La fiesta de la comunidad árabe

Erróneamente conocida con el gentilicio de quienes provocaron su éxodo (los turcos), innovó en el comercio, las artes y la política nacional. Puerto Colombia, su punto de entrada al país.

Fue hacia 1930, cuando a Puerto Colombia llegaban barcos cargados de inmigrantes, entre ellos árabes que huían de la invasión de los otomanos. Había pasado un siglo ya desde la primera diáspora árabe hacia América. Apellidos, como Muvdi, Manzur, Abuchaibe, entre otros, empezaron a hacer parte de la sociedad barranquillera y de la costa Caribe colombiana. Comenzaron como vendedores a domicilio: pan, telas para vestir a las mujeres de la época...

Les decían ‘turcos’ porque traían pasaporte del imperio turco-otomano, y el apodo les causaba furia: los llamaban igual a quienes los habían ultrajado y les habían arrebatado su tierra. En realidad, llegaron de Líbano, Palestina, Siria y Jerusalén, pero con el tiempo fueron entendiendo que el apodo no era más que la costumbre costeña de perder cuidado con el rigor. Se dejaron seducir por el encanto caribe.

Antoine Al Rabbani, dueño de un restaurante árabe, cuenta en el documental inédito Amrika, Amrika, de la realizadora Sara Harbque, que llegó a visitar por tres meses a su padre en 1993, pero hasta el sol de hoy no ha vuelto.

Si bien en un principio se ubicaron en lugares como el Centro Histórico, el barrio San Roque (desde la calle San Roque hasta la calle Bagdad) y el barrio Las Flores, no están en un solo sitio de la capital del Atlántico. “Somos una comunidad organizada de manera tribal. Tratamos de conservar la unión familiar, por lo que existe, por ejemplo, un edificio habitado por una familia completa”, cuenta Zuleima Slebi de Manzur, presidenta de la Fundación Encuentro Cultural Colombo-Árabe, que celebra desde hoy el III Encuentro Cultural Colombo-Árabe y II Árabe Latinoamericano, en Bogotá.

Lo que sí puede identificarse como la Casa Colombo-Árabe son las instalaciones del Club Campestre de Barranquilla, en donde se realizan encuentros de la alta sociedad local, sea o no de sangre árabe.

La cultura árabe enriqueció la dinámica comercial del país, integró fusiones gastronómicas y arquitectónicas y engendró destacadas personalidades de las esferas políticas, económicas y culturales. Jaime Amín y José Antonio Segebre, descendientes árabes, son candidatos a la Gobernación de Atlántico y también lo es el mismo alcalde de la Arenosa, Alejandro Char. De la misma familia es Fuad Char, cabeza de la Organización Olímpica, propietaria de los superalmacenes y droguerías del mismo nombre, así como de inmobiliarias, agencias de publicidad, medios de comunicación y el equipo de fútbol Júnior, de Barranquilla. A ellos se les unen Roberto Manzur, el empresario que compró el edificio de la Caja Agraria, la mundialmente famosa cantante Shakira y la fallecida poeta Meira Delmar.

En A. Latina hay por lo menos 20 millones de personas con sangre árabe, un millón de ellas en Colombia. La falta de una política migratoria organizada y el característico rechazo del país, a principios del siglo XX, frente a la llegada de extranjeros, impiden saber cuántos son en realidad. Se estima que desde el desembarco más fuerte —entre 1880 y 1930— pudieron llegar entre 5.000 y 10.000 árabes.

Llegaron atraídos por los vientos de democracia y oportunidades americanos. La mayoría fueron a dar a Norteamérica, México, Argentina y Brasil. A Colombia ingresaron a través de Puerto Colombia y se expandieron hacia Cartagena, Santa Marta, Montería, Sincelejo y Maicao.

Pero otros ingresaron por Venezuela y crearon las primeras fábricas de botones de Bucaramanga. Llegaron a Ocaña, Cúcuta, Ibagué, Girardot y Tunja (de donde es oriundo, por ejemplo, el periodista Yamid Amat). En los años 40, Bogotá y Cali tenían la mayor población árabe del país.

El expresidente Julio César Turbay, los periodistas Amat, Juan Gossaín y Julio Sánchez Cristo, el industrial Nayib Neme y el actor y director de televisión Alí Humar también tienen sangre árabe.

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