Escalera al cielo

Las primeras escaleras eléctricas públicas del país y las únicas en el mundo construidas en una zona de bajos recursos, a un costo $13.000 millones, se estrenan en diciembre.

Parece inverosímil: un barrio de empinadísimas calles, repleto de casas apiladas como un temerario castillo de naipes y con un estrecho acceso de centenares de escalones, estrenará una mega obra que pareciera más ideada desde el absurdo que desde la razón.

Hacer unas escaleras eléctricas públicas a la intemperie en un barrio de tan accidentada geografía, en medio de desordenados callejones en donde hasta un avezado visitante se perdería; donde la mayoría de sus habitantes son de estrato uno y dos, sumado a que la violencia de diversos grupos armados les ha tenido muchas veces sitiados en la última década, es un caso único en Colombia y en el mundo. Este tipo de construcciones existen en otros países en lugares suntuosos, tienen cobro o se usan con finalidades netamente turísticas, como el caso del cerro de Monjuic, en Barcelona, a donde se asciende a través de unas estructuras similares. Las que se estrenarán este diciembre en la comuna 13 de Medellín, exactamente en el barrio La Independencia I, serán gratuitas y para el uso cotidiano de una comunidad de 12 mil habitantes.

A pesar de lo desorbitada que parecía la idea, fueron argumentos técnicos y de ingeniería los que avalaron su ejecución; y el conocimiento de los vacíos en la calidad de vida de la comunidad, lo que la motivó: “Te imaginas las soluciones cuando tienes necesidad. De las necesidades y las ausencias, brota la creatividad”, dice César Augusto Hernández, el ingeniero que le propuso hace unos años al entonces alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, realizar esta mega obra.

Ya hacía parte de las premisas del gobierno de Fajardo el concepto de “urbanismo social”, en el que las obras públicas son proyectadas como sitios para el desarrollo humano, la convivencia y la integración. “A través de la dignificación de espacios, se va haciendo tejido social y se combate la violencia y la desigualdad”, decía. Las mismas banderas las retomó el actual Alcalde, Alonso Salazar, quien asumió la fase de ejecución de la obra.

Para llegar a la parte alta del barrio La independencia I, hay que subir 380 escalones, lo equivalente a ascender a pie 23 pisos de un edificio. Y subirlos y bajarlos una o dos veces al día, ha sido el pesado lastre de toda esa comunidad durante más de 30 años.

Por esta razón el equipo interdisciplinario del PUI (Proyecto Urbano integral) diseñó un recorrido de 128 kilómetros dentro de la comuna para determinar las acciones de mano de los habitantes. Y el asunto de la movilidad fue una de las problemáticas que la comunidad priorizó.

Aun así, las escaleras eléctricas no son una obra aislada, hacen parte de la red que se ha creado en la Comuna 13 de tres modernos colegios, una mega biblioteca, parques y un espacio público que jamás existió en cuatro décadas, desde que empezó a poblarse esta zona del occidente de Medellín.

El pasado oscuro

A comienzos del nuevo milenio la Comuna 13 empezó a verse afectada por la violencia de células urbanas de la guerrilla de las Farc, el Eln y los Comandos Armados del Pueblo (Cap), que se asentaron en esa zona. Para combatir esta situación en 2002 se desarrollaron dos grandes incursiones militares. La Operación Mariscal, entre el 21 y el 26 de mayo de ese año pretendía sacar de raíz a estos grupos que tenían atemorizados a los habitantes de los 23 barrios de la zona. Pero ese objetivo no se logró.

A dos meses de su posesión, en la madrugada del 16 de octubre de 2002, el entonces presidente Álvaro Uribe ordenó el más potente operativo militar que haya tenido lugar en una zona urbana del país: La Operación Orión. Después de la apoteósica intervención la fuerza pública retomó el poder de la comuna pero para los pobladores comenzó a ser evidente la presencia paramilitar y, al general Mario Montoya, quien dirigió la operación, se le cuestionó con base en testimonios de paramilitares reinsertados, por haber recibido apoyo de las autodefensas para poder ingresar a la zona y recobrar su dominio.

