El ambiente del vuelo hacia Colombia

Francisco en las alturas

Fragmento del libro “Los viajes de Francisco”, del vaticanista Andrea Tornielli, sello editorial Planeta.

El papa y su maletín con breviario, agenda y el libro que esté leyendo. / AFP

Los primeros saludos de un papa en vuelo a los periodistas fueron los de Pablo VI. Montini, el iniciador de los viajes papales modernos, con sus visitas a los cinco continentes, tenía por costumbre ir a saludar personalmente a los periodistas que lo acompañaban en el avión. Estaba establecido que el papa no diera conferencias de prensa ni concediese entrevistas, pero sucedía que no se sustraía a algunas preguntas, como nos confirma Domenico Agasso, vaticanista del semanario Epoca, enviado en los vuelos papales de Montini. “Pablo VI venía a saludarnos, uno por uno, a veces tanto en la ida como en el regreso. Alguno de nosotros le hacía preguntas. Una vez yo le di un regalo para los niños pakistaníes que me había entregado una parroquia. En el vuelo de regreso vino a decirme personalmente que lo había entregado”. (Vea aquí el especial sobre la visita del Papa)

En enero de 1979, durante el vuelo a México, a los periodistas del séquito de Juan Pablo II se les avisa que se prevén saludos personales, pero no entrevistas. Sin embargo, sucede que, mientras Wojtyla está pasando, un periodista estadounidense le pregunta en voz alta: “¿Irá usted a Estados Unidos?”. La respuesta del papa inaugura la praxis de las entrevistas en las alturas. El sistema continuará de este modo durante mucho tiempo. En los viajes largos, intercontinentales, Juan Pablo II pasa a saludar personalmente a cada periodista y responde a las preguntas que cada uno le formula, sin un equipo de amplificación que permita a todos escuchar las respuestas. Hay un empleado de la Radio Vaticana que sigue al papa para grabar todo, pero ocurre a menudo que los periodistas, no habiendo podido escuchar lo que han preguntado los colegas tres hileras de asientos más allá, hacen la misma pregunta. Mientras que, en los viajes más breves, en aviones más pequeños, al papa se le da un micrófono para un saludo y luego los periodistas empiezan a plantear preguntas. En la década de 1990, después de las primeras caídas y los síntomas iniciales del párkinson, se consolida esta última solución incluso en los viajes más largos. En los últimos cinco años de pontificado, a causa de los problemas ambulatorios, Juan Pablo II ya no dará conferencias de prensa en el avión.

Su sucesor, Benedicto XVI, sigue la tradición, y en los primeros viajes se somete a las preguntas de los periodistas sin ningún filtro. En algunos casos las respuestas provocan polémicas internacionales, como ocurre en 2009 por las palabras del papa Ratzinger acerca del preservativo, durante el vuelo hacia Camerún. El clamor mediático acaba por oscurecer los contenidos del importante viaje africano. En la segunda parte del pontificado, Benedicto XVI sigue dando conferencias de prensa en el vuelo de ida, pero las preguntas no las formulan directamente los periodistas, sino que las reúne días antes el portavoz, el padre Federico Lombardi, quien selecciona las más representativas. Y casi siempre es él mismo quien las formula al pontífice.

Francisco, al inicio de su pontificado, introduce una novedad significativa. En su primer viaje, el de julio de 2013 a Río de Janeiro, decide ir a saludar personalmente a los periodistas, pero deja para el vuelo de regreso la conferencia de prensa, para evitar el riesgo de que una respuesta y sus eventuales interpretaciones puedan distraer la atención del viaje en curso.

Los encuentros de Francisco en las alturas son largos, y Bergoglio se somete al fuego de las preguntas más disparatadas. Los periodistas se dividen por grupos lingüísticos, en el interior de los cuales eligen entre sí, alternándose, a quien hará las preguntas, tratando de evitar repeticiones inútiles. Con sus predecesores, el viaje de regreso significaba un relajamiento para todos.

Con Francisco se vuelve una maratón de trabajo: hay que transcribir la entrevista, cotejar con los colegas esta o aquella frase, escribir los artículos por transmitir en cuanto se toca tierra o incluso antes del aterrizaje, si el avión está equipado con wi-fi.

Es imposible dar cuenta de tales conferencias de prensa en este volumen, porque sólo su transcripción completa abarcaría otro libro. Señalamos sólo algunas de las respuestas más significativas, porque han quedado en el imaginario colectivo o porque han sido el centro de polémicas mediáticas.

