La guerra por la paz en Cauca

Toribío es un municipio que carece de inversión social y la presencia del Estado se ha basado en el fortalecimiento militar.

Helena Briceño tiene 25 años y el sábado pasado le cayó un tatuco a sus pies. Minutos después ya no tenía una de sus piernas y otra estaba casi destrozada. De inmediato fue trasladada a la clínica Valle de Lili de Cali, donde no la querían atender, todo porque su apellido y su procedencia coincidían con la estirpe guerrillera de un exjefe de las Farc: Jorge Briceño, alias Mono Jojoy.

Rosa*, que vivía con ella y la acompañaba en la ambulancia