 
Campo Elías ya venía de regreso de todo, era un veterano de la guerra de Vietnam, habiendo estado en la frontera con Laos, una de las zonas de más enfrentamientos y quien después de vivir ese horror y terminado su tiempo obligatorio había elegido como voluntario regresar a ella. Pero en 1986 habían pasado quince años y ese infierno ya había quedado atrás, o eso parecía, porque estaba haciendo su trabajo de grado de Literatura, y daba clases de inglés para completar sus pingües ingresos que le giraban como pensionado de la guerra.
 
Sus estudios de Literatura era tal vez su manera de buscar entender los profundos abismos del alma humana y los infiernos a los que podemos descender como individuos y como sociedad, y enriquecer con el arte y la luz de las letras su empobrecido mundo. Mario Mendoza nos cuenta que lo conoció, también como estudiante de Literatura de la Universidad Javeriana, unos meses antes, que Campo Elías había escogido como trabajo de grado la novela de Stevenson, El extraño caso del doctor Jekill y mister Hyde. O sea, que Campo Elías buscaba entender la estética y las razones de la duplicidad, la sombra que nos habita, el lobo malo que algunos alimentan, que puede manifestarse esporádicamente o tomar el control de nuestras vidas.
 
Campo Elías llevaba una sorda lucha, en la guerra de Vietnam había aprendido diversas técnicas de matar con sus propias manos, había bebido la sangre de sus víctimas, de manera literal o metafórica, había sobrevivido a múltiples batallas y había regresado sin ninguna secuela física, aunque sí con múltiples secuelas espirituales. Pero quería alimentar a su lobo bueno, integrarse a la sociedad y ser uno más de la manada; pero sentía que esa misma sociedad no lo entendía, no lo valoraba y no merecía su sacrificio. El 4 de diciembre de 1986 su lobo malo ganó la lucha, llevándose la vida de 30 personas y con ellas una nueva zozobra invadió a la sociedad colombiana.
 
La duplicidad de Rafael Uribe Noguera es más siniestra; aunque apenas está saliendo a la luz pública los entresijos de su vida todo parece indicar que no estamos ante un hecho psicótico, una deformación de la realidad debido a eventos traumáticos, sino todo lo contrario. Rafal Uribe lo tenía todo: salud, estudios, familia, amigos, juventud, riqueza, títulos, empresa… era un privilegiado social. Lo que tal vez nadie o sólo sus más cercanos sabían era la miseria de su alma, la atracción del abismo, el vacío existencial que había empezado a llenar con alcohol, droga y fantasías perversas, y quién sabe desde cuándo había decidido traspasar el límite de la fantasía y sin ninguna empatía por la víctima, la familia de la víctima y la sociedad había tomado la decisión de que su sed de sangre y la adrenalina que le generaba valía el riesgo.
 
¿Cómo entender que un hombre que vive en medio del arte, que es profesional en la Arquitectura, que es la ciencia y el arte de habitar el mundo, la que enseña a diseñar importantes obras de construcción, como los puentes en arco donde “la materia se vence a sí misma”. Ciencia que esboza, modela, proyecta, planifica y supervisa la ejecución de los más complejos diseños involucrando el cálculo matemático y las consideraciones estéticas del espacio y el entorno para hacer más agradable nuestra forma de habitar las ciudades y el territorio, opta un día por realizar los actos más infames y abyectos en los seres más vulnerables y valiosos para la sociedad? Tal vez en todo acto de traición lo primero es la traición a sí mismo.
 
Tal vez sufrió otro tipo de abandono, la ausencia de límites, de la presencia amorosa de padres que le enseñaran con el ejemplo la empatía hacia los demás, especialmente hacia los más débiles y los necesitados de afecto y solidaridad. Posiblemente en su formación siempre se hizo muchísimo más énfasis en el éxito, la rentabilidad de las inversiones, el escalamiento social.
 
Debemos darle tiempo al juicio que se inicia por este crimen para tratar de comprender esta tragedia que enluta a una familia humilde que como víctimas del conflicto armado en Colombia se habían visto forzados a vivir en la capital, una ciudad que, digamos la verdad, no acoge calurosamente a los recién llegados y menos a los más humildes, decenas de familias todos los días. Pero la familia Samboní Muñoz ya había logrado adaptarse a muchas cosas en la gran ciudad, hasta el fatídico día en que el victimario decidió arrebatarles al más preciado de sus miembros.
 
