Llegará a Bogotá el miércoles 6 de septiembre

El papa que nos visita, cara a cara

El embajador colombiano ante la Santa Sede hace una semblanza de Francisco, el tercer pontífice que viene a Colombia. Su lado humano, el reto de reformar la Iglesia y las intrigas católicas y políticas.

“La transparencia de este papa es clara. Francisco es creíble y es fiable”: embajador Guillermo León Escobar. / EFE

A Francisco es preciso mirarlo cara a cara, porque sólo así se puede empezar a penetrar un mundo que muchos pretenden conocer, pero tan sólo es posible presentir. Ese mundo es el de la vida del pastor con “olor a oveja”, que sabe que no se trata de salir a buscar la que está “perdida”, sino dejar la que aún permanece en el redil y salir a buscar las noventa y nueve en extravío. (Vea aquí el especial de la visita del papa)

Sólo hay que observarlo de frente, sin inventar nada, tratando de mirar en el fondo de una vida plena de misterios y de testimonios ciertos. No se puede agotar la mirada puesto que ha abierto múltiples reflexiones que no dejan indiferente a ninguno; no es un líder unitemático, es de nuevo el “humanista” que regresa pleno de interrogantes solicitando a la sociedad en trance de globalización que se interrogue y presente caminos.

El 13 de marzo de 2013, cuando Jorge Mario Bergoglio apareció en el balcón de la plaza de San Pedro convertido en Francisco, todos los que estábamos presentes captamos de inmediato una cierta sonrisa, desconocida, pero que preanunciaba el inicio de una época difícil, en la cual un pontífice que se inclinaba ante un pueblo que esperaba recibir la bendición solicitaba a su vez ser bendecido por quienes lo aclamábamos.

La simpatía se difundió de inmediato. Era alguien casi igual a sus predecesores, pero muy diferente de todos ellos. Dudo que la serie de detalles de esa primera presentación pública que marcaban diferencias fueran captadas por alguno de nosotros. Baste afirmar que en las cábalas nunca apareció con posibilidades.

Algunos -que lo conocíamos de antaño- quedamos asombrados, pero revivimos de inmediato lo que significaba su labor pastoral en los grupos de la “teología del pueblo “ y más recientemente quienes estuvimos con él en Aparecida (2007) cuyo documento de “Conclusiones” de la V Conferencia Episcopal del Celam intuimos que venía a servir, pero también a gobernar.

La figura del hombre “vestido de blanco” en la proa de la “Barca de Pedro” dejaba de ser retórica para ser una realidad. Había sido elegido alguien que conocía la ruta hacia un cristianismo que intentaría evangelizar la naciente globalización. Un hombre acostumbrado a mirar el mundo con los ojos abiertos, a interrogarse qué iglesia puede responder a ese mundo y saber que quien se subiera al “puente de mando” debía aceptar afectos y desafectos.

Con ocasión de la visita de Francisco a Colombia no lo veremos de perfil, sino frente a frente, porque dure lo que dure su pontificado es él la reafirmación de una línea que algunos han querido y otros quieren olvidar. Es claro que la forma de vivir el cristianismo en el ayer terminó; las generaciones nuevas lo viven en forma diferente.

Por eso Francisco comenzó su pontificado dando señales ciertas de querer renovar en la realidad el rostro de una Iglesia con trasformaciones ya queridas por el Concilio Vaticano II. Nadie niega que la discusión sobre la familia, la vida, la muerte, el tratamiento de embriones, el reconocimiento e interrogantes que plantean grupos especiales de presencia social que quieren ingresar en el estatus “familiar”, de la economía, de la paz, de la gestión del bien común, de la supervivencia y el enriquecimiento de la naturaleza, de las relaciones entre ciencia y fe, así como el agobiante fenómeno de la corrupción están a la orden del día liderados por Francisco y su Iglesia.

Francisco ha dicho querer una Iglesia pobre, y lo dice con tanta convicción, que es acompañado por mayorías que de acuerdo con él anhelan que el compromiso con los más necesitados sea cada vez más evidente. El tema no es nuevo, en septiembre de 1962, cerca de la inauguración del Concilio Vaticano II, Juan XXIII afirmó: “La Iglesia se presenta tal como es y quiere serlo, como la Iglesia de todos y particularmente, la Iglesia de los pobres”. Luego en el discurso inaugural del gran evento fue más allá: “El mundo actual es una máquina que fabrica pobres”. Nacieron por ese entonces los planteamientos sobre la “periferia”, que han venido a ser descubiertos por los “científicos sociales” europeos que hoy los presentan como hallazgo propio.

Bergoglio manejaba esas teorías y prácticas desde los distintos ángulos con la ventaja que al ser elegido como primer papa que no estuvo presente en el Concilio tiene una trayectoria recorrida por sí mismo y encontró en buena parte de esos “pensares” la forma de aplicar los temas tan determinantes que planteaba el ideal de la pobreza y la iglesia pensada en el Concilio. Francisco está en verdad ligado a ese hilo conductor -por muchos olvidado intencionalmente o no- pero que define los caminos de la humanización.

