El presidente Duque y el Eln

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La administración del presidente Iván Duque cumple dos años, la mitad de su periodo. Uno de los temas por resolver en esta Colombia con tantos desafíos es la “resistencia armada” que agencia el Eln. Nada avizora que esto se pueda resolver en los dos años que le quedan de gobierno a Duque.

El Eln cumplió 56 años de existencia en julio de este año. Es una organización que tiene su centralidad en el territorio y desarrolla acciones de competencia del Estado en cerca de 140 municipios. En ellos, a alguna escala de acción, son la DIAN, el juez y la policía, a su forma ilegal, apropiándose de funciones básicas del Estado. Por su presencia territorial en más del 10% de los municipios del país es que son un reto vigente y este presidente parece que no lo va a resolver, como tampoco lo han hecho sus once antecesores.

Que una fuerza irregular se mantenga en acción armada y todo lo que ello implica de ilegalidades, cuestiona la capacidad del Estado, no solamente de las fuerzas armadas que los combate, sino al conjunto de Estado. Cómo así que sus funciones básicas de seguridad y justicia son asumidas por ilegales, cómo así que las comunidades donde ellos permanecen deben someterse a un poder ilegal, que en muchas ocasiones actúa de manera arbitraria y criminal. Uno puede afirmar que en los 140 municipios donde permanece el Eln hay un estado permanente de cosas inconstitucionales, que allí no opera este precario Estado social de derecho que mandata el artículo 1 de la Constitución Política. Por estas razones es que hay que insistir en que la “resistencia armada” que agencia el Eln hay que superarla y que este gobierno no tiene una política eficaz para ello.

Afirmo que hay poderosas fuerzas en la política colombiana que se sienten cómodas con el conflicto armado –y con todas las modalidades de ilegalidad-, es más, que la existencia y persistencia de la acción violenta les sirve, participan de ella y no tienen interés en que se supere. Es un entramado de fuerzas sociales, políticas, de dinámicas de la economía, legales e ilegales, que les sirve y se benefician de este día a día de autoritarismos, sangre y barbarie, por eso es que no se cierra, porque es un gran negocio, donde se acumula riqueza y poder político. De ahí que cerrar el conflicto armado con el Eln es un tema de poder político, de interés genuino de dejar atrás esta situación anómala en la Colombia profunda y construir estado social y de derecho en todo el territorio nacional.

La fuerza política cómoda en este conflicto armado del Eln, en las otras violencias de neoparamilitares, mafias, desertores del acuerdo firmado por las Farc, tiene nombre propio hoy: es el uribismo. Ellos no quieren ni les interesa que la violencia termine, es su sangre que les da vida, se sienten cómodos en las tres guerras fracasadas, son sus promotores y aliados, la vieja guerra fría que sigue presente – o que son las chuzadas a políticos, periodistas y jueces y el ver a los comunistas como enemigo interno-, la guerra contra el narcotráfico que solo tristezas sigue dejando y la guerra contra el terrorismo, ese comodín que para todo sirve. Terrorismo puede ser desde una movilización social hasta los verdaderos actos de terror que se viven en los campos colombianos todos los días y de cuando en cuando en las grandes ciudades. Tres guerras por cerrar y una fuerza política poderosa y en declive como lo es el uribismo, que se opone firmemente a su cierre.

El Eln ha sido persistente en su “resistencia armada”, como sabe que no puede ganar, construyó desde su IV Congreso en el año 2006 una formulación que le ha servido hasta el día de hoy: resiste la acción del Estado colombiano –que en su interior tiene fuerzas cómodas con la permanencia del conflicto, como ya fue dicho- y no tiene afán de nada, tiene su “centralidad” en el territorio, allí tiene amigos, resignados y detractores en las comunidades. Con esa centralidad se mantiene como una fuerza de perturbación y es vigente en la realidad colombiana.

El Eln es una organización que no ha tomado una decisión firme por el camino de la paz negociada, tiene sus dudas y en el espejo del incumplimiento del acuerdo firmado con las Farc, las reafirma y acrecienta. Igualmente, sabe a su interior que debe intentarlo, por eso construyeron la formulación de “explorar” el camino de la solución negociada, que se interpreta como falta de seriedad, coherencia, compromiso. Podemos decirles mil razones de la importancia de terminar con este doloroso e ineficiente conflicto, que solo ha servido para que las fuerzas de extrema derecha acumulen poder económico y político. Nada bueno nos ha dejado, pero esa es nuestra convicción, otra es la del Eln que ha respirado el pesado aire de los sobrevivientes de muchas violencias y exclusiones en los 140 municipios donde permanece.

