Gloria a Laura en las alturas

Reseña de la canonización de la Madre Laura, en Roma por Héctor Abad. Una ceremonia que ni la mejor obra de teatro puede superar.

Santa Laura es recordada por su trabajo con las comunidades indígenas a las que alfabetizó y enseñó otras labores / AFP
Santa Laura es recordada por su trabajo con las comunidades indígenas a las que alfabetizó y enseñó otras labores / AFP

Mi Dios le da pan al que no tiene dientes. Seguramente por esa ley de la vida, o por otros azares del destino, me tocó la agradable obligación de ir a Roma a cubrir (para Blu Radio) la canonización de la Madre Laura.

“¿Qué hace un ateo cubriendo la subida a los altares de la primera santa colombiana?” trinaron por Twitter los fanáticos -es decir los muy creyentes o los muy ateos- y tuve que contestarles: lo mismo que hace un periodista escéptico cubriendo un congreso sobre los ovnis, o un periodista monárquico reportando unas elecciones democráticas.

Todos los periodistas tenemos opiniones y pensamientos, pero eso no nos impide mirar con ojos de testigo, es decir, con los ojos más limpios y con los menores prejuicios posibles: sin odiar y sin venerar, con la misma frialdad objetiva de unas gafas. Y esto fue lo que vieron mis ojos errabundos y lo que pensó mi cabeza en Roma, durante la canonización de Laura Montoya Upegui, la maestra y misionera de Jericó, y ahora la primera santa colombiana según la Iglesia Católica.

Ante todo la ceremonia y el escenario son magníficos: pocas veces he asistido yo a una obra de teatro mejor montada. El cristianismo romano lleva dos mil años afinando el rito, ensayando los movimientos y aprendiéndose de memoria las palabras, todavía en la lengua que se hablaba en el Imperio cuando a Roma llegaron, en tiempos de Augusto, los primeros judíos convertidos a la nueva religión de la cruz. No se nos debe olvidar que los últimos judíos fueron cristianos, o mejor, que los primeros cristianos fueron judíos heréticos, empezando por Jesús y María, por san Pedro y san Juan. El proscenio para la canonización está al final del atrio de la Basílica de San Pedro, donde empiezan las últimas escaleras que descienden a la plaza circular enmarcada por las majestuosas columnas de Bernini. Si bien es cierto que la fachada de San Pedro no es la más bonita de Roma, tampoco es indigna de su fama, pues aunque no sea bella, es sin duda grandiosa. Los ornamentos de oro brillan bajo el sol (es un día fresco y límpido de mayo) con destellos que deslumbran. Con ritmo monótono pero armonioso se van diciendo las letanías de los santos. San Ignacio de Antiochia, ora pro nobis. Si uno mira alrededor, ve las bellezas de Roma, sus colinas, sus pinos, sus palacios, sus plazas sensuales, el dulce Tíber verde, y entiende que le digan ciudad santa.

Cuando se van acomodando, en primera fila, los cardenales, a uno le parece ver desfilar cuadros de Rafael y de Velázquez, todos ellos compitiendo en majestuosa dignidad, con esos rostros labrados y sutiles de quienes han tenido que luchar durante muchos años en la curia despiadada para llegar hasta tan altos sitiales. Los rodean curas jóvenes, efebos sonrientes que volean los faldones de sus hábitos talares, que en su dura negrura parecen estar hechos para contrastar bien con el rojo de los cardenales. Y después viene el blanco mate del Papa, gordo y rozagante, con su tiara, y el marfil de quienes concelebran con él. Mientras tanto dos coros, uno a cada lado de la basílica, elevan al cielo plegarias cantadas y bien afinadas. Cruces, báculos, estolas, y el Papa da la vuelta al altar con un incensario de platino, como apartando a los malos demonios. Poco después, al fin, pronuncia con lentitud el nombre de la monja de Jericó, y a uno le parece mucha gracia. Haber nacido ella allá lejos, en las montañas, haber sido maestra, haberse dedicado a evangelizar a los indios y a los negros -a los más pobres de Colombia- haber recorrido a lomo de mula los sitios más remotos de este país inmenso, y 64 años después de su muerte ver colgada su cara en la fachada de San Pedro, no es una hazaña pequeña. Si el Papa no fue a la montaña, la montaña vino al Papa.