Llama la atención que este papa tan simpático y cariñoso, tan cercano, tan acogedor, sea al mismo tiempo tan claro y tan firme en sus decisiones. Padre y pastor con el pecador pero justo y firme con el criminal. Bien sabe él que aquello que fue indiscutible cuando se afirmaba que “la Iglesia es una sociedad perfecta” no es -en los terrenos de las leyes de la convivencia civil- cierto. Ya lo había afirmado el papa Benedicto XVI. Fue así como afrontó con decisión no sólo el problema de la pedofilia y sus innumerables consecuencias, sino también aquellos del poder económico vinculados al manejo de las finanzas del Vaticano, de la destinación de los recursos generados por la economía cuya finalidad ha de priorizar fundamentalmente a los pobres, de las formas del proceder eclesiástico que no ha de percibirse como una tarea sino como una misión, de la búsqueda de la autenticidad de la vivencia del evangelio, así como la decisión superior de gobernar él mismo y por sí mismo la Iglesia y no por interpuesta persona, lo que exige el deber de decidir y de saberse responsable ante la historia.

Surgió de ahí el conocido G8 de cardenales consultores (más tarde se convertiría en G9 con el tardío nombramiento del secretario de Estado, Pietro Parolin), grupo que refleja una Iglesia que quiere estar presente en todas las regiones del mundo siendo capaz de generar “unidad en la diversidad”.

Francisco escucha a todos, pero decide solo y como buen conductor de la “Barca de Pedro” navega mar adentro sin temor alguno, confiado en que sus decisiones son expresión de la gracia de estado y de la misión a él encomendada y asistida por el Espíritu Santo.

Por los caminos de la política

Francisco llama, además, a la responsabilidad de los bautizados en la gestión de la vida pública. Sabe que no es del hoy ni deseable en el futuro la creación de organizaciones de orden ideológico partidista tan peligrosos por aquella tendencia inequívoca al fundamentalismo.

El cristianismo no es de izquierda ni de derecha, sino algo distinto y son los cristianos laicos quienes han de darle nueva vida. Aquí reside una de las originalidades grandes de Francisco que apunta a afrontar el fenómeno de la participación de los laicos no “clericalizados”. De esta temática ha hablado Francisco y ha abierto espacios de reflexión y de meditación que han conducido a temas de mucha importancia informativa y de dura controversia como aquellos del sacerdocio femenino y del retorno de sacerdotes que abandonaron el ministerio por alguna otra opción. A algunas de estas modalidades se llega frente a la real disminución de las vocaciones al sacerdocio y a las exigencias de un mundo en permanente ebullición y cambio cultural.

Los enemigos de Francisco

Todos estos frentes y muchos más abiertos a la discusión por Francisco han llevado a algunos a hablar de división en la Iglesia y a otros a agradecer la posibilidad de aportar pensamientos, análisis e iniciativas.

Hay que notar, sí, que no ha habido desacuerdo con las grandes decisiones que ha tomado Francisco respecto a la pedofilia, a la corrupción y a su capacidad de emprender acciones frente a quienes ejecutan acciones anómalas, frente a los desvalidos o frente a la destinación prioritaria de los bienes de la Iglesia en beneficio de los pobres. Francisco es creíble y es fiable. Esa dimensión la reconocen todos y aunque para algunos su pensar y doctrina sean discutibles saben que están entrando en conversación con alguien signado por la transparencia.

Pero sería ingenuo negar la realidad de “desacuerdos” que corren y agitan el pensar de la Iglesia. Hay que recordar el curioso y picaresco decir de Chesterton, cuando afirmaba que “al entrar en la iglesia uno se quita el sombrero, pero no la cabeza”. La doctrina continúa siendo una y en ella se da eso que los expertos llaman “hermenéutica de la continuidad”.

Francisco ha querido en estos temas doctrinales y en todos los demás actuar abiertamente a la luz de todos, que todos lo sepan y que estén informados. Es apasionado en ese principio que exige que “entre la luz” allí donde algunos quisieran todavía la sombra o la penumbra y es claro que no a todos gusta la luz; pero este papa está llamado a crear claridades, porque el fenómeno de la corrupción no es solamente monetario y financiero.

La transparencia de este papa es clara, y una vez ha obtenido ilustración suficiente, ha meditado y entonces es lógico que quiera gobernar con quienes le son concordantes. Parecería y es un desafuero que haya quienes crean que gobiernan a Francisco.

Es posible que al nombrar un papa latinoamericano y europeo al mismo tiempo haya llevado a algunos al ingenuo pensamiento de poder “gobernar detrás del trono”. En esta tentación han caído algunos europeos y han tenido que reconocer estar de frente a una persona superior que sabe a qué ha venido. Quienes lideran el pensamiento eclesial de fondo jamás han pensado en un Bergoglio manipulable y que exista una “eminencia gris” detrás de sus reformas y de las decisiones.

Mayor ingenuidad en aquellos que vuelven a interpretar la renuncia de Benedicto XVI y arman los diferentes “novelones”, como que el origen del pontificado de Bergoglio es fruto de una componenda que elegantemente hizo a un lado al papa emérito.