Pero a pesar de este respeto por el proceso judicial, por la familia de la víctima, la del victimario e incluso por el victimario mismo, todo parece indicar que estamos frente al crimen de un sociópata. Es decir, de un engendro creado por la sociedad quien a su vez la desprecia con todo su ser. Mientras que Campo Elías se quebró el 4 de diciembre de 1986 en Chapinero, para terminar en el infame hecho acaecido en las horas de la noche y que se conoce como La masacre de Pozzetto; Rafael Uribe Noguera madrugó a la infamia el 4 de diciembre de 2016 en Chapinero Alto cuando se pudrió por dentro, en un ignominioso acto que afortunadamente y contra sus cálculos salió a la luz.
 
Pero más allá de la tragedia de estos hechos abominables, pienso que la principal tragedia de nuestro país es que nos indignamos por un tiempo, los días en que hechos como estos salen en los medios de comunicación. Nuestra indignación se sacia en el linchamiento de los perpetradores. El 9 de abril de 1948 la muchedumbre indignada por el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán 
 
la emprende contra el que identifican como su perpetrador, Juan Roa Sierra. Y a pesar de que en este caso la indignación dura años y arrasa y asola a todo el país con una rabia ciega que nunca logra identificar sus verdaderos orígenes y causantes, y por lo tanto tampoco logra solucionar sus problemas. La profunda transformación social que ya empezaba a encarnar Gaitán y que en pocos meses iba a hacer a todas luces refrendada por el pueblo en las urnas fue algo que no pudieron aceptar las tradicionales familias enquistadas en el poder, ni los intereses internaciones que desde siempre gobiernan en maridaje y a sus anchas nuestra sufrida patria; por eso le fue arrebatada al pueblo esa oportunidad de transformación, y junto con las desigualdades y el trato mezquino y clasista de sus élites ha tenido que padecer también una sangrienta violencia que aunque ha tomado mil formas y nombres siempre se ha ensañado con el más humilde.
 
Aunque ya sabemos que la transformación de la educación es el camino para empezar a solucionar muchos de nuestros problemas, ya que junto con una sociedad incluyente y equitativa, con unas leyes y reglas de convivencia justas y concertadas, y unos ciudadanos más cálidos y fraternales, se lograría también familias más armoniosas y unidas, comunidades más integradas y solidarias, y todo ello serviría incluso para disminuir las psicopatías, o para que los psicópatas no se quiebren y no se formen sociópatas. Pero esa transformación en la educación no es haciendo que los estudiantes simplemente mejoren en Matemáticas o Lenguaje o las demás competencias que miden pruebas internacionales.
 
De nada sirve que seamos los primeros en América Latina en las pruebas PISA, ese es un objetivo más que secundario. Por supuesto que necesitamos indicadores que permitan medir nuestro progreso en educación, pero estos deben estar ligados a los profundos problemas sociales que nos aquejan: convivencia, equidad, solidaridad… corrupción. Porque los mayores protagonistas de los casos de corrupción del país se han formado en los mejores colegios y universidades, lo que los ha dotado de altas competencias matemáticas, lingüísticas, artísticas y sociales, y los ha hecho criminales más peligrosos.
 
Es claro que necesitamos una transformación radical de lo que entendemos por educación y por inteligencia. Durante mucho tiempo hemos relacionado la inteligencia con la comprensión, siendo la ciencia y los científicos el punto más elevado de la inteligencia. También el arte ha sido otro paradigma de la inteligencia y los grandes artistas su cumbre. Pero si la educación, o sea el cultivo de la inteligencia, nos ofrece como paradigma formativo los científicos y los artistas, las matemáticas y el lenguaje, algo más importante se ha quedado por fuera, ya que seguimos lejos de resolver y ni siquiera entender nuestros profundos problemas sociales, e incluso existenciales. Por eso es urgente asumir otra concepción de la inteligencia.
 
El filósofo, pedagogo y escritor español, José Antonio Marina, ha desarrollado a lo largo de su ya extensa obra una teoría de la inteligencia creadora y de la educación del talento que pone en el centro la ética, la acción. La inteligencia no está en la comprensión que tengamos de algo, sino en las fuerzas psíquicas que movilizamos, en los actos que realizamos. La educación de la función ejecutiva, o sea, el control consciente de nuestra capacidad de atención, del control de las emociones, de los proyectos que construimos y del mantenimiento del esfuerzo para perseverar en ellos, junto con otras capacidades para salir triunfantes (como la memoria operativa y la flexibilidad Y la habilidad para evaluar nuestras propias capacidades en acción –metacognición-), es la base de la educación del talento, de “la inteligencia triunfante”, en palabras de Marina.
 
Termino con una cita de este imprescindible autor: "La gran inteligencia consiste en encontrar soluciones acertadas para los problemas de más envergadura –los que se refieren a la felicidad y a la dignidad-, y en tener la valentía, la tenacidad y el talento para ponerlos en práctica. En esto consiste la bondad, que deja de ser manifestación de pusilanimidad, para convertirse en la gran creación de la inteligencia".
 
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