Entre la violencia y la esperanza

No tenía más de seis años, pero lo recuerda con claridad. Al salir hacia la escuela en Urrao, el pequeño Absalón tenía que caminar sorteando los cadáveres de anónimos liberales, masacrados la noche anterior por la policía chulavita.

Los recuerdos de su niñez huyendo de la violencia de los conservadores —que persiguió sin cesar a su padre y lo despojó de sus tierras— lo han acompañado toda la vida. Hoy Absalón Machado, director del Informe de Desarrollo Humano del PNUD, no puede evitar recordar esas primeras imágenes violentas de su infancia, cuando habla de las cinco décadas de estudios sobre el sector rural en Colombia.

Con 15 libros en su haber y una extensísima carrera como docente en la Universidad Nacional (en la que también dirigió el Centro de Investigaciones para el Desarrollo), este economista es capaz de hilar con lucidez la compleja realidad del pasado, presente y futuro del agro en el país. Habla de la tragedia del desmonte de los programas de desarrollo rural en pos de modelos agroexportadores que lastimaron al campesino al tiempo que la guerra arrasaba el campo. Habla de la necesidad de reordenar el territorio y utilizar el impuesto predial para desincentivar a quienes acaparan y hacen mal uso de la tierra. Habla de que el problema en Colombia ha sido la falta de una sincera voluntad política, que permita desmontar un orden político desigual que se sostiene en el acaparamiento de la tierra.

Y dice, Machado, que tiene “razones para la esperanza”. Así decidió titular el informe que presenta el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, este miércoles. “El sector rural es estratégico para el desarrollo: tiene agua, recursos naturales, minerales, alimentos, es un potencial impresionante. Si Colombia valorara el sector rural en toda su dimensión, entendería que en él está el futuro de esta nación”.