Exportación de ganado vivo: ¿hay necesidad de tanta crueldad?

Aunque Colombia es uno de los pocos países latinoamericanos que exporta ganado vivo, la mayoría de los colombianos desconoce la pesadilla que deben vivir los animales durante el viaje.

Por tradición religiosa o por preferencia cultural, algunos países exigían “sacrificar” ellos mismos a los animales.Archivo

¿Sabía usted que solo en 2017 Colombia exportó más de 83.000 bovinos vivos a Medio Oriente para ser “sacrificados” por su carne? A bordo de esos “barcos de la muerte” los animales viven una pesadilla inimaginable: en barcos deteriorados o pobremente adecuados, los animales deben pasar semanas enteras en el mar, en condiciones climáticas extremas, hacinados y con altos niveles de suciedad acumulada, hasta el punto en que algunos mueren cubiertos por sus propias heces.

A temperaturas altísimas, sin poder recostarse ni alcanzar los bebederos, los bruscos movimientos del barco producen accidentes permanentes: los animales que no acaban muertos llegan enfermos, fracturados o estresados. Algunos animales tienen sus crías inesperadamente durante el viaje, sin que existan las condiciones para parir ni para atender a los recién nacidos. Pero el maltrato y la crueldad no acaban con el viaje. Infortunadamente, luego de que el barco llega a su destino el sufrimiento continúa. Con la crisis económica de Venezuela, el vecino país dejó de importar nuestro ganado y Colombia debió buscar nuevos destinos para sus animales. Ahora Colombia exporta ganado “en pie” a Líbano, Jordania, Vietnam e Irak, entre otros.

La mayoría de los países importadores en Medio Oriente no tienen leyes de protección animal, y como estos animales son destinados a la faena, el trato es extremadamente cruel. Entre los actos de crueldad identificados está punzar los ojos con cuchillos, retorcer las colas para controlar a los toros y cortar los tendones, entre otros procedimientos que atentan contra la integridad del animal. Los ganaderos se sienten orgullosos diciendo que las exportaciones de ganado vivo están en aumento y que eso representará un importante ingreso para el país. Infortunadamente al exportar los animales vivos también se exporta el valor agregado del animal y se pierden ingresos y empleos en el país.

En Colombia son muy pocos los que conocen la crueldad que deben vivir los animales que son exportados vivos. La ONG Animals International ha documentado de forma encubierta la manera en que los animales exportados por mar terminan sus días. Algunos exfuncionarios de los “barcos de la muerte”, que no soportaron tanta atrocidad, han decidido contar lo que sucede puertas adentro, cuando ninguna autoridad está vigilando.

En Australia y Europa algunas organizaciones han difundido imágenes que muestran la crueldad de las exportaciones “en pie” y se ha formado un movimiento cada vez más grande que se manifiesta en contra de estas prácticas y presiona a sus gobiernos para que le pongan fin. En Brasil, a principios de 2018, un juez de São Paulo suspendió la exportación de ganado vivo luego de conocer las condiciones en las que son embarcados los animales. Pero en Colombia todavía estamos lejos de tomar medidas similares para detener esta pesadilla.

Riqueza manchada de sangre

La Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) cuenta con distintos manuales con recomendaciones para el trato adecuado de los animales de los países miembros. Los tres países latinoamericanos que exportan ganado vivo (Colombia, Uruguay y Argentina) son miembros de esa organización.

En teoría, estos países deben acatar las recomendaciones de la OIE. Pero en la realidad, todos los involucrados se limpian las manos y los animales exportados quedan en el limbo. Los países exportadores se limitan a decir que su responsabilidad termina cuando los animales salen del puerto y, como se anticipó, por lo general los países importadores no cuentan con leyes de protección animal. Al final, unos pocos se enriquecen a costa del sufrimiento de miles de animales.

¿Por qué seguimos exportando ganado vivo?

Las razones para exportar animales vivos en lugar de carne fueron varias en un principio. Por tradición religiosa o por preferencia cultural, algunos países exigían “sacrificar” ellos mismos a los animales. También se intentaba evitar que la cadena de frío estuviera incompleta o simplemente había poca oferta de carne.

Sin embargo, hoy no existen motivos para exportar ganado vivo, pues las cadenas de frío se han sofisticado y, de hecho, los mismos países que importan animales vivos también importan carne congelada, lo que desvirtúa el argumento religioso o cultural. Esto significa que estamos sometiendo a tratos crueles a animales sin justificación alguna. Si los animales transportados llegan fracturados, enfermos, malnutridos y estresados, y no existen motivos de peso para llevar cabo esta práctica, ¿por qué se sigue exportando ganado vivo a pesar de todo? La respuesta todavía no es clara.

¿Hacia dónde vamos?

Colombia es el tercer país que más exporta ganado vivo en la región. Es muy importante que los colombianos sepan lo que les sucede a los animales en los “barcos de la muerte” y, posteriormente, en el sacrificio. No debe ser un tema oculto. Los consumidores tienen el poder de decidir lo que compran y a quién le compran, y pueden exigirle al Gobierno y a los empresarios que se detenga esta práctica.

Mientras los países latinoamericanos insisten en exportar cada vez más animales vivos, la tendencia mundial va en reverso. En Australia, por ejemplo, varios partidos políticos han dado su apoyo para que este tipo de comercio termine. A principios de agosto de 2018, India prohibió las exportaciones de animales en pie, a pesar de que, según los medios, el país estaba teniendo una buena racha económica. En Israel ya se presentó un proyecto de ley para detener las importaciones de animales vivos desde Australia y Europa. Pero en América Latina vamos al revés. Los animales no son cosas, son seres sintientes y es nuestro deber moral y ético velar por su bienestar.

*Director para Latinoamérica de la ONG Animals International y analista de Razón Pública.

Esta publicación es posible gracias a una alianza entre El Espectador y Razón Pública. Lea el artículo original aquí. 

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Luis C. Sarmiento Martínez*

Nacional

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