El sacrificio anunciado de un coronel

El 18 de agosto de 1989 fue asesinado en Medellín el comandante de la Policía de Antioquia, coronel Valdemar Franklin Quintero. Su incansable lucha contra el crimen y los golpes que asestó a la estructura criminal del Cartel de Medellín le costaron la vida.

En la hoja de servicios del coronel Valdemar Franklin Quintero quedó el registro de 26 condecoraciones y más de 50 felicitaciones./ Archivo

Las amenazas empezaron poco tiempo después de que su familia llegara a Medellín, y por eso Leonor Cruz no pudo volver a dormir bien. Todos los días se despertaba a las dos de la mañana y le costaba trabajo volver a conciliar el sueño. El 18 de agosto de 1989 no fue la excepción. Sin embargo, sucedió algo diferente aquella mañana. Desde que abrió los ojos se sintió mal, presa de una angustia indescriptible que le impidió ponerse en pie. Pensó ir al médico creyendo que, después de varios meses de ansiedad y pocas horas de sueño, su cuerpo le estaba pasando factura.

Se sentó al borde de la cama y vio que su esposo la observaba junto al marco de la puerta que separaba el vestier de la alcoba. El coronel Valdemar Franklin Quintero ya se había bañado y se alistaba para cumplir compromisos laborales. Eran las 6:00 de la mañana y antes de salir de casa, el coronel, que no se caracterizaba por ser hombre de sentimentalismos o discursos amorosos, se despidió de su esposa de forma inusual. Quizá también él se había despertado con una sensación desconocida.

“Leito, yo sé que esta profesión muchas veces no le permite a uno disfrutar de su familia, ni decirle todo lo que uno la quiere, pero ¿sabes qué? hoy te debo decir que te quiero mucho, que tú y mis hijos son para mí lo más importante. Que mientras viva, siempre los voy a proteger y estaré contigo”. Fue la última vez que el coronel Valdemar Franklin Quintero habló con su esposa. Después se dirigió al cuarto de Richard, el menor de sus tres hijos, y se despidió como siempre lo hacía: “¡chao vago!”. Luego salió rumbo a su trabajo.

Leonor Cruz se quedó en el cuarto esperando a que sus piernas recobraran la fuerza necesaria para levantarse de la cama. Pero no pasó mucho tiempo, a lo sumo veinte minutos, cuando la radio que siempre mantenía encendida sobre su mesa de noche, emitió la señal inconfundible de una noticia extraordinaria, seguida de la voz del periodista Juan Gossain, entonces director de RCN radio: ‘Atención, acaban de asesinar en Medellín al comandante de la Policía de Antioquia, coronel Valdemar Franklin Quintero’.

Los detalles del homicidio se divulgaron minutos después. El coronel Valdemar Franklin Quintero fue acribillado a tiros por varios sicarios que lo atacaron cuando el automóvil oficial en el que se movilizaba, una camioneta Nissan, cuando se detuvo en un semáforo ubicado entre los sectores de Calasanz y La Floresta, al occidente de la capital antioqueña. El reloj marcaba las 6:20 de la mañana del viernes 18 de agosto. La noticia se regó como pólvora pues el oficial era en esa época el enemigo declarado del capo de capos Pablo Escobar Gaviria.

“Hasta ahí llegué yo”, evoca hoy Leonor Cruz. “Quedé sin sentido. Mi hijo Richard, que entonces tenía 17 años, dice que él todavía en sus pesadillas escucha el grito aterrador que yo pegué. Aún recuerdo cuando lo vi saliendo del baño y me dijo: ‘Mamá, entiende que mi papá se murió y que ahora tienes que seguir adelante”. A esa misma hora, sus otros dos hijos, Claudia y Carlos Eduardo, quienes vivían en Bogotá, afrontaban el mismo drama. Claudia, que estudiaba derecho, se enteró de la noticia en la residencia universitaria en la que vivía. “No fui capaz de llorar porque creí que mi papá estaba herido y que después nos íbamos a ir del país a vivir tranquilos”, relata Claudia.

A su vez, Carlos Eduardo, que ese año había ingresado a la escuela de oficiales general Santander para hacer curso de oficial, hacía formación cuando el comandante de su compañía se le acercó y le pidió que lo acompañara a la dirección de la escuela. “Nadie me dijo que mi papá había muerto, lo intuí cuando vi una bandera de Colombia a media asta”. Había visto a su papá por última vez en Medellín, a donde había viajado para pasar vacaciones. Hoy recuerda que cuando caminaba hacia el avión para regresar a Bogotá, se devolvió y le dijo a su papá: ‘Dejémonos de pendejadas, despidámonos bien’ y le dio un beso en la frente.

No lo besaba desde que tenía siete años y esa vez lo hizo porque intuyó que iba a ser la última vez. En el fondo, todos sabían que al coronel Franklin lo iban a matar. Incluso él mismo tenía esa convicción. Sus hijos recuerdan como el oficial se despidió de cada uno de ellos y los encargos que les hizo. “A Carlos Eduardo le pidió que estuviera pendiente de nosotros, a Richard le enseñó cómo desarmar el equipo de sonido. A mí me encomendó el cuidado de la familia. “Si algo me pasa, por favor, hazte cargo de ellos”, fueron sus palabras, recalca Claudia.

