El poeta Ciro Mendía según Guillermo Cano

En su Libreta de Apuntes el director de El Espectador se despidió de su amigo.

Recuerdos muy personales
 
Yo le llamaba Poeta. Él me llamaba Negro. Creo que lo conocí de siempre y él siempre me conoció. Para mí fue un segundo padre, tan bueno como el verdadero que vive, gracias a Dios; un hermano, tan comprensivo como los de la sangre que viven, gracias a Dios; un amigo, mejor que mis más escogidos amigos que viven, gracias a Dios. Por todo eso y por mucho más me atrevo a escribir ciertos episodios personales de su vida que son parte de mi vida, cuando Ciro Mendía, mi Poeta, ha muerto.  (Vea el especial 30 años sin Guillermo Cano)
 
No los traigo a la memoria ni a la cuartilla con la amargura de un dolor que me abre heridas donde más suelen mortificar, sino con la cierta agridulce alegría con que compartimos —yo por lo menos compartí y creo que también él las compartió— las circunstancias más contradictorias, pero siempre rodeadas del hálito maravilloso de la comprensión. 
 
Al Poeta, mi Poeta, creo que lo conocí cuando tuve lo que suele decirse la capacidad humana de conocer a los semejantes. Es decir cuando uno es apenas cosa nada. Y desde entonces ingresó por la puerta grande de mis querencias afectivas, sin reservas ni mucho menos con exigencias: simplemente el Poeta, mi Poeta, comenzó a formar parte de la vida mía. Aquí en Bogotá, más tarde en Medellín, luego en el medio trópico de Villeta, más tarde en la Costa Caribe y en sucesión interminable donde él estuviera y yo estuviera y aun donde ni él ni yo estábamos coincidiendo físicamente. Nos ligaba, si no los lazos de la sangre, sí el maravilloso conducto de la identificación en las alegrías y en los dolores, pero sobre todo y por siempre, un no sé qué coincidente criterio sobre el eterno e indescifrable misterio de la vida y de la muerte, de sus alegrías y de sus frustraciones, de cómo manejarlas con cierta medida dolencia y una siempre abierta expectativa ante las sorpresas con que nos desafía.
 
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Lo veía, lo oía, lo sentía reír y llorar cuando yo apenas intuía lo que era llorar y reír. Pero más tarde, al crecer, el Poeta, mi Poeta, se hacía más y más figura real y humana para mí, y a la poca edad de los siete años ya declamaba versos de sus versos. Su presencia, con sus ausencias —nosotros aquí, él en Medellín—, se fueron marcando por el signo de una admiración y de un afecto indeclinables, por quien se asemejaba a mi padre y era igual a mis hermanos y se identificaba con mis amigos.
 
Ya más tarde, todo se fue estructurando como un gigantesco e indestructible y maravilloso edificio —de amistad y cariño— que lo es para toda la vida y lo será para la eternidad mía, si es que la merezco. A tal punto lo admiro que no me tiembla la mano, ni la inteligencia, ni mucho menos el corazón, al declarar de manera pública el culto a su personalidad. 
Pero, ¿cómo no declararla, si la merece? Por lo menos así lo creo.