En el primer vuelo internacional del nuevo papa, a Brasil, los periodistas ya a bordo ven a Francisco subir la escalerilla del avión llevando consigo una vieja bolsa de cuero negro. Nunca se había visto a un pontífice llevar él mismo su equipaje de mano. Por eso, durante la conferencia de prensa le preguntamos qué había adentro. “¡No estaba la llave de la bomba atómica!”, nos responde. “La llevaba porque siempre lo he hecho así: yo, cuando viajo, llevo la bolsa... Y adentro, ¿qué llevo? El rastrillo (afeitadora), el breviario, una agenda, un libro para leer. Llevaba uno sobre santa Teresita, de la que soy devoto... Yo siempre he ido con mi bolsa cuando viajo: es normal. Debemos ser normales... tenemos que acostumbrarnos, ser normales”.

Durante la misma conferencia de prensa, Francisco pronuncia también algunas frases sobre los homosexuales. “Si una persona es gay, y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El catecismo de la Iglesia católica lo explica muy bien: no se debe marginar a estas personas”.

Al saludar a los periodistas en el vuelo de regreso de Tel Aviv, en mayo de 2014, pronuncia palabras fuertes acerca de la pedofilia clerical: “Un sacerdote que hace esto traiciona el cuerpo del Señor, porque ese sacerdote debe llevar al niño, a la niña, al muchacho, a la muchacha, a la santidad; y ese muchacho, esa niña, se confían, y él, en lugar de llevarlos a la santidad, abusa de ellos. ¡Y eso es muy grave! Es como... voy a hacer sólo una comparación: ¡es como celebrar una misa negra!”.

En el curso de esa misma conferencia de prensa habla también de economía: “Nosotros estamos en un sistema económico mundial en cuyo centro está el dinero, no la persona humana. En un verdadero sistema económico, en el centro deben estar el hombre y la mujer, la persona humana. Y hoy en el centro está el dinero. Para mantenerse, para equilibrarse, este sistema debe seguir adelante con algunas medidas ‘de desecho’. Y se desecha a los niños... Se desecha a los ancianos, incluso con situaciones ocultas de eutanasia, en muchos países”.

Luego, el papa habla del martirio: “¡Hay mártires! Hay mártires hoy, mártires cristianos. Católicos y no católicos, pero mártires. Y en algunos lugares no se puede llevar el crucifijo, no se puede tener una Biblia. Creo que en estos tiempos hay más mártires que en los primeros tiempos de la Iglesia”.

En el vuelo de regreso de Corea, en agosto de 2014, a Francisco le preguntan qué piensa de los bombardeos estadounidenses en Siria. “Donde hay una agresión injusta”, responde, “sólo puedo decir que es lícito detener al agresor injusto. Subrayo el verbo ‘detener’. No digo bombardearlo, hacer la guerra, sino detenerlo. Los medios deberán ser valorados. Detener al agresor injusto es lícito. ¡Pero también debemos tener memoria! ¡Cuántas veces, con la excusa de detener al agresor injusto, las potencias se han adueñado de los pueblos y han hecho una verdadera guerra de conquista! Una sola nación no puede juzgar cómo se detiene a un agresor injusto. Después de la Segunda Guerra Mundial, fue la idea de las Naciones Unidas: allí se debe discutir, decir: ‘¿Es un agresor injusto? Parece que sí. ¿Cómo lo detenemos?’”.

Durante la misma conferencia de prensa, al papa le preguntan acerca de sus vacaciones. “Estoy demasiado atado al hábitat. La última vez que pasé vacaciones fuera de Buenos Aires, con la comunidad jesuita, fue en 1975. Luego, siempre paso mis vacaciones, ¡de veras!, en mi hábitat: cambio de ritmo. Duermo más, leo las cosas que me gustan, oigo música, rezo más... Y así descanso”.

Hay viajes largos que tocan muchos países y prevén giras considerables entre un país y otro; en estas ocasiones, Francisco se somete incluso a dos conferencias de prensa. Es el caso, por ejemplo, del viaje a Sri Lanka y Filipinas, en enero de 2015. Apenas había ocurrido el atentado de París contra la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. “¡Cuántas guerras de religión hemos tenido! También nosotros somos pecadores en esto. Pero no se puede matar en nombre de Dios. Esta es una aberración”, dice el papa.