La tragedia familiar comenzó desde el día que el coronel Franklin fue trasladado a la comandancia de la Policía de Antioquia. Todos supieron que llegaban tiempos difíciles. En esa época Colombia sufría la cruenta guerra que desató Pablo Escobar. “Cuando salió ese traslado él me dijo: ‘¿Te quieres quedar?’ Le respondí: ‘Cómo te parece que donde tú vayas yo voy. Me muero de la pena pero estaré contigo”, cuenta Leonor Cruz. Viajaron a Medellín en enero de 1989 y los resultados de su labor no tardaron en evidenciarse. No era para menos con 26 años de carrera y experiencia como comandante en Caldas y Boyacá.

Era un hombre muy estricto y, como buen santandereano, de carácter. Además respetaba mucho su trabajo y a la institución que representaba. Quienes lo conocían siempre destacaron su carisma, su don de gentes y su inconfundible humor negro. En su hoja de servicios quedó el registro de 26 condecoraciones y más de 50 felicitaciones. Fue precisamente esa experiencia y su talante incorruptible la que le permitió asestar, en pocos meses, los más duros golpes contra la delincuencia y el narcotráfico en Antioquia.

Primero logró desmantelar el complejo cocalero de San Luis, ubicado en una finca de 15 kilómetros que incluso tenía planta eléctrica propia y capacidad de suministrar energía a una población de 30.000 habitantes. Pero no sólo atacó la infraestructura ilegal del cartel de Medellín, en mayo de 1989 logró la captura del caballista antioqueño Fabio Ochoa Restrepo, padre de los narcotraficantes Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa Vásquez. Lo propio hizo con Freddy Rodríguez Celade, hijo del capo Gonzalo Rodríguez Gacha, alias ‘El Mexicano’. “Nunca le perdonaron que en su terreno llegara a tocarlos”, destaca Leonor Cruz.

Por todos los medios el narcotráfico intentó comprarlo. Le ofrecieron ríos de dinero para que parara los operativos. Era tal la magnitud de la infiltración del cartel de Medellín en la Policía que según cifras oficiales de la época, cerca de 1.700 oficiales tuvieron que ser retirados del servicio por vínculos con la mafia. Pero con el coronel Franklin las cosas eran a otro precio. “Cuando mi papá llegó a Antioquia muchos oficiales pidieron traslado porque sabían que eran deshonestos e iban a terminar en la cárcel”, detalla Claudia Franklin.

La situación era peor de lo que el propio coronel pensaba. Un día un informante lo llamó para advertirle que había 80 uniformados buscándolo en Medellín, que su cabeza tenía precio y que la muerte le respiraba en la nuca. Quedó confirmado el 4 de julio de 1989 cuando un carro bomba cargado con 100 kilos de dinamita acabó con la vida del entonces gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur. Los sicarios que ejecutaron el atentado se equivocaron de caravana porque el verdadero objetivo era el coronel Franklin.

Ni siquiera esa advertencia lo hizo flaquear. No quiso considerar la idea de mejorar su cordón de seguridad que se limitó a un conductor y un escolta. Lo argumentó diciendo que por él no iban a quedar viudas de la Policía ni huérfanos. La única protección que aceptó fueron los escapularios, rosarios y medallas que sagradamente guardaba en los bolsillos de su uniforme. Cuando los sicarios lo acribillaron con 38 disparos de fusil R-15, la única bala que no entró en su cuerpo quedó incrustada en una de esas imágenes religiosas.

Luego de su asesinato, las autoridades salieron a reconocer lo que el país entero ya sabía: lo asesinó el narcotráfico. El entonces subdirector de la Policía, general Carlos Arturo Casadiego expresó: “Nadie puede dudar de dónde viene y de dónde nos están disparando. Para nadie es extraño que la mafia de Medellín es autora de este crimen”. Sin embargo, las investigaciones judiciales no arrojaron resultados. El expediente pasó por las manos de tres jueces. Una de ellas fue asesinada y la otra marchó al exilio. Alcanzaron a estar detenidas nueve personas, incluido un teniente de la Policía, pero quedaron libres por falta de pruebas.

Escasamente un sicario fue condenado. John Jairo Posada Valencia, alias 'El Tití', quien confesó ante la Fiscalía haber participado en el crimen. Recibió una pena de 11 años y 7 meses de prisión pero murió asesinado en la penitenciaría La Picota de Bogotá, en octubre de 1997. Hoy, 25 años después, sin dudarlo la familia Franklin Cruz sostiene que la muerte del coronel fue producto de la corrupción al interior de la Policía. “A mi papá lo mataron las mafias y la gente corrupta”, asegura su hija Claudia Franklin.

El coronel fue consciente de esa corrupción en su propia fuerza, pero murió convencido de que algún día la guerra contra el narcotráfico la iba a ganar el Estado. Ese fue su legado. El mismo día de su asesinato, el gobierno del presidente Virgilio Barco expidió siete decretos de Estado de Sitio entre los que incluyó la extradición de narcotraficantes a Estados Unidos por vía administrativa. Paradójicamente, estas medidas fueron anunciadas la misma noche en que se precipitó en Colombia una nueva tragedia: el magnicidio de Luis Carlos Galán Sarmiento.