Al Eln le hemos dicho desde el año de 1991, que a los tiempos de la rebelión armada había que ponerles fin, esa fue nuestra convicción y en ese camino seguimos. En marzo de este año se cumplieron 30 años del acuerdo de paz firmado por el M-19, que abre este largo ciclo de negociaciones de paz, que tiene en el acuerdo firmado por las Farc en 2016 su más reciente antecedente. Hay que exigir todos los días que se cumpla ese acuerdo que este gobierno simula cumplir pero no lo hace. Lo esencial de lo pactado que está en el punto de reforma rural integral, reforma política y sustitución concertada de cultivos declarados ilícitos, no se cumple. Le hemos dicho al Eln que vaya a un acuerdo de paz. El año entrante se cumplen 30 años desde que el Eln se sentó por primera vez en una mesa de diálogos y negociaciones y hasta hoy no se ha logrado el objetivo.

Hace pocas semanas, el Maestro Carlos Medina Gallego invitó a Pablo Beltrán, jefe de la delegación de diálogos del Eln que permanece en La Habana, a una clase virtual y la pregunta fue: cuáles son las dificultades a superar para llevar un proceso exitoso con esa guerrilla. Pablo Beltrán contestó que eran tres los obstáculos a superar: una élite de poder que esté dispuesta a las transformaciones, el reconocimiento de responsabilidades por parte de todos los involucrados en esta larga confrontación violenta y un entorno regional favorable a la salida negociada. Debo decir que estoy plenamente de acuerdo con él.

Integrar al Eln, a esta precaria democracia, llena de inequidad, exclusiones y mafias, parte de un acuerdo que tenga transformaciones, muchas o pocas dependerá del poder político que se tenga y del nivel de participación social y ciudadana que logre este proceso. Ese es el puente a construir para que el Eln salga de su “resistencia armada” y venga a competir sin armas, se transforme en lo que considere pertinente transformarse, participación social y ciudadana, que ningún gobierno ha estado dispuesto ni interesado en promover –algo tímido se hizo durante el gobierno Santos-. Por eso, el principal obstáculo a superar es que una élite de poder con interés en resolver el conflicto armado tenga una oferta de transformaciones, que no son para el Eln, como no lo es en lo sustancial lo firmado para las Farc, son transformaciones pendientes en la sociedad colombiana. Ese proceso de construir el acuerdo sobre qué tipo de transformaciones se van adelantar requiere participación de la sociedad e insistencia del Eln, en la que encuentro una coincidencia porque se supone que estamos en un estado de derecho que se define como participativo, entonces qué nos impide diseñar y promover la más amplia participación social y ciudadana de la cual pueda ser participe el Eln.

Sin reconocimiento de responsabilidades es difícil avanzar, se requiere verdad, todas las verdades, esa confrontación que debe ser civilista, argumentada, atenida a los hechos, está en curso en la sociedad colombiana.

Y por último, como hoy el Eln es una guerrilla binacional, que está en Colombia y en Venezuela, requerimos un escenario de estabilidad en Venezuela, que ayude a un proceso con la guerrilla y hoy desafortunadamente ese escenario no existe.

En noviembre serán las elecciones presidenciales en Estados Unidos, si gana el candidato del Partido Demócrata, Joe Biden, otros vientos soplaran del norte, que apaciguaran las tres guerras por cerrar y se podrá crear un escenario diferente ante la crisis en Venezuela. Quizás en ese contexto se pueda pensar en una mesa exploratoria entre el presidente Duque y el Eln. Por ahora no hay perspectivas cercanas a un escenario de diálogos y negociaciones.

Hay obstáculos por superar: una élite de poder con oferta negociadora, que crea en la democracia participativa, unas dinámicas de reconocimiento de responsabilidades y un escenario estable en Venezuela y unos Estados Unidos gobernados por demócratas. No es mucho pedir, ¿cierto?

*Luis Eduardo Celis es analista del conflicto armado y la construcción de paz.

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