Luego, respondiendo a otra pregunta, hace una comparación que le atraerá muchísimas críticas en el mundo occidental y aprecio de parte del mundo musulmán. “Tenemos la obligación de decir abiertamente, tener esta libertad, pero sin ofender. Porque es cierto que no se puede reaccionar violentamente, pero si Gasbarri [en ese momento al lado del papa], un gran amigo, me dice una palabrota contra mi mamá, ¡le doy un golpe! Es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás, nadie puede burlarse de la fe. El papa Benedicto en un discurso había hablado de esa mentalidad pospositivista que llevaba al final a creer que las religiones o las expresiones religiosas son una especie de subcultura”.

Durante el vuelo de Manila a Roma, después de hablar de las colonizaciones ideológicas que imponen a los países pobres estilos de vida que no pertenecen a sus tradiciones y culturas, y con preocupación por la caída demográfica, Francisco recuerda que la Iglesia está por “la paternidad responsable”. Y para ejemplificar usa una expresión que no dejará de provocar polémica: “Algunos creen que —disculpen la palabra, ¿eh?— para ser buenos católicos debemos ser como conejos, ¿no? No. Paternidad responsable”.

Al regreso del viaje a América Latina en julio de 2015, Francisco responde a una pregunta acerca de las selfis: “¿Qué pienso? Es otra cultura. Me siento un bisabuelo. Hoy, al despedirme, un policía, ya mayor, habrá tenido 40 años, me dijo: ‘Me tomo una selfi’. Le digo: ‘¡Pero tú eres un adolescente!’. Sí, es otra cultura, pero la respeto”.

En el vuelo que lo lleva de Cuba a Estados Unidos, segunda etapa del importante viaje de septiembre de 2015, el papa Bergoglio responde con candor a una pregunta acerca de las franjas de opositores que lo cuestionan porque a menudo habla de los pobres y lo acusan de comunista. “Durante el otro vuelo, una de sus colegas me preguntó, cuando hablé de los movimientos populares: ‘¿Su Iglesia, lo seguirá?’. Y yo le dije: ‘Soy yo quien sigue a la Iglesia’, y en esto creo que no me equivoco... Las cosas se pueden explicar. Probablemente una explicación dio la impresión de ser un poquito más ‘izquierdista’, pero sería un error de explicación. No. Mi doctrina acerca del Laudato si (Alabado seas), acerca del imperialismo económico y todo eso, es la doctrina social de la Iglesia. Y si es necesario que yo rece el Credo, ¡estoy dispuesto a hacerlo!”.

De regreso de Estados Unidos, a propósito de los muros contra los inmigrantes, el papa dice: “Todos los muros se derrumban, hoy, mañana o después de cien años. Pero se derrumbarán. No es una solución. ¡Los muros no son la solución!”.

En la conferencia de prensa de regreso de la República Centroafricana, mientras Vatileaks 2 sigue haciendo estragos, el caso de los documentos reservados sobre la situación económico-financiera de la Santa Sede sustraídos y pasados a la prensa, el papa dice: “La prensa libre, laica, y también confesional, pero profesional —porque la profesionalidad de la prensa puede ser laica o confesional, lo importante es que sean profesionales en serio, que las noticias no se manipulen—, para mí es importante, porque la denuncia de las injusticias, de la corrupción, es un buen trabajo... Y además el responsable debe hacer algo, hacer un juicio, un tribunal. Pero la prensa profesional debe decirlo todo, sin caer en los tres pecados más comunes: la desinformación —decir la mitad y no decir la otra mitad—; la calumnia —la prensa no profesional: cuando no hay profesionalismo, se ensucia al otro con verdad o sin verdad—; la difamación”.

Francisco vuelve al tema de la pedofilia clerical también en el vuelo de regreso de México, en febrero de 2016. “Un obispo que cambia de parroquia a un sacerdote, cuando se verifica un caso de pedofilia, es un inconsciente, y lo mejor que puede hacer es presentar su renuncia. ¿Clarito?”.

En esa misma conferencia de prensa responde también a una pregunta sobre el futuro presidente de Estados Unidos, Donald Trump: “Una persona que piensa sólo en hacer muros, sea donde sea, y no en hacer puentes, no es cristiana. Eso no está en el Evangelio. Luego, lo que me preguntaba, qué aconsejaría, votar o no votar: no me entrometo”.

