Historia de dos pueblos

Guatapé: una laguna de lágrimas

En 1978, cuando las consignas y las plegarias del pueblo no servían para nada, nació el embalse, hoy escenario de una tragedia.

El agua del río Nare fue utilizada para hacer el embalse El Peñol-Guatapé. / Alejandro Osorio Agudelo

Antes de 1978, la tierra que ahora se reconoce como tapete de algas y plantas fluviales abarcaba 6.365 hectáreas de vida que servían para el cultivo de tomate, cebolla, maíz, yuca y plátano.

La zona del embalse es una laguna de lágrimas. No existía antes del auge industrial de la capital del departamento, Medellín, y del Valle de Aburrá. En 1926 se pensó en otra manera de suministrarle energía al país, algo natural e industrial como las famosas hidroeléctricas. Había un espacio estratégico en el mapa, que contaba con un río que, si se utilizaba bien, podría convertirse en la salvación de un proyecto económico público y privado. Entonces convirtieron al río Nare en el huracán de dolor de toda una población.

En 1957 se hicieron los estudios definitivos y en 1961 se hizo oficial la construcción del embalse El Peñol-Guatapé. En 1978 se hizo la inundación.

Al mando del megaproyecto estuvo Empresas Públicas de Medellín (EPM) y, con las mil estrategias que se inventaron, lograron que se construyera el embalse. No importó que sus habitantes dijeran que no, en su mayoría, ni que las manifestaciones sociales estuvieran presentes para que esto no ocurriera. Mucho menos importó que la identidad de una población tuviera que cambiar por semejante atrocidad, que en las dinámicas sociales significaba que no se sentirían como familia sino como extraños invasores.

Pese a las dificultades, EPM siguió con el proyecto y el 12 de abril de 1969 se firmó el Contrato Maestro, de 95 puntos. El documento significaba dos cosas: EPM se comprometía a determinadas cosas, en especial a construir un nuevo pueblo, y los habitantes salían del pueblo sin mayor dificultad.

Ya en 1978, cuando las consignas y las plegarias del pueblo no servían para nada, se hizo la inundación. Para ese entonces el pueblo de El Peñol ya estaba ubicado en otro espacio. Guatapé, que también tuvo transformaciones, se quedó de frente al embalse, contemplando “ese mar interior”, como se le conoce. En cambio, El Peñol le dio la espalda.

José Nevardo García, director del Museo Histórico de El Peñol, explica que con ese gesto, los peñolitas buscaron sanar la herida que les dejó el haber visto, hace 30 años, cómo las aguas fueron inundando su viejo pueblo para dar origen a la represa y al nacimiento de un nuevo lugar.

En 1979, el viejo Peñol ya parecía una laguna de recuerdos y sólo el frontis del templo aparecía como testigo mudo de todos esos sucesos. La cruz que sobresale de las aguas hoy en día es el claro ejemplo de resistencia del pueblo.

EPM, sin pensarlo dos veces, usó toneladas de dinamita para desaparecer la iglesia, pero lo que logró fue que la punta de ésta permaneciera firme, como la resistencia y la esperanza del aquel pueblo.

Hasta los muertos tuvieron que ser trasladados. El párroco, desde que supo lo que iba a pasar, no dudó en levantar su clamor, que iba desde Dios hasta las autoridades, reclamando un espacio, aunque fuese nuevo, para los vivos y los muertos. Por aquellas historias, los medios no pararon de hablar. El periódico El Espectador llegó a titular “Hiroshima paisa: El Peñol se prepara a morir”.

Esta historia, para ese entonces, se asemejaba a la del municipio de Guatavita, en el departamento de Cundinamarca, donde se hacía la reflexión demostrando que los dos municipios fueron inundados para construir un embalse hidroeléctrico y, a pesar de todo, con resignación o alegría, ambos podían decir que sobrevivieron al subdesarrollo. Se crearon a costa del dolor y la obligación, pero se crearon.

Hoy en día, este espacio, ubicado en el oriente antioqueño lejano, guarda para muchas personas el recuerdo de una construcción social muy diferente a la que se vive hoy. Sin embargo, muchos de ellos, aunque anhelan eso que fue, han hecho de Guatapé y El Peñol un lugar que sigue construyéndose gracias a los turistas y a sus nuevas modalidades de vida, con apenas una memoria de que 1.220 millones de metros cúbicos de agua signifiquen miles de dolores.