'Galán era un madre'

La amistad de Daniel Samper Pizano y Luis Carlos Galán comenzó en la Universidad, luego trabajaron juntos en El Tiempo. Desde España y 25 años después de su muerte, el periodista recuerda a ese amigo con el que jugaba fútbol en la biblioteca de la casa editorial.

Daniel Samper Pizano y Luis Carlos Galán. /GALÁN- Fundación Luis Carlos Galán, Bogotá 1990

Estudiaron en la misma Facultad y casi en la misma época, ¿se conocieron en la Universidad o en el periódico?

Primero nos conocimos en la universidad, alrededor de una revista (Vértice), donde yo escribía una cosas malísimas, y un grupo de agitación liberal, lo cual tenía cierto mérito en una universidad con fama de conservadora, como era la Javeriana. Luis Carlos era el eje de ambos: de la revista, que él dirigía, y de la “célula” liberal.

¿Cómo recuerda la llegada de Galán a El Tiempo?

Yo ya trabajaba en el periódico, y Roberto me pidió que llamara a ese joven que dirigía la revista y escribía unos artículos sobre el liberalismo progresista. Galán en ese tiempo era empleado de medio tiempo de la Caja de Sueldos de Retiro de la Policía, adonde lo había llevado nuestro profesor de Derecho Laboral al ver en él dotes especiales. Bastó esa cita a la que acudimos Galán, Enrique Santos Calderón y yo–los tres habíamos compartido un viaje de líderes estudiantiles a Estados Unidos—para que Luis Carlos ingresara a El Tiempo.

Los dos eran muy jóvenes, ¿cómo veían al país en ese entonces?

Ya desde entonces, a los 20 y 22 años, teníamos la idea de que el país necesitaba una democracia más amplia, más sólida y de contenido mucho más social que formal.

¿Cómo era su relación?

Siempre fuimos excelentes amigos, compañeros y condiscípulos (aunque él me llevaba dos años de edad y dos cursos en la facultad de Derecho).

Usted fue una de las personas más cercanas, ¿cómo lo define?

Era un tipo de formidable inteligencia, trato agradable, ideas claras, carácter firme y honradez a toda prueba.

¿Qué le gustaba y qué le molestaba de este oficio?

Supongo que el aspecto en que menos bien se llevaban Luis Carlos y el periodismo eran las horas de cierre. Galán era bastante impuntual, y el periodismo exige cumplimiento en los horarios de entrega.

¿Cómo eran esos días en la redacción?

Desde muy pronto el director, Roberto García-Peña, y los jefes de Redacción –los hermanos Santos Castillo—nos asignaron trabajos que implicaban dirigir secciones, hacer autocrítica sobre el periódico y seguir el horario de un redactor cualquiera, con trasnochadas frecuentes hasta las dos de la mañana, viajes y turnos para cubrir las noticias que se presentaban. Yo recuerdo, por ejemplo, que a Galán le tocó manejar la información sobre el golpe militar en el Perú, que se produjo a la madrugada y le valió a El Tiempo una buena exclusiva.

¿Es cierto que jugaban fútbol en la biblioteca de la redacción?

Digamos que aprovechábamos las horas muertas de los turnos, cuando la noticia ya se había entregado para aún estaba en proceso de producción, para hacer deporte de oficina.

¿Qué tal era con el balón?

Era mejor con la pluma que con la pelota. Jugábamos en el salón de la biblioteca, con una caneca acostada en cada esquina y una pelota de caucho macizo del tamaño de un limón. Eran grandes clásicos de uno contra uno en traje de paño en los que participábamos, que yo recuerde, Galán, Santos Calderón, Enrique Santos Molano, Camilo Andrade y el gran campeón de los torneos, que mi modestia me impide mencionar por su nombre.

¿Qué pasó cuando se retiró de El Tiempo?, ¿se veían frecuentemente?

Sí, nos seguimos viendo, pero inevitablemente un poco menos. Cuando fue ministro de Educación lo visitábamos con varios amigos ‘semicuasirrevolucionarios’ para empujar sus proyectos progresistas y lo visité en Italia durante su plazo como embajador. Él publicó en la editorial Nueva Frontera la primera edición de una antología de grandes reportajes que preparé entonces.

¿Alguna vez le habló de sus intenciones de pasar del periodismo a la política?

A Luis Carlos siempre le gustó la política. Soñaba con llegar al Congreso como senador, no como representante, y se esmeró tener una buena preparación como orador, asunto en el cual ganó un concurso estudiantil. Cuando el presidente electo Misael Pastrana le propuso que fuera su ministro, Luis Carlos sabía que iba a tomar una decisión clave para su vida entre periodismo y política, y escogió esta última.

¿Cuál es el mayor recuerdo que tiene?

Pienso en Luis Carlos como un tipo muy inteligente, transparente y de carácter (aunque en su casa era lo que se dice “una madre”). Esta idea corresponde a la que tiene de él el país. Pero también era un tipo simpático, con indudable don de gentes y mucho humor, muy distinto a esa imagen de individuo espeso, serio y solemne que han intentado crearle sus adversarios.

¿Cuál fue el legado de Luis Carlos Galán?

Dio ejemplo de fidelidad a sus ideas y a su patrón de conducta, aunque tuviera que pagar un alto precio por ello. En marzo del año en que murió me dijo con serenidad y convicción que sabía que podían asesinarlo en cualquier momento, pero que eso le preocupaba mucho menos que las amenazas contra su familia.

¿Había algo malo de ser amigo de Galán?

Que uno siempre llegaba a cine cuando había empezado la película y en los partidos de fútbol ya promediaba el primer tiempo.

¿Qué pasó por su cabeza la noche del 18 de agosto de 1989?

La noticia me dejó paralizado; la supe al encender el radio en una casa de campo de la Mancha donde pasaba unos días de vacaciones sin luz ni teléfono. No podía creer que hubiera ocurrido lo que muchos temíamos y recuerdo que pasé más de media hora pensando cómo le daba la noticia a mi mujer, que adoraba a Luis Carlos.

¿Cómo cree que sería Colombia si él estuviera vivo?

No hay duda de que este país sería mucho mejor con Luis Carlos Galán en la política. La mafia nos quitó a uno de los colombianos más importantes que produjo Colombia en los últimos 70 años.

¿Qué extraña de su amistad?

Que siempre nos llevamos bien, incluso cuando discutíamos por razones políticas (él tenía mucha más fe que yo en el Partido Liberal), periodísticas (él veía al periodismo como un arma noble de la política, y yo los considero incompatibles) o futbolísticas (sí, lo siento: era hincha del Bucaramanga y, en segundo lugar, del Innombrable).

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