También en la misma ocasión, Francisco habla del aborto: “El aborto no es ‘un mal menor’. Es un crimen. Es eliminar a alguien... Es lo que hace la mafia. Es un mal absoluto”. Le piden que comente el documental que cuenta la larga amistad del papa Wojtyla con la filósofa Anna-Teresa Tymieniecka: “Un hombre que no sabe mantener una buena relación con una mujer —no hablo de los misóginos, esos son enfermos— es un hombre a quien le falta algo. Y yo, también por experiencia personal, cuando pido un consejo, lo pido a un colaborador, a un amigo, a un hombre, pero también me gusta oír la opinión de una mujer”.

En el vuelo de regreso de Armenia, en junio de 2016, el papa vuelve a hablar de los gais: “Yo creo que la Iglesia no sólo debe pedir disculpas —como dijo aquel cardenal ‘marxista’ [el cardenal Reinhard Marx]— a la persona que es gay, a la que ha ofendido, sino también a los pobres, a las mujeres y a los niños explotados en el trabajo; debe pedir disculpas por haber bendecido tantas armas... y cuando digo Iglesia quiero decir los cristianos; ¡la Iglesia es santa, los pecadores somos nosotros! Los cristianos deben pedir disculpas por no haber acompañado tantas decisiones, a tantas familias... Yo recuerdo de niño la cultura de Buenos Aires, la cultura católica cerrada. ¡Yo vengo de allí! ¡No se podía entrar en casa de una familia divorciada!”.

De regreso de Polonia, un mes después, al hablar sobre los últimos atentados de matriz islámica, Francisco afirma: “Creo que no es justo identificar al islam con la violencia. ¡Eso no es justo y no es verdad!”. Y agrega: “El terrorismo está en todos lados. Piense en el terrorismo tribal de algunos países africanos... El terrorismo —no sé si decirlo, porque es un poco peligroso— crece cuando no hay otra opción, cuando en el centro de la economía mundial está el dios dinero y no la persona, el hombre y la mujer. Este es ya el primer terrorismo...”.

Quienes acompañan al papa durante sus viajes son un grupo de entre 50 y 70 periodistas, según el cupo del avión. Con notable antelación, la sala de prensa vaticana abre las inscripciones para acreditarse en el vuelo y en pocos días se cierra la lista. La mayoría de los reporteros que vuelan con el pontífice son los acostumbrados y trabajan como corresponsales desde Roma y desde el Vaticano para los más importantes diarios internacionales. Otros, en cambio, son periodistas de los países visitados que solicitan seguir sólo un determinado viaje.

Los periodistas —o mejor dicho, sus periódicos, sus agencias, sus televisoras— pagan una cifra bastante alta por el boleto de avión: se trata de vuelos especiales, no de línea, y el costo corresponde a la tarifa Iata one way por cada tramo. De hecho, se paga lo de un boleto de ida y vuelta en primera clase, y a menudo incluso más. También la Santa Sede paga el boleto para cada uno de los integrantes del séquito según estas tarifas.

Los reporteros, después de cuidadosos controles, suben con mucha antelación al avión. El sector asignado a ellos es el de la cola. Hay algunos lugares preasignados con sus respectivas tarjetas, con su nombre para fotógrafos, camarógrafos, radio y agencias. Los demás asientos están libres y quien llega primero se instala mejor, puesto que en el pase de abordar no aparece ningún lugar asignado.

Quien sigue a cada paso a los periodistas distribuyendo tarjetitas de acreditación, y acompañándolos a los distintos lugares donde se llevan a cabo las actividades del papa, es el asistente del director de la sala de prensa vaticana, Matteo Bruni, que ha ocupado el lugar de un veterano de los viajes pontificios, el flamenco Vik van Brantegem. En la parte central del avión viajan los gendarmes, los guardias suizos y algunos colaboradores del pontífice. Mientras que en los sectores de negocios y primera clase se encuentran los cardenales del séquito y los prelados más cercanos al papa. El pontífice viaja en un asiento de la primera fila.

En los años pasados, cuando los aviones no contaban con tanta tecnología, para los viajes largos se desmontaban algunos asientos para colocar una cama verdadera, protegida con unas mantas. Los nuevos aviones y los manojos de cables que llegan hasta los asientos han hecho más complicado hacerlo. Sin contar con que ahora los asientos de primera clase son cómodos y reclinables a tal punto que permiten descansar bien.

Antes de su viaje a Brasil, Francisco quiso asegurarse de todos modos de que Alitalia no preparara nada especial. El papa no estaba acostumbrado a viajar en primera clase cuando era arzobispo de Buenos Aires. Uno de sus colaboradores nos cuenta que, frente a teléfonos, luces, pantallas, una vez exclamó: “¡Cuando me siento en el avión con todas estas cosas, me parece que estoy en un hospital, de un momento a otro espero que alguien venga a ponerme una inyección intravenosa!”. El despegue es siempre desde el aeropuerto de Fiumicino; el aterrizaje en Ciampino.

El vuelo de Alitalia, siempre con la sigla AZ4000, acompaña al papa de ida, mientras que la principal compañía aérea del país visitado se encarga del regreso. Cuando no hay, o la que hay no resulta suficientemente segura, es Alitalia la que se ocupa también del regreso y de los eventuales traslados internos. Con Francisco viaja un séquito compuesto por unos 20 colaboradores. Están el asistente de cámara, Sandro Mariotti, el cardenal secretario de Estado y su sustituto, el director de la sala de prensa vaticana, el prefecto de la Secretaría para la Comunicación, el médico personal del papa. Otros dos personajes que nunca faltan son el organizador de los viajes papales (hasta febrero de 2016, Alberto Gasbarri, un caballero alto y discreto; ahora, el monseñor colombiano Mauricio Rueda Beltz) y el comandante de los gendarmes vaticanos, Domenico Giani, a la cabeza del equipo encargado de la seguridad del pontífice.

Un empleado se ocupa del equipaje de Francisco, que comprende no sólo sus trajes sino también algunos paramentos, el bastón pastoral y los presentes, a veces voluminosos, que serán regalados a los jefes de Estado y a los obispos. Como ya se dijo, Bergoglio lleva consigo en la cabina su vieja bolsa negra con sus efectos personales, entre los cuales se encuentra una rasuradora que usa dos veces al día: por la mañana a las 4:30, cuando se despierta, y después del mediodía, una vez que ha hecho una breve siesta.

Señales distintivas del viaje papal son las almohaditas y los cojines blancos con el emblema pontificio bordado en relieve. También el menú, impreso en una tarjetita, lleva el emblema pontificio. Además, todos los pasajeros reciben un folleto con la ruta del vuelo. Azafatas y sobrecargos se seleccionan entre el personal con mayor experiencia. Para cada uno de ellos, cada vuelo concluye con una foto sentados junto al papa, que nunca deja de entrar a la cabina de mando para saludar a los pilotos.

En el viaje de ida, durante el saludo a los periodistas, Francisco recorre lentamente los pasillos e intercambia algunas palabras con cada uno, acompañado por un par de colaboradores a los cuales les pasa los presentes, las cartas, los mensajes y los libros que recibe. Hay quien le pide oraciones, una selfi, quien le da a escuchar la voz de sus hijos pequeños que lo saludan grabada en el smartphone, quien le muestra la nueva app con los emoticones papales en caricatura, al que le responde: “Me veo mucho mejor allí que en la realidad”.

Durante el viaje a Cuba, una periodista de Telemundo le entregó una copia del premio Emmy que ganó por la excelente cobertura televisiva del cónclave. María Antonieta Collins, periodista de la cadena Univisión, le regaló una gran caja de empanadas típicas de Argentina, que había mandado preparar en uno de los mejores restaurantes de Miami y había llevado consigo a Roma para embarcarlas en el vuelo papal. Francisco no lo pensó dos veces y se las pasó a las azafatas para que se las ofrecieran a todos como bocadillos.

Uno de los episodios más curiosos se verificó en el vuelo de ida a Cuba y México, en febrero de 2016, cuando un periodista se inclinó de repente para limpiarle los zapatos al papa. Noel Díaz, con un título de médico y especializado en neurología y oftalmología, pero con un pasado de lustrabotas: “Mi familia era pobre, y cuando yo era niño”, nos cuenta, “pude comprarme el traje para la primera comunión limpiando zapatos”.

Entre las novedades introducidas por Francisco está la invitación, premio para un empleado del Vaticano escogido para formar parte del séquito que acompaña al papa. Y está sobre todo la costumbre de Bergoglio de visitar, antes y después de un viaje, la imagen de la Virgen Salus Populi Romani, el antiguo ícono muy querido de los romanos que se encuentra en la basílica de Santa María la Mayor. El papa va para rezar una noche antes de su partida. Y en cuanto regresa a Roma, antes aun de llegar al Vaticano, Francisco pasa por Santa María la Mayor a agradecer a la Virgen.

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