“Una cosa es ver por televisión que esa operación fue un éxito y otra muy distinta es tener un helicóptero gigante, sobre la casa de uno sostenido en el aire por largo rato y disparando ráfagas de plomo sabiendo que la familia de uno es igual a la de cualquier barrio y no tenía que ver en nada con ese conflicto. Fueron horas de bala y de un terror que no se pude explicar”, dice uno de los habitantes que ayudó a sacar de su barrio a varios de los más de 200 heridos de la operación que duró cinco días y que solo reportó oficialmente a un civil muerto.

Los habitantes de la comuna 13 no expresan gratitud por esa operación militar, que se suma a 23 más que se hicieron en el transcurso de la década. Prefieren dejar el tema atrás.

“Esas fueron acciones de choque que mostraron efecto en un primer momento pero que no mantuvieron resultados a largo plazo, lo que se está haciendo ahora con obras como las escaleras eléctricas y los programas sociales en la zona, es un efecto estructural que se verá al mediano y largo plazo”, afirma Luis Fernando Echavarría, actual director del SICS (Sistema de Información de Seguridad Ciudadana de Medellín).

El gerente de PUI Proyecto Urbano Integral, Cesar Augusto Hernández, sostiene: “Entre 2002 y 2004 se estimaba que unas 1.200 personas eran actores del conflicto en una comunidad de 24 barrios y con 136 mil habitantes. Por eso valía la pena cerrar la puerta a los violentos, abriendo la de las oportunidades para entrar de otra manera en ese territorio impenetrable para el Estado. Cambiar el entorno cambia los referentes de la comunidad y eleva su calidad de vida”.

La 13, ¿destino turístico?

El traqueteo constante que se escucha estos meses en el barrio La Independencia I, no es el de las ametralladoras de otros tiempos: Es el de los taladros que desde enero de este año calan la tierra para enclavar las estructuras de los seis tramos de escaleras eléctricas. 130 personas trabajan en la obra hasta 15 horas diarias para poder inaugurarlas en diciembre.

Todavía la opinión pública cree, por el estigma de violencia que aún tiene, que ir a cualquier barrio de la comuna 13 es de valientes, que hay que buscar un contacto para entrar y que luego hay que moverse con total discreción y prudencia. No hay tal. Por lo menos en el barrio La Independencia I, donde se está haciendo la obra, la gente se ve tranquila, vive su cotidianidad normalmente, es tan amable como suelen ser los paisas y hasta en la parte más alta del sector, se pueden ver señoras conversando en los balcones al final de la tarde, niños montando en bicicleta y un par de soldados haciendo ronda y comiendo helado. La transformación del ambiente comienza a notarse.

Sin embargo no todo es poesía, este año la población de 12 mil habitantes que conforman ese sector ha sufrido la muerte de 24 personas de manera violenta entre enero y septiembre. La misma cifra del año anterior. Sin embargo en otros seis barrios de la comuna 13 disminuyeron entre el 30% y el 100% como el barrio Blanquizal donde no ha habido ni un homicidio en lo corrido del año según cifras del Sistema de Información de Seguridad Ciudadana de Medellín.

Ya en la zona nororiental de la ciudad, que también tuvo profundos problemas de violencia, luego de obras como el Metrocable, el Parque Biblioteca España y los programas socioculturales, empezó a llenarse de visitantes de otros barrios, de otras ciudades del país y de muchos extranjeros que caminan tranquilamente por la zona orientados por niños guías turísticos. En el sector de Santo Domingo Savio se pasó de 484 homicidios en 2003, a 26 en 2007.

En Medellín se está dando un fenómeno particular en el país, y es que algunos de los barrios que otrora eran los más peligrosos se han convertido en visita obligada de todo tipo de turistas.

Por lo pronto, los cerca de 140 mil habitantes de la comuna 13 y los 12 mil que usarán regularmente esta mega obra, están a la expectativa de estrenarla. Quieren evidenciar que las fronteras invisibles establecidas por los violentos, han desaparecido, pues las escaleras están construidas exactamente en medio de donde “no se podía pasar”; a la espera de los dos edificios que estarán entre los tramos de la obra con dependencias de la alcaldía en temas de bienestar social, deportes, cultura y programas de desarrollo humano; a la espera de los turistas que ya asoman por la zona; a la espera de que los discapacitados, las embarazadas y toda la comunidad mejoren ostensiblemente su movilidad y que no se preocupen como en otros tiempos por descender 380 escalones y tener que decir: “¡Ay, juemadre, se me quedaron las llaves!”.

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