Figueroa, el otro héroe de la patria

Wilson Arley, el hermano soldado del nuevo campeón olímpico colombiano, vive en el Guaviare y, al igual que Óscar, ha tenido que levantarse de las adversidades especialmente en su niñez, para convertirse en campeón.

Periódico del Meta

Hace 20 meses no ve a Óscar. Ambos ya se han acostumbrado a las ausencias prolongadas y a que estén en puntos distantes del planeta. Los une el amor de la señora Hermelinda, la mamá que también supo levantar el peso de un hogar pobre para convertirlos en campeones de la vida.

Los dos hermanos recuerdan con dolor la manera en que de su natal Zaragoza (Antioquia) tuvieron que salir como desplazados cuando un mal día las Farc y los paramilitares decidieron convertirlo en escenario de una cruenta batalla que durante años dejó cientos de muertos, la mayoría civiles.

Óscar, el primer colombiano en ganarse una medalla de oro en unos olímpicos, se inclinó por las pesas para buscar no solo olvidarse de ese pasado triste sino como una puerta para salir de la pobreza. Él, por su parte, pensó en el fútbol.  

Wilson Arley Figueroa Mosquera es el segundo de los hermanos Figueroa. Nació el 2 de septiembre de 1981 en el municipio de Zaragoza (Antioquia), en el seno de una humilde familia conformada por Jorge Isaac Figueroa y Hermelinda Mosquera, sus padres, y Jorge, Óscar y Juana María sus hermanos. Su padre, a quien consideraba un gran hombre, falleció hace 13 años poco después de que él ingresará a las filas del Ejército. Eso le trae bastantes recuerdos y en ocasiones lo pone melancólico.

Recuerda cómo soñaba con hacer parte en algún equipo profesional, hacer muchos goles y triunfar. Pero los pocos recursos con los que contaba su familia, lo alejaron del deporte y se inclinó más bien por la vida militar.

De su hermano dice que luego de verlo ganar medallas, torneos y otros concursos vino el apoyo del gobierno local y gracias a esto ya es uno de los grandes deportistas en Colombia, el deportista con más medallas olímpicas del país.

“Nosotros éramos los hijos de unos mineros que trabajaban mientras nosotros estudiábamos. Me caractericé por tener habilidades para el fútbol y aún lo juego cuando puedo, ya que por un esguince en la rodilla se me complica moverme en la cancha y realizar movimientos bruscos con el balón. Me gusta mucho más la milicia que andar rodando por clubes de fútbol buscando cupo”, dice Wilson Arley, quien hoy, a sus 35 años, es un sargento de la Brigada de Selva con sede en San José del Guaviare.

Como pocos, conoce de cerca la manigua y las enfermedades que allí tienen que enfrentar. Ha estado en combates tan difíciles que ha sentido la muerte cerca. Aun así, dice que se unió a las Fuerzas Militares para poder surgir por sus propios méritos: “Gracias a Dios me ha ido bien. Si haces lo que quieres, todo te parece agradable, todo está bien, a pesar de las circunstancias y de los momentos desagradables, te sobrepones y vienen recuerdos que a pesar de todo son agradables”, comenta el sargento Figueroa Mosquera, vinculado al Ejército Nacional desde hace 15 años.

Hace 23 años se encontraba radicado en Cartago (Valle), con su familia, sin embargo fue trasladado a San José del Guaviare, lugar donde el pasado lunes vio el monumental triunfo de su hermano menor.

De Óscar habla con mucha tranquilidad, asegura que es un hombre decidido, que tiene metas y sueños, lo que ha hecho que su relación sea muy cordial, pero resalta que piensan muy diferente y que frente a esto buscan la manera de afrontar los temas que los separan.

El sargento Figueroa, desde los 19 años y en las trincheras del conflicto, le ha tocado ver un país diferente, pero nunca ha querido dejar el camuflado, como seguramente su hermano difícilmente dejará para siempre las pesas.

Wilson, desde las selvas del Guaviare, vivió con emoción el triunfo de su hermano en Brasil, aunque en el momento las actividades del servicio impidieron que estuviera frente al televisor, por medio de su equipo celular y gracias a un sinfín de mensajes que le llegaron de amigos y conocidos, pudo enterarse que su hermano menor estaba en el podio, con una medalla de oro y que sus lágrimas rodaban por sus mejillas como cuando esa vez que se tuvieron que despedir porque cada uno tenía que servirle a su país a su manera y vocación: el uno como militar, el otro como deportista.