Ningún papa, así como ningún jefe de Estado, es insustituible y la historia enseña que todos somos seres en tránsito. La mayor liviandad es la de quienes reclaman por los títulos universitarios y demás sin atender que el mandamiento de un pontífice es ante todo de orden pastoral y que en ello Jorge Mario Bergoglio no es un iniciado y que en el terreno de lo intelectual estamos de frente a una forma de hacer sociología, filosofía y teología muy diferentes a las costumbres de los europeos, que en buena parte creían -y algunos continúan creyendo- que el pensar era su atributo exclusivo. Es cierto que Europa representó por siglos una cristiandad que ha realizado ahora tránsito feliz a Latinoamérica, que a su vez ha logrado fijar en la V conferencia del Episcopado una ruta segura bajo la coordinación del entonces cardenal de Buenos Aires.

Sin embargo, tanta certeza pastoral, tanta inteligencia, tanta cercanía real, tanto compromiso en palabra, gestos y acciones no han sido entendidos por todos, ni adentro ni afuera, y se empeñan en “enseñarle a Francisco a hacer de papa”. Causan hilaridad mensajes que se ordenan dentro de ese formato de “dígale al papa que…”, “que no insista en tal o cual opinión…” y otra serie de anotaciones que pueden ser parte de las jocosidades del poder si no vinieran en muchas oportunidades de respetables pensadores, políticos, economistas y sociólogos de diversos continentes.

Lo que sí se ha demostrado en estos cinco años de pontificado es que la cristiandad está bien orientada en las encrucijadas de una globalización que se ve al tiempo como oportunidad o como amenaza. Hay una Iglesia que cree, estudia, debate, actúa y todo ello es de importancia real. Preocupante es el daño que puedan hacer aquellos que son entusiastas de lo que piensa y hace el papa, pero en secreto intentan socavar la credibilidad del pontífice.

La simpatía por Francisco crece y la gente está contenta por entender que ahora se sienten mucho mejor en una Iglesia tan cercana a la vida cotidiana.

Una visita especial

Son estas tan sólo unas reflexiones sobre quien luego de 31 años ha tomado la decisión de visitar Colombia bajo el signo de la paz, que ha sido el mismo de la visita de Pablo VI y de Juan Pablo II.

Pero en esta oportunidad Francisco viene a una nación que ha sido capaz de saltar sobre su propia sombra de pesimismo, depresión y violencia bajo la inteligencia y visión estratégica del presidente Juan Manuel Santos.

“Vengo a que me ayude”, fue -según se dice- el inicio de la conversación en el año 2015 en el mes de junio y esa colaboración se fue convirtiendo en realidad, en la que el escenario fue variando hasta convertirse en paradigma.

Llama la atención en ambientes de analistas el sacrificio de los llamados “índices de popularidad” del gobernante. La maestría con que ha conducido a la firma de los acuerdos, a la ley de víctimas, a la dejación de armas, a la aceptación de zonas de convivencia, acciones todas ellas impensables y que sin duda alguna respondieron al clamor pontificio de la necesidad de un “blindaje” que se realizara ante los ojos del mundo y que diera la garantía de ser avance sin regreso.

El Premio Francisco de Asís, anunciado meses antes que la concesión del Nobel en el mes de agosto y mantenido bajo sigilo por la Orden Franciscana y la Presidencia de la República, con que el mundo cristiano reconocía el arduo camino recorrido para la paz, condujo a que ya en el mes de enero de 2017 comenzara el “rumor cierto” de la visita de Francisco. Portaría el “blindaje espiritual” que ha de ofrecer fundamento y sentido a las tareas cumplidas y aquellas mucho más complicadas de construir la paz desde la verdad, la purificación de la memoria, el perdón, la reconciliación y la construcción de un sueño común que nos lleve a todos al compromiso que una nueva nación sea posible.

Francisco viene exclusivamente a Colombia. Se trata de un viaje eminentemente pastoral para una sociedad, que llena de viceversas, ha elegido la paz y necesitará apoyos, testimonios y compromisos para la fascinante tarea de ingresar en el porvenir dejando atrás un doloroso pasado.

Sin duda, la visita pastoral ha de tener efectos POLÍTICOS -con mayúscula-, porque no podrá ser usada para intereses menores.

La visita será un éxito si se tiene en cuenta la inmensa cantidad de “padres” que le han resultado. Dicen que el fracaso es huérfano. A decir verdad, no son muchos los que en la historia serán reconocidos, pero ha de quedar claro que el gran protagonista es Francisco y su inmenso afecto por esta patria; el presidente Santos y su enorme constancia y visión, y la Conferencia Episcopal que supo laborar con la inteligente designación del obispo Suescún y la innegable presencia del cardenal Salazar.

Colombia siempre ha sido capaz de responder y su afecto desbordante por los hijos que hoy comienzan a crecer como la primera generación de la paz, demostrará una vez más que todavía no es demasiado tarde y que habrá decisión y alegría en dar con Francisco “el primer paso”.

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