Los restos de la antioqueña están en el lugar

El santuario de la madre Laura, única santa colombiana

Cuando Laura Montoya Upegui llegó a Medellín en 1938, después de pasar años haciendo misión con las comunidades indígenas y con un estado de salud deteriorado, ordenó comprar un predio en lo que ahora es el barrio Cristóbal, desde donde hizo su obra y falleció en 1949.

Luis Benavides - Especial para El Espectador

Una escultura de la Madre Laura Montoya recibe a quienes pasan por la casa, convento y santuario del que ella lideró la construcción antes de morir. La figura viste una túnica, no un hábito, y da un paso con el pie izquierdo, que lleva descalzo. En la mano derecha lleva un papiro que las hermanas de su congregación, Las Lauritas, interpretan como el evangelio que llevó a los indígenas o su rol de mujer escritora. Recreada en mayo de 1995 por el escultor Alonso Ríos Vanegas, cuando aún no había sido declarada como beata, la figura extiende la mano a quienes entran al lugar. (Visite el especial del papa Francisco en Colombia)

Seis placas la custodian, ilustrando momentos importantes de su vida. El bautizo, cuando tenía solo cuatro horas de nacida. Ella cuando niña, sentada sobre las faldas de su madre, donde aseguró, en sus escritos, aprendió a perdonar; también su figura de pequeña jugando con las hormigas, cuentan que ese día tuvo su primera experiencia mística con Dios. Dando clases a sus alumnas, llegando a la comunidad indígena Emberá Katió, el 5 de mayo de 1919, y una silueta que la representa fallecida, pero iluminando a sus seguidores en la tierra con su “apostolado ultraterrestre”.

Con las montañas del occidente de Medellín a sus espaldas, el lugar donde ahora queda el convento de la Madre Laura, Museo Etnográfico y Santuario, recibe a los turistas religiosos y feligreses que se acercan a conocer la historia de la mujer nacida en Jericó, Antioquia. (Lea también: “La sociedad no sólo se hace con los ‘purasangres’”: papa Francisco)

Para los católicos es un espacio de fe. La habitación donde falleció, la iglesia que ordenó construir, sus escritos y las ofrendas de los feligreses son los espacios que cuentan la historia de la santa.

La habitación

Un cuadro con una cama individual que tiene una cruz de madera en su cabecera adorna el cuarto que es protegido por un cristal. No es casualidad que esa misma cama y esa cruz estén a contados pasos de la pared blanca que exhibe la fotografía. Una silla de ruedas, otra mecedora; la mesa de noche, un organizador, San José, la Virgen Inmaculada y cristo cargando la cruz: todo perteneció a ella.

Las reliquias de primer grado son partes que han salido del cuerpo del beato o santo. Y de pocos santos en el mundo hay tantos objetos conservados. En ese mismo cuarto están los cabellos que las religiosas le cortaron al momento de su muerte, los algodones que limpiaron su sangre, las vendas con las secó que sus fluidos y hasta los últimos trajes que usó, elementos que reposan entre otros objetos de devoción de Laura Montoya. “Muchas personas nos preguntan el por qué se guardaron tantas cosas de ella, pero es que las hermanas que acompañaron su muerte sabían que sería santa”, explican. Guardan, incluso, al Divino Niño y el rosario de su devoción.

Laura, la santa escritora

Con la pintura del antioqueño Eladio Vélez comienza el salón de “Laura escritora”. Las Hermanas Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena han recolectado 28.000 páginas que pertenecieron a Laura Montoya, entre hojas escritas a máquina y a tinta, borradores, cartas, revistas y libros, escritos a negro, azul o rojo. Incluso, tuvo su propia imprenta, en Santafé de Antioquia, en 1929, de la que guardan algunas de sus partes.

Veintitrés libros publicados, su autobiografía, a la que jamás le asignó un título propio que hiciera referencia a ella, sino que llamó “Historia de la misericordia de Dios en un alma”. De esa biografía, el 10 de septiembre en la Fiesta del Libro de Medellín, lanzarán la edición completa y esperan tener el próximo año la edición crítica hecha por la candidata a doctorado en Literatura de la Universidad de Antioquia, Nancy López Peña.

“La madre no se conformó con escribir y editar sus libros, también era fotógrafa”, asegura la hermana Carmen Sofía Camacho Pedraza, de Socorro, Santander. Ella capturaba las imágenes y las revelaba en un cuarto oscuro, que también reposan en el santuario. Entre las páginas amarillentas y manchadas, los libros con tintas opacas y las fotos a blanco y negro también se guardan 1.814 cartas que ella escribió.

El alma del santuario

“El alma del lugar está en los restos de la santa”, cuenta la hermana Ana María Palomino de Lima, Perú. Trece fotografías en diferentes etapas de su vida, tres cuadros con los mensajes que marcaron su trayectoria y las placas que han dejado los peregrinos y feligreses para agradecer los favores recibidos, de las que han perdido la cuenta y una fotografía del doctor que entregó la causa de canonización.

Dieciséis muletas, antes habían más, pero las organizaron en otras habitaciones, un bastón en madera y un caminador. Semanas atrás hubo hasta una silla de ruedas colgada de la pared en señal de que la Madre Laura intercedió ante Dios para hacer realidad un milagro.

Cuando una persona muere quedan sus restos mortales, pero al ser canonizada se consideran como restos sagrados. Su cuerpo está ahí, al costado izquierdo de la parroquia que ella pidió construir a su llegada a Medellín. Está ahí con las Lauritas, los vecinos del barrio Cristóbal que van a las eucaristías, los feligreses y turistas católicos que llegan a conocer el lugar y la historia de la única santa colombiana que dio los primeros pasos para construir un santuario.