Fundación, la tragedia no termina

Un año después del accidente en el que murieron 33 menores dentro de un bus incendiado, las familias de las víctimas dicen que les han incumplido las promesas de reparación.

Las fotos de los 33 niños que murieron calcinados el 18 de mayo de 2014 permanecen en el lugar donde ocurrió el accidente. / Jesús Fragozo
Arelis Fontalvo (38 años) creyó hasta hace un mes que su hija no había muerto. Alguien le contó que su pequeña Luz Nais de la Cruz (12) alcanzó ese día a huir del bus, que un motociclista la llevó a un hospital, que se recuperaba de las heridas en un lugar desconocido y que cualquier día aparecería en la puerta de su casa. Se negaba a creer en el resultado de la prueba de ADN que se le practicó después de la tragedia, el cual había demostrado que uno de los cuerpos que estaba en Medicina Legal correspondía al de su hija. Confiaba en que la volvería a ver con vida, por lo menos hasta que aceptó —después de varias consultas con una psicóloga— que Luz Nais había muerto junto con otros 32 niños y un adulto el 18 de mayo del año pasado, cuando se incendió el autobús en el que se transportaban 62 personas en Fundación (Magdalena).
 
La mujer, que se dedica a remendar la ropa que los vecinos llevan a su casa, está sentada frente a otra de sus hijas, Laura Vanessa (10), que se está alistando para ir a la única biblioteca del pueblo, en donde además se proyectará una película. A la menor no le gusta hablar de lo que ocurrió ese día, porque ella también iba en el bus. Fontalvo, en cambio, afirma que a veces no duerme pensando en lo que sufrió Luz Nais. Es como una pesadilla, una que no termina.
 
La tragedia ocurrió al mediodía, cuando el grupo de niños regresaba de la escuela dominical de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia y el bus de servicio especial, que no tenía seguro obligatorio de accidentes (SOAT) y había incumplido la revisión técnico-mecánica, empezó a tener fallas en un sector conocido como Luna Roja, cerca al barrio Faustino Mujica, en donde residían la mayoría de las víctimas. El conductor del vehículo, Jaime Gutiérrez Ospino, que tampoco tenía licencia de conducción, intentó encender el vehículo, pero el autobús ardió en llamas. Unos 15 niños, además de los que murieron quemados, resultaron heridos.
 
Cerca a donde vive Fontalvo está Mairovis Castro (34), quien perdió a dos de cuatro hijos: Thailyn Michel (9) y Manuel Johan Hernández Castro (5). Evita pasar por el lugar donde ocurrió el accidente. Prácticamente se ha mantenido al margen de todo. No asiste a las reuniones que organizan las 26 familias de las víctimas, pero va todos los días al cementerio Ángeles de Luz, en donde están los restos de 31 pequeños. Castro creó una microempresa de accesorios para estar todo el tiempo ocupada, aunque afirma que “es casi inevitable dejar de pensar en cómo murieron”.
 
Por este accidente han sido capturados Gutiérrez y Manuel Salvador Ibarra, miembro de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia que contrató el servicio de transporte. Ambos están recluidos en la cárcel Modelo de Barranquilla y son los únicos presos hasta ahora. El dueño del autobús, Alfredo Esquea Chávez, quedó en libertad el 25 de noviembre del año pasado, y aunque el Tribunal de Santa Marta revocó recientemente esta medida, aún no se ha ordenado su recaptura.
 
Pero las familias de los niños y el adulto que murieron quemados también han denunciado que el Gobierno y la Alcaldía de Fundación no han cumplido la mayoría de las promesas que hicieron después del accidente. “No han puesto el sistema de alcantarillado, ni el monumento que se comprometieron a poner en el lugar en donde se incendió el bus, ni tampoco se ha pavimentado la vía de acceso al cementerio, que además de estar a tres kilómetros del centro de Fundación es muy peligrosa”, afirma Sandra Quintero (27), madre de otras dos víctimas.
 
“Nos reunimos hace un mes con los habitantes del barrio, pero ellos no estuvieron de acuerdo con que se instalara un conector, que es lo primero que se necesita para iniciar los trabajos del sistema de alcantarillado. Ese día hasta nos insultaron”, asegura el secretario de Gobierno de la Alcaldía de Fundación, Juan Francisco Restrepo. Pero otra cosa dicen los familiares de los niños, quienes afirman que la administración municipal citó apenas a 15 personas para informarles que sólo se pondría alcantarillado en una calle del Faustino Mujica y no en todo el sector, como se había solicitado, por lo que ellos se negaron a que iniciaran las obras.
 
Sobre el monumento, Restrepo dijo que la obra estará lista a principios de junio y requerirá una inversión de $105 millones, recursos que provienen de la Alcaldía y de una empresa privada. Y el proyecto de pavimentación de la vía que conduce al cementerio es, según el secretario de Gobierno, un compromiso del Ministerio de Transporte, mas no del municipio. El Espectador contactó a esta cartera del Gobierno, pero no recibió respuesta.
 
Fontalvo, Castro y Quintero han vivido la misma historia, pero cada una lleva su propia tragedia a cuestas. Sandra, por ejemplo, es tan fuerte como un roble. Le quedaron dos hijos, pero uno padece parálisis cerebral y hace casi dos meses estuvo 10 días en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Santa Marta por un dengue hemorrágico. “Lo de Kaleth (9) es un milagro de vida, porque él también se sometió a una gastrostomía, y yo hago de todo para que él salga adelante”, cuenta. Perdió a Yeritson Rafael (5) y a Sheryl Dayana Terraza Quintero (4) en el accidente.
 
Breidis Rocha y su esposa, mientras tanto, forman una de las seis familias que se han mudado a Los Rosales, una urbanización donde el Gobierno le entregó una casa a cada familia de las víctimas, aunque la mayoría no se hayan trasladado porque consideran que los servicios públicos son muy caros. “El recibo de energía viene por $50.000 y en Faustino Mujica se paga menos de la mitad de esa cifra”, dice el ebanista que perdió a sus dos hijos, Breiner (8) y Lucas (4).
 
“Acá, sin duda, estamos mejor. La tensión es menos y no hay un ambiente de tristeza. A veces tenemos problemas con la luz, que se va a cada rato, pero uno se va acostumbrando a eso”, afirma Rocha, que tiene dos meses de estar viviendo en la casa número 1 de la manzana M.
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