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En busca de Galán

Hace 30 años, el asesinato de Luis Carlos Galán golpeó a toda Colombia. Siempre se recuerda lo que pasó en Bogotá, pero en Santa Marta, como lo narra un colaborador, la gente también salió a las calles a lamentar lo que había sucedido. Hoy se sigue preguntando cómo se privó al país de un líder que habría ayudado a enrutar al país.

/ Archivo El Espectador

A las ocho de la noche del 18 de agosto de 1989, mi madre sabía que quería votar por Luis Carlos Galán. A las 11 de la noche sabía que Colombia era un país condenado desde siempre y para siempre. En Santa Marta la noticia de la muerte se regó con la velocidad que solo llevan consigo las malas noticias: el vértigo, la inminencia. Han pasado treinta años y yo, en un vago intento por encontrar una vez más a Luis Carlos Galán, pregunto cómo fue ese momento.

“En Santa Marta se sintió el golpe al instante- me dice- lo lloramos. Recuerdo que la gente salió a la calle. Unos se sentaron en el camellón de la bahía a esa hora de la noche. Miraban el mar en silencio. Todo era silencio y tristeza”- dice mi madre. El silencio y la perplejidad constituyen las dos caras del dolor. En la búsqueda que, por años, he hecho del fantasma de Luis Carlos Galán las imágenes se atropellan.

Era un hombre tímido. Era un lector voraz, especialmente de temas políticos y económicos, aunque también leía literatura. Era malo jugando futbol, pero bueno como hincha, del Bucaramanga. Le gustaba el ciclismo. Su timidez proverbial desaparecía en el escenario, en la plaza pública: empezaba con la calma de las aguas tranquilas y en el punto en el que se hallaba a sí mismo, reventaba la ola de su furor, de su discurso, el cuello tensionado y los oyentes hipnotizados.

“Recuerdo claramente que caminamos por el camellón, ya sabiendo la noticia. Había grupos de gente regados por todo el camino, hablaban con energía. Muchos lloraban. Tenías un año”, recuerda.

Galán era un hombre de clase media que se había mantenido en la política sin padrinos ni componendas. Tercer hijo de doce, desde muy pequeño despertó una atención distinta en su núcleo familiar: todos estaban pendientes de él, como si supieran, por algún artilugio de la naturaleza, que iba a jugar un papel crucial en el libro de la historia.

Y la historia, desde pequeño, lo persiguió: en marzo de 1949 la familia hizo un viaje de Bucaramanga a Bogotá. Varias veces los pararon en la carretera y el pequeño Luis Carlos notó en ese instante que lo que veía no era normal. Eran los primeros coletazos del asesinato de Gaitán y la violencia sin tregua que se vendría cuesta arriba en los años siguientes.

Y en los años siguientes Galán escucharía a su padre, en el calor del mediodía, hablar y comentar los problemas del país y la política. La semilla estaba sembrada y el destino, irremediablemente escrito.

“Santa Marta estaba de fiestas-recuerda mi padre- Y las suspendieron. Recuerdo que estuve toda la noche escuchando las noticias del crimen y no salía del asombro. Era como una sensación de fragilidad”.

Y en la retina de los que no lo vimos está Galán. Galán y sus luchas. Galán combatiendo con toda su humanidad el monstruo gigante del narcotráfico y la corrupción. Galán en pleno discurso defendiendo la idea de la redistribución del poder en las entrañas mismas del Estado. Galán recorriendo el país hasta los rincones más alejados y desprevenidos a los que sólo llegaba el óxido de las leyes.

El 18 de agosto de 1989, Galán visitó a su madre. “Estábamos conversando normal cuando se levanta y de un momento a otro me dice: ¡mamá mis hijos, mis hijos! No salgas, no vayas a salir hoy a ninguna parte”, le dijo su madre, Cecilia Sarmiento, en la tarde del día fatídico.

“La vida en el fondo es muy corta para dilapidarla, pero la vida es apasionante para gastarla al servicio de nuestra patria”, pregonó Luis Carlos Galán, vestido de gabardina, en uno de sus últimos discursos.

“La vida para Colombia fue muy corta después de ese 18 de agosto”, dice mi madre.

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Erick Camargo Duncan

Nacional

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