Funeral a ritmo de champeta

¿Qué será del género africano que se canta en Cartagena con la muerte del artista que lo nacionalizó y lo vistió de gala?

Mi madre me tuvo a mí en medio de un tiroteo.

La gente al verme nacer dijo “¡qué niño más feo!”

Vuelve Cipriano (versión en champeta de Mr Black).

A veces en el Caribe hasta la muerte es una fiesta y la de John Jairo Sayas Díaz no fue la excepción. Cuando su féretro llegó a Cartagena, el pasado lunes 16 de julio a las 4 de la tarde, la ciudad del suroriente recibió la carroza blanca con calles de honor polvorientas, que encendieron sus equipos de sonido al paso del cuerpo del cantante más significativo de todos los cantantes de champeta paridos por estas tierras.

El cortejo fúnebre lo conformaban buena parte de los 45 mil mototaxistas que, dicen los números oficiales, trabajan informalmente aquí y quienes acompañados por una que otra botella barata brindaron en honor al muerto. La “otra Cartagena”, aquella apartada de las cumbres presidenciales, de los festivales y de los cocteles, cantó entonces un único coro: la canción más exitosa del artista que se hizo llamar ‘el Sayayín’, mitad en honor a su apellido, mitad por su programa de caricaturas favorito.

Oye, mírame Paola,

te crees la última Coca Cola

Déjate de estiramiento,

que te puede llevar el viento

¡De nuevo el Sayayín!

Cuando el ataúd pisó el sector El Tancón, del barrio Olaya Herrera, el populoso suburbio que se levantó sobre una ciénaga a la sombra del pandillismo y otras inseguridades, algunos de los vecinos que vieron crecer al Sayayín en el hogar de la madre, doña Luz Marina, se enfrentaron a golpes con los curiosos más encendidos. Fue una lluvia de codazos y empujones por ver el rostro del hombre pálido, que se alcanzaba a observar con gorra y camiseta blancas a través de un vidrio en la caja.

Minutos antes, el féretro del Sayayín había hecho ya su primera parada: fue en la cárcel distrital de Ternera, en donde está recluido Luis Eduardo Sayas, uno de los hermanos del cantante, por asuntos en los que la familia no quiso ahondar.

Pero toda la jornada fue una fiesta.

La historia del Sayayín es la historia de la champeta y la historia de la champeta es la misma historia de Cartagena. Novelas de no ficción que hablan de parrandas, música, belleza, heroísmo, miseria y, sobre todo, exclusión. Una exclusión histórica.

Para empezar a hablar de las dos primeras es preciso dejar en claro un punto principal: la champeta no es reguetón. La champeta es un género nuevecito, de los pocos que germinaron en el siglo pasado, que cuenta apenas con 25 años. Nació cuando, en la década del 70, la madre África llegó en barco al continente, en forma de acetatos de cantantes como Mbilia bel, Papa Wemba, Los Rebeldes de África y Pepe Kalle, y se enamoró del Gran Caribe. Y se casó con él. Y por cuenta de ese matrimonio conviven hoy el soukous africano con la chalupa palenquera, la baganga con el bullerengue. Porque el fenómeno comenzó cuando los negros del Palenque de San Basilio se dieron cuenta de que sus tambores sonaban igualito a los ritmos que les llegaban del otro lado del mundo.

Creció cuando, en 1985, un palenquero que no quiso ser agricultor como su papá fundó un grupo llamado Ane Swing. El primer grupo de champeta criolla. Él se llama Viviano Torres y se dedicó a reinterpretar los éxitos africanos que traían los pequeños empresarios cartageneros para ponerlos a sonar en los picós de la ciudad.

Justo ahí, en los picós de los barrios sin pavimentar en la zona suroriental, fue en donde se desarrolló la champeta. Y se reprodujo.

Podría contar que un picó es un equipo de sonido con unos parlantes gigantes que se usan como eje central de la fiesta. Que la fiesta se ha llevado casi siempre a cabo en casetas improvisadas y bares populares. Y que en un principio los picós se especializaron en salsa, pero luego se convirtieron en emisoras ambulantes de champeta. Pero el periodista cartagenero Rubén Álvarez lo explica mejor: el picó es una suerte de tambor electrónico que reemplazó a la percusión de madera y cuero de venado.

Entonces las mujeres pasaron de ser seducidas al calor de las velas en las ruedas de baile, a ser las mandamases hembras hechiceras que dominan el picó al compás de sus caderas.

Su majestad, la cadera

Entrar a ver el espectáculo que ofrece ‘El Rey de Rocha’, el papá de los picós cartageneros, el más importante, el de las champetas más exclusivas, cuesta entre 10 mil y 12 mil pesos por persona.

Entre 10 mil y 12 mil pesos para sentir el corazón latir en la garganta, como si estuviera a punto de salir expulsado por la boca, por cuenta de la música que hace vibrar los techos a su alrededor. Los parlantes gigantes que son el centro de la fiesta, alrededor de la tarima del DJ, bien podrían funcionar perfectamente como ventiladores.

Pero esta noche estamos en La Boquilla, un corregimiento de pescadores a 15 minutos de Cartagena, y el ruido aturdidor deja de importar cuando ellas se toman el baile.

Luis Towers, el primer cantante del género que, distanciándose de Viviano Torres, dejó de hacer versiones para componer historias propias, me había explicado los pases de la champeta, pero sólo hasta ese momento los vine a entender bien:

Esa coreografía, acaso lo único original no importado desde la madre África, se baila con pases llamados La camita, El tornillo, La borracha, La baldosa y El caballito, todos definidos por las caderas femeninas que, en todos los casos, se contonean hasta la locura encima de su hombre.

Como si no estuvieran haciendo gran cosa, esta noche las negras seductoras de pantaloncitos apretados levantan una pierna alrededor de la cintura del parejo, agitan las nalgas, se cuelgan de los cuellos, se frotan con ahínco. Y siempre lo hacen sonriendo.

El rey del ‘Rey de Rocha’ y de otros picós legendarios como el ‘Gémini’, el ‘Pasa pasa’ y ‘El Imperio’, hacia finales de los 90, fue sin duda el recién fallecido Sayayín.

En momentos en los que la naciente champeta se limitaba (y, qué cosa, aún se sigue limitando) a la difusión artesanal a través de picós en los barrios pobres, que precariamente graban a sus artistas en disqueras de garaje, el Sayayín fue el primer artista que logró nacionalizar el género luego de firmar con la Sony Music. La culpa de todo la tuvo La nubecita:

Se montaba en su nube

en su nube voladora

cuando estaba bien chapeta

me la montaba a toda hora

Lejos ese gran éxito del Sayayín de la primera canción que compuso el muchacho, flaco como silbido de culebra, cuando tenía 13 años y corría a pies descalzos por las destapadas calles de Olaya Herrera.

Se llamó ‘El escándalo’ y se la compuso a un primo que aparentemente se había robado una cadena.

Entonces apenas era John Jairo, soñaba con tener un carro y, tal y como hizo de niño el Joe Arroyo en el barrio Nariño, se ponía sobre la cabeza un tarro de plástico para afinar la voz.

Luz Marina Díaz, la madre, recuerda que “todo lo quería decir al son del tambor”. Si tenía hambre, si le dolía el estómago o hacía sol: su cotidianidad la comunicaba cantando.

Hasta que el empresario olayero José Quessep lo descubrió y se lo llevó a grabar.

El Sayayín alcanzó a cumplir 30 años el pasado 4 de junio y no fue de cerca ni el mejor cantante ni el mejor compositor ni el mejor bailarín de champeta. Pero es, sencillo y sin ánimo de herir susceptibilidades, el único que le cantó el género a todo el país, que lo vistió de saco y corbata —en una bella versión de ‘Paola’ que hizo con la Cartagena Caribe Big Band, en el lujoso Teatro Adolfo Mejía—, que decidió musicalizar los poemas de Daniel Lemaitre a ritmo de soukous y que, hacia el final de sus días en Sincelejo, lo mezcló con porro sabanero.

Lo balearon en Sincelejo el 26 de junio por razones que su familia y las autoridades dicen desconocer.

Sus amigos y colegas denuncian que no fue sino hasta ese mes que pudo entrar a la organización gestora de derechos de autor Sayco-Acinpro. Cuando murió hasta el Ministerio de Cultura se comunicó con la familia para expresar el sentido pésame.

Champeta y más ná

La champeta hizo parte del paquete que, en 2005, mandó Colombia a la Unesco para que el Palenque de San Basilio fuera declarado como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Pero una vez pasó la moda del Sayayín a nivel nacional no se supo qué pasó con el joven género.

El experto Manuel Lozano advierte que la champeta está estancada, que se necesitaría un impulso similar al que le dio al género el desaparecido Festival de Música del Caribe para que algo se moviera y, en el mismo sentido, se declaró preocupado el periodista cultural Rubén Álvarez.

Viviano Torres defiende su orilla y asegura que a la champeta hay que darle tiempo: “En el pasado escuchar un vallenato era casi pecado, decían que era yuca, que era pa corronchos. Eso prueba que hay que saber esperar los procesos. El vallenato duró 100 años para poder salir adelante”.

Sus principales exponentes se reunieron la semana pasada con la Alcaldía de Cartagena para acordar algunos compromisos, hablar de la protección social y del respaldo jurídico en las presentaciones y grabaciones. Pero a decir verdad, en esas se las han pasado con las últimas administraciones. Como si el asunto fuera cosa exclusiva del Estado y no del arte.

Así es que por ahí siguen andando los champetúos, con sus grabaciones bajo el brazo, recibiendo ingresos ínfimos de parte de los picós, que hacen alianzas con las emisoras y administran a su antojo el negocio. Como si no representaran algo grande. Como si los buenos no valieran su peso en oro.

Es la misma historia de la Cartagena segregada, de la otra, de la que se queda callada cuando la excluyen del corralito de piedra de la postal.

La que se levantó, siquiera, para rechazar a ritmo de champeta y pitos de mototaxis la muerte del muchacho que supo representar un sueño de no exclusión.

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