En la visita del Papa Francisco a Colombia

Me preparé por meses para su llegada. Oré, me arrodillé ante el Santísimo y pedí tener un encuentro con él. Se hizo la realidad.

Desde que era niño tuve la ilusión de conocer al Vicario de Cristo. Vivía en Fundación, el pueblo donde asesinaron a mi padre y un grupo de paramilitares nos quitó todo en el año 2000. Aquella realidad dolorosa no tuvo la fuerza para detenerme en mi empeño de servir a Dios. Cuando tenía diez años, por ventura de la providencia, ingresé a los Zagales Amigonianos de la Sagrada Familia, donde hacíamos labor pastoral. Posiblemente el anhelo de conocer al santo padre comenzó cuando escuchaba a la profesora Elvia Bolaño contándonos la paz que sintió su corazón al ver pasar por unos instantes a san Juan Pablo II durante su visita a Cartagena.

Cuando supe que el papa Francisco venía para Colombia, compré los pasajes para poder verlo con seis meses de anticipación. Me preparé en oración, arrodillado ante el Santísimo y pidiendo con amor durante el rosario.

Llegó el día. Arribé al aeropuerto con casi diez horas de anticipación y pude verlo antes de que bajara del avión. En esos días me hospedé en la casa de una comunidad religiosa que me acogió con cariño. Despertaba en la madrugada, visitaba al Santísimo y caminaba algunas cuadras hasta la Nunciatura Apostólica, donde el santo padre pasó sus noches durante la visita a Colombia. Desde temprano había centenares de personas en las calles cercanas. En mi primer día frente a la Nunciatura pude ver a Francisco salir junto a Doménico Gianni y otras personas de su círculo más cercano, levanté una niña y le grité para que pudiera verla. La pequeña pudo acercarse y justo antes de irse a cumplir el compromiso que tenía con los jóvenes y con el presidente, pude estrechar su mano por unos segundos. Allí permanecí casi hasta las diez de la noche, pero no fue posible un encuentro más prolongado con el papa.

Llegaba a casa con pocas fuerzas y a veces sin haber comido nada durante el día, porque salía desde temprano y prefería no moverme, pues cualquier instante de ausencia hubiese podido ser el momento exacto para cumplir mi sueño. El día siete por bendición de Dios compartí la espera con la señora Claudia María Marmolejo, quien había llevado a su pequeño hijo Lorenzo para que recibiera la bendición. Rezamos la Coronilla de la Misericordia, vimos salir al papa y ella corrió hacia su carro para que él bendijera al niño. Esa escena me conmovió. Un momento después, a menos de doce metros, las miradas del papa Francisco y la mía se cruzaron y allí sin dejar de mirarme, levantó su mano derecha para darme la bendición.

Al día siguiente, a las tres de la mañana, fui a postrarme frente a Jesús sacramentado en la capilla de la casa de los jesuitas. Era el día la Natividad de la Virgen y como consagrado siempre he sabido que el Señor no le niega nada a su madre y que acudir a ella es prenda segura para acercarnos al corazón de Jesús.

Esa mañana salí más temprano que de costumbre. Por el camino iba haciendo oración y sin el vestido entero que exigía el protocolo, puesto que ya había pasado por tres días de sol, sereno y lluvia, y sólo estaba en condiciones de buen retiro. Vestía jeans, zapatos de misión y un buzo de la Compañía de Jesús.

Los momentos previos a la salida del papa fueron de oración, pedía al Señor, a través de la Virgen, la gracia de poder saludarlo y conversar con él algunos momentos. Salió el papa, las señoras que estaban junto a mí dieron un par de pasos al frente, él las saludó y luego dirigió su mirada hacia mí. Extendió su mano y su equipo de seguridad me permitió acceder a él. La Divina Providencia obró para hacer realidad ese encuentro. A falta de un fotógrafo cercano, fue Doménico Gianni quien tomó mi celular y lleno de amabilidad decidió inmortalizar aquel encuentro con varias imágenes.

Estrechaba su mano, lo miraba a los ojos y su expresión transmitía paz, calma y alegría de quien se ha donado completamente como siervo de Cristo.

- Santo padre, quiero ser sacerdote, he sentido el llamado, pero siento miedo de no poder responder hasta el final, porque he sido inconstante y lleno de debilidades, le dije.

- “No hay que tener miedo, hay que seguir al Señor. Créele al Señor, Créele a Jesús, hay que confiar en el Señor”, respondió.

El papa Francisco puso su mano derecha sobre mi cabeza por unos segundos y me hizo la señal de la cruz en la frente. Esa mañana estaba lleno de gozo y gratitud hacia Dios por aquella oportunidad y con la firme convicción de saber que aquel encuentro debía acercarme más al Señor Jesús, a servir a los demás, a ser portador de esperanza, invitar con amor y buen testimonio de vida a quienes no creen y a aquellos que aún creyendo han enfriado su fe en el camino. Exhortar no solo a dar el primer paso, sino a seguir caminando sin detenernos, obedientes, humildes y esperanzados para mostrar el amor de Cristo en el mundo y ganar el cielo, que es lo mejor que cualquiera puede ganar.

Lo vi dos días después en Cartagena durante el rezo del Ángelus y la ceremonia de despedida. Tengo la certeza de que él es un hombre que dejó la huella de Cristo en Colombia. Él toca corazones, no por méritos del papa, sino por abrir el corazón a Cristo.

 

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