Subir a los altares y permitir que el mágico sonido de su nombre, Laura Montoya Upegui, sea alabado por los siglos de los siglos, es una especie de Nobel de la Iglesia. Póstumo, por supuesto, y duro de conseguir. El santo italiano que la acompaña, Antonio Primaldo, mártir, se tardó cuatro siglos en llegar a ser consagrado. Y eso que el martirio es un “fast track” para llegar a la santidad. Por eso las multitudes futbolísticas que han venido desde muy lejos a presenciar la ceremonia, gritan y aplauden casi en delirio, con una mezcla de sentimiento religioso y patriótico, y por eso ondean las banderas tricolores, que un poco afean el antiguo espectáculo (todo hay que decirlo) sobre todo cuando los sacerdotes colombianos la despliegan a un lado del altar mayor y se toman fotos con un iPad. Al menos las notas del himno colombiano no suenan nunca, ni contaminan los antiguos cánticos de la iglesia romana.

Obispos y cardenales se acercan lentos y solemnes a saludar al Sumo Pontífice, sobre un tapete rojo. Al final de la fila, los laicos. El presidente colombiano (que no puede llevar a su consorte por no haber anulado su primer matrimonio -el único válido- y al no estar casado con ella por la Iglesia, vive para Roma en concubinato), tiene la dignidad de no arrodillarse y le da la mano al obispo de la ciudad eterna. El halo del Papa y de la santa alcanzan para nimbar un poco de bondad al jefe del estado, y para darle al proceso de paz un imprimatur de una de las más viejas instituciones del mundo. La pequeña propaganda local roe un trocito de la gran propaganda urbi et orbi.

Al final de la ceremonia el actor principal, en un carrito Mercedes destapado, va a recorrer el espacio donde estaba el público presenciando el espectáculo. Aplaudir y tocar al protagonista que define -sin temor a equivocarse- que alguien es santo y se le pueden pedir milagros, es un final apoteósico, que dura otra media hora, en medio de la angustia de los guardaespaldas. Las campanas se despliegan al vuelo, al mediodía radiante, y los miles de fieles se van dispersando. Yo me siento contento de que estos ojos vagabundos hayan podido contemplar una de las ceremonias -para unos divina, para otros profana- mejor afinadas y preparadas del mundo. La he visto desde arriba, como desde las nubes, desde la perspectiva cenital que tendrían desde el cielo los ojos de santa Laura. No hay obra teatral, no hay instalación artística, no hay circo ni concierto que supere este rito, en el cual, además, la mayoría de los espectadores creen que efectivamente están viendo algo sagrado, algo divino, algo que los conecta con entes metafísicos (dioses, ángeles, santos) que están fuera del mundo, pero que todavía actúan en el mundo. Si para un no creyente el rito es hermoso y vale mucho la pena haberlo visto, me imagino cómo habrá sido para los que le dan una dimensión religiosa. Si para un no creyente la madre Laura debe ser querida y respetada, cómo será para quienes creen en sus milagros.

Santos entregó imagen de la Santa Laura

 

El presidente Juan Manuel Santos hizo ayer la  entrega oficial, a la población de Jericó, del lienzo con la imagen de la Madre Laura que fue expuesto en la plaza de Roma durante la ceremonia en la que el Papa Francisco canonizó por primera vez en la historia a una religiosa colombiana.    

 El mandatario, quien estuvo en compañía de la primera dama de la nación, María Clemencia Rodríguez; el Gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo; y el Alcalde de Medellín, Anibal Gaviria, recorrió las calles del municipio . En una intervención realizada por Santos manifestó que “este es un regalo del Vaticano, ni siquiera mío, nosotros haremos entrega al pueblo y a usted, padre. Hay que hacer los estudios para ver cómo se puede conservar mejor: si en un velo o en un vidrio”, dijo el primer mandatario.

Nueve beatos en espera

Después de canonización de Madre Laura,  otros nueve colombianos estarán en proceso de canonización, lo cual se completará el domingo 13 de octubre con la beatificación del religioso claretiano Jesús Aníbal Gómez y Gómez, nacido en el municipio de Tarso, suroeste de Antioquia, donde  están igualmente en proceso de canonización otros beatos mártires, entre ellos  Melquíades Ramírez Zuloaga, de Sonsón; Eugenio Ramírez Salazar, de La Ceja.

 

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