El peso de la historia

La sede actual de la blioteca Nacional cumple hoy 75 años desde su inauguración, en 1938. Un bello edificio diseñado para resistir 100 años, en el cual también han residido instituciones como la Televisora Nacional (germen de Inravisión) y el Archivo General.

Fotos cortesía  Biblioteca Nacional
Fotos cortesía Biblioteca Nacional

Los primeros planos bien pueden ser aquellos de 1933 que describen una construcción de grandes proporciones, casi grandilocuente, en un terreno ubicado en la calle 24 con carrera 5ª. En aquellos dibujos iniciales se habla de un edificio de varias plantas y amplios espacios que habría de ser poblado, principalmente, por libros. Una estructura para soportar 100 años: un siglo en contra del tiempo y un siglo de almacenar la memoria colectiva, una noción para ese entonces cada vez menos difusa y más relevante, incluso vital.

La propuesta de construcción del edificio fue entregada en 1932 por el arquitecto Alberto Wills Ferro como parte de un proyecto de dotar a la Biblioteca Nacional con una sede adecuada para sus necesidades, la arquitectura al servicio de los libros y las ideas, una bella noción. Los diseños de Wills Ferro llegaron al año siguiente, pero la primera idea de la construcción fue esbozada en 1931, cuando Daniel Samper Ortega fue nombrado director de la institución.

Wills Ferro examinó edificios similares, como la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, para establecer el diseño correcto para una estructura que, además de recibir al público, soportara el peso de los miles de volúmenes que en ese momento ya albergaba.

El proyecto tardó siete años en convertirse en una realidad. Para el 20 de julio de 1938 el edificio estaba listo, la pintura quizás aún fresca, las amplias salas apenas ocupadas, los salones de lectura recién instalados. Allí llegaron los tomos de la Biblioteca, una institución que para ese momento ya contaba con 161 años de existencia, los documentos del Archivo Nacional y el Museo Nacional (que duró menos de 10 años en este lugar).

La Biblioteca Nacional fue fundada el 9 de enero de 1777, lo que la convierte en una de las primeras bibliotecas públicas del continente. En un principio su colección se nutrió de los volúmenes dejados atrás por los jesuitas, expulsados del país pocos años antes; para ese momento su nombre era de Biblioteca Pública. Poco a poco el fondo fue creciendo y para 1834, como consecuencia de una ley que obligaba a los impresores a entregar ejemplares de su trabajo a este lugar, comenzó a ser el repositorio de toda obra impresa del país.

El signo de la Biblioteca podría ser el del cambio y el movimiento, ir de un lugar a otro buscando el huésped perfecto. Su sede más duradera, la Casa de Las Aulas, en el centro de Bogotá (hoy Museo de Arte Colonial) albergó la Biblioteca durante cerca de 150 años. Sin embargo, el lugar de nacimiento de la institución fue en el Palacio de San Carlos (a pocos metros de Las Aulas, en donde hoy funciona la Cancillería).

El camino errante de la Biblioteca terminó con la inauguración del nuevo edificio, que también compartió con entidades como el Instituto Caro y Cuervo, el Instituto de Cultura Hispánica y la Televisora Nacional de Colombia (germen de Inravisión), que en junio de 1954 realizó la primera emisión de televisión nacional desde el sótano de esta estructura, que en el diseño original del lugar estaba destinado a la cafetería y una sala de tipografía. Para mediados de los años noventa, ambas instituciones habían salido del edificio.

La Biblioteca hay que entenderla como un ser vivo, un organismo de cientos de toneladas de peso que se antoja casi en forma de laberinto de cemento, una figura atravesada por pasillos y salas, y pequeños corredores, como brazos enormes que en la punta sostienen libros, miles, millones de libros. Si la Biblioteca escribiera lo haría en un latín fluido y ceremonial, una forma elegante de una lengua muerta que aún vive en las viejas páginas que sobreviven a los siglos con un cuidado meticuloso, casi maternal. Claro, también lo podría hacer en un español cargado de acentos y formas antiguas que nombran y describen un mundo que ha cambiado, al igual que lo ha hecho la Biblioteca.

El cambio. Siempre el cambio porque toda forma de vida muta y, de tanto en tanto, lo hace bastante fuerte y entonces la cosa puede incluso llamarse evolución. La primera gran remodelación del edificio llegó en 1977, cuando la sala de lectura más importante, en donde hoy queda el hall principal, fue reubicada y el lugar quedó como un gran espacio abierto atravesado por una luz intensa que incluso en los días más nublados baña el lugar con un aura de imponencia, dirían algunos. Otras de las modificaciones incluyeron la reconversión de la sala de música en auditorio y así con otros espacios.

Los planos de una eventual ampliación datan de 1988. Los documentos son producto de un concurso, aprobado por la ciudad y por las entidades culturales. Uno de esos proyectos que tiene la buena costumbre de nunca ser realidad; Colombia, el país del nunca jamás. En el papel, lo que hoy son parqueaderos eran plazas y espacios públicos, y la Biblioteca contaba con algo más de terreno para distribuir mejor el peso de cargar con la memoria en papel de todo un país; también había una plataforma que comunicaba con el Parque de la Independencia, otro aparente imposible.

Un edificio diseñado para aguantar 100 años de uso. Un edificio que en sus 75 años de existencia parece no dar más. Hoy en día la Biblioteca cede ante su ambición, como un árbol que se hunde bajo su propio peso.

Peso es la palabra clave, pues la construcción soporta hoy las varias toneladas que aportan más de dos millones y medio de libros, una cantidad nada despreciable que amenaza la integridad estructural de un lugar que fue levantado antes de la promulgación de las normas sismorresistentes. Los encargados de la Biblioteca lo dicen con voz calmada, pero con un convencimiento ciertamente aterrador: “En un temblor, el edificio se va al piso”. En el primer semestre de 2012, la Biblioteca recibió siete mil volúmenes. En el mismo tiempo de este año se ha hecho con 11 mil libros.

¿Qué pasaría entonces? Que todo el registro físico de los trabajos impresos del país desaparecería, pues en el lugar se guardan ejemplares de todo el material que se imprime en Colombia; no hay más copias de seguridad ni un lugar en donde haya respaldos para comenzar de nuevo. El edificio incluso alberga su propio servidor, por lo que todo el presente digital también se encuentra en peligro.

En sus 75 años, la sede de la Biblioteca Nacional requiere atención y ayuda: una intervención que no sólo prolongaría su vida útil, sino que preservaría la memoria impresa del país y con ella una parte de todos.