Erwin Tumirí, un milagro de vida

El joven de 25 años, tripulante del avión de Lamia 2933 siniestrado el 28 de noviembre con un saldo de 71 muertos, salió el viernes de la clínica Somer de Rionegro y dejó un video agradeciendo a los colombianos. El Espectador habló con él en el aeropuerto antes de su retorno a Bolivia.

Momento en que Erwin Tumirí dialoga con la periodista Mary Luz Avendaño, en el aeropuerto de Rionegro. / El Espectador
Momento en que Erwin Tumirí dialoga con la periodista Mary Luz Avendaño, en el aeropuerto de Rionegro. / El Espectador

 

Gran expectativa generó en los medios de comunicación la salud de los seis sobrevivientes del avión de Lamia, en especial Erwin Tumirí, el copiloto de la aeronave que se accidentó el lunes 28 de noviembre en La Unión, Antioquia, donde 71 personas murieron. En una primera declaración Tumirí aseguró que se salvó porque puso en práctica los protocolos de seguridad: metió una maleta entre sus piernas y se ubicó en posición fetal, hasta que la aeronave se estrelló.

Hacia la medianoche de ese lunes 28 de noviembre, un grupo de rescatistas, integrado por los Bomberos de La Unión y la Policía, llegó tras abrirse paso con machetes entre la manigua por más de una hora, hasta donde estaba Erwin, quien los guiaba haciendo señales con una pequeña linterna negra. Junto a él, tirada en el piso, estaba la azafata Ximena Suárez; al frente de ellos sentados en las sillas del avión Alan Ruschel, defensa del equipo Chapecoense, y Marcos Danilo Padilha, portero titular.

Andrés Congote, bombero de La Unión, recuerda que encontró al boliviano recostado contra un árbol y decía que le dolía la espalda, “tenía moretones en el pecho y los brazos, pero ninguna fractura, mucho dolor en la columna, prácticamente no le pasó nada”.

El intendente de la Policía Willinton Ramírez, quien participaba en el rescate, se quitó su chaqueta y abrigó a Erwin para evitar que le diera hipotermia, pues la neblina y los dos grados de temperatura hacían que el frío se colara en los huesos. “Estaba mojado y llamaba uno a uno a sus compañeros esperando una respuesta que no llegó, supo que habían muerto. Le dijimos que se tranquilizara, que lo íbamos a sacar de ahí”, recuerda Ramírez, quien grabó con su celular un video como testimonio de ese momento.

No sólo su estado de salud sorprendió a los rescatistas, sino su gran corazón. “A pesar de los dolores que sentía, nos decía que atendiéramos primero a la niña y se corrió para que pudiéramos sacarla. Le decíamos que tranquilo y no se dejaba atender, decía que primero ella y se quitó a pesar del dolor, eso me impactó mucho”, relata Congote.

Desde ese momento los periodistas nos dimos a la tarea de saber cómo estaba, verlo, hablar con él, pero la respuesta de la clínica Somer siempre fue la misma: no es posible.

El viernes en la tarde, en silla de ruedas, salió del centro asistencial rumbo al aeropuerto José María Córdova de Rionegro para regresar a Bolivia. Antes de partir, Erwin dejó un video agradeciendo a todos los colombianos, una imagen que le dio la vuelta al mundo.

Después de pasar una semana en la puerta de la clínica Somer, sin poder acceder a Erwin, fui al aeropuerto para viajar a Bogotá. En la sala VIP observé que al final del recinto en una pequeña oficina, a puerta cerrada, se encontraban varias personas. Mientras buscaba dónde ubicarme, pues mi vuelo se retrasó dos horas, se abrió la puerta y alcancé a ver sentado en su silla de ruedas, con cuello ortopédico, a Tumirí.

La emoción fue grande, tenía a pocos pasos al sobreviviente que los rescatistas consideraron un héroe, porque gracias a sus señales con la linterna pudieron rescatar a cuatro heridos, tres de los cuales sobrevivieron (Alan, Ximena y Erwin) y a Danilo, el arquero que por la gravedad de sus heridas murió camino al hospital. Los otros lesionados: Jackson Follmann, Helio Neto y Rafael Henzel fueron encontrados en otro lugar del siniestro.

Me senté a pensar cómo era la vida. Toda la semana en la puerta del hospital esperando a Erwin y cuando ya no había nada que hacer, lo tenía a pocos pasos.

Pasaron poco más de diez minutos y la puerta de la oficina se volvió a abrir. De allí salió caminando, tranquilo, rápido, erguido, Erwin Tumirí, junto a un policía. Las miradas de todos los presentes se dirigieron a él y a su paso el silencio se apoderó de la sala. Yo no era la excepción, mi sorpresa fue grande, sólo cinco días después del accidente este joven técnico de 25 años caminaba como si se hubiera caído de una bicicleta y no de un avión a nueve mil pies de altura, que iba a más de 300 kilómetros por hora.

Fui al baño donde se encontraba y esperé a que saliera. Verlo caminar hacia mí me aceleró el corazón, la emoción me invadió, no todos los días se tiene un milagro de vida enfrente. Me le acerqué y le extendí mi mano temblorosa por la emoción, me miró asustado y con dificultad levantó su mano para corresponderme. Lo felicité por estar vivo, “me alegra mucho verlo bien, caminando”, le dije; me respondió que estaba muy agradecido con los colombianos por salvarle la vida y por la solidaridad que tuvieron.

Varias personas se ubicaron detrás nuestro, nos observaban, murmuraban, le tomaban fotos con sus celulares.

En la corta charla, que duró un minuto y un segundo, le pregunté si recordaba al intendente Ramírez, quien le dio la chaqueta, y a Andrés, el bombero que le dio una chocolatina para que se calentara. “Estoy muy agradecido con ellos, con todos los bomberos, los médicos y todos los que me ayudaron” y agregó: “Ya les dejé un video agradeciendo, no puedo ver un montón de periodistas, todavía no”.

Su respuesta me desarmó. Leí en sus ojos que aún no era capaz de hablar de aquella noche trágica en la que murieron 71 personas, muchos de ellos sus amigos. Lo veo muy bien, muy tranquilo, le dije. “Sí, eso me ayuda a recuperarme”, respondió. Le dije que había periodistas de todo el mundo que queríamos hablar con él, a lo que me respondió: “Ya voy a ver cuándo voy a contar lo que pasó”.

¿Cómo podía intranquilizarlo cuando estaba a punto de subirse otra vez a un avión hacia Bogotá y otro a su natal Bolivia? Tenerlo en frente era más que suficiente, ya habrá tiempo cuando sanen sus heridas del alma.

Me dijo que estaba ansioso por llegar a su país y reencontrarse con su familia. Me miró tímido, pero con ojos llenos de vida, alegres, como quien ha sido bendecido por Dios, como lo manifestó en un video enviado desde la clínica al cantante de música cristiana Álex Campos.

Con una enorme sonrisa se despidió de mí, me extendió de nuevo su mano con dificultad y me dio las gracias; lo mismo hice por permitirme cruzar estas cortas palabras. Caminó firme de nuevo hacia la oficina. En ese trayecto un par de personas se le acercaron para tomarse una foto con él. En la oficina lo esperaban representantes del gobierno boliviano y el cuerpo médico que lo acompañó en su viaje de regreso.

A las 7:00 p.m. salió rumbo al avión, recorrió los pasillos del aeropuerto al que nunca llegó el avión de Lamia, de nuevo las miradas lo siguieron mientras se perdió por la puerta de abordaje del vuelo 9727 de Avianca, no sin antes decir que regresará algún día, porque Antioquia y Colombia ahora son parte de su familia.

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