Experto advierte que aunque seguridad ha mejorado, la minería seguirá dejando víctimas

Un docente del departamento de Geociencias de la Facultad de Minas de la U. Nacional habla del tema a propósito del accidente en la mina de Riosucio, Caldas.

EFE

 La macabra cifra de entre 100 y 110 víctimas por año en accidentes del sector minero en Colombia sigue sólida y no parece debilitarse en corto plazo.

“Como están las cosas, tendremos que esperar accidentes mineros en un promedio de cada tres meses”, advierte Jorge Martín Molina Escobar, docente del Departamento de Geociencias y Medioambiente de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional, sede Medellín.

El experto en accidentalidad minera se refiere a la reciente tragedia en Riosucio (Caldas), donde perdieron la vida 15 mineros luego de la inundación de los socavones verticales en la mina El Playón, cerca al río Cauca.

El profesor Molina Escobar señala que en el país existe una minería de gran escala, que gestiona acciones de prevención de la accidentalidad y riesgos, y aplica políticas de salud ocupacional. Otro nivel de minería es el empresarial, este es de menor escala pero se acerca mucho a las exigencias en materia de seguridad.

“Además, existe una minería tradicional o artesanal, que no cuenta con los elementos de seguridad industrial, protección personal, medición de riesgos frente a derrumbes, sobrepresiones, manejo de mapas topográficos y hundimientos e inundaciones, como es el caso de Caldas”, afirma.

Según cifras oficiales, más del 66 % de los accidentes mineros ocurren en explotaciones consideradas ilegales y artesanales.

Para el profesor Molina Escobar, el país ha avanzado en la legislación, pero este no es el aspecto que falla en lugares como El Playón, donde aún se espera el rescate de los cuerpos de varias de las víctimas.

Por el contrario, el académico piensa que los esfuerzos de la Agencia Nacional Minera en prevención y gestión del riesgo han mejorado la seguridad en esta actividad.

“El problema es un túnel sin salida. Es imposible aplicar controles a las más de 10.000 minas pequeñas que existen en el país, según el Censo Minero de 2011”, subraya.

Asimismo, insiste en que la única posibilidad de que los grupos o asociaciones de mineros artesanales salgan del círculo vicioso de la falta de recursos es que se generen programas de asociación o padrinazgo con grandes o medianas empresas.

En el caso de la tragedia de Riosucio, el docente de la Facultad de Minas explica que es muy posible que el accidente de la inundación de los tres socavones verticales no se haya debido, únicamente, a que las motobombas se quedaron sin energía eléctrica y, por lo tanto, dejaron de evacuar el agua.
“Probablemente no solo fue la inundación y que la bomba falló.

Puede ser que también hubo una filtración de una fuente distinta al río Cauca, y ese es un caudal imposible de controlar, aún con las motobombas funcionando en pleno”, explica.
Pese a lo complejo que ha resultado el rescate de los mineros muertos en Riosucio (hoy se cumplen 10 días de la inundación¬),

Molina Escobar considera que las capacidades de los rescatistas colombianos son reconocidas en el contexto internacional.
Dicha reputación creció desde la década de los 80 cuando llegaron expertos polacos a capacitar a los colombianos. Desde entonces existe una tradición profesional y competente de rescatistas mineros nacionales.

De hecho, y a pesar del reto que representa el agua en El Playón, el experto de la Universidad Nacional está seguro de que los mineros serán rescatados. “En estos últimos 30 años y por antecedentes, ninguna víctima ha dejado de rescatarse en el país”, menciona.

El docente destaca que pese al negro panorama del riesgo de víctimas, representado en la actividad minera artesanal del país, hay avances en materia de capacidad de rescate.
El gobierno de Polonia, país donde las muertes por accidentes mineros sobrepasan los 10 casos al año, está capacitando a los colombianos en uso de herramientas sísmicas que permiten detectar si hay vida en los socavones, y así mejorar la reacción de los cuerpos de socorro en las tragedias que posiblemente seguirán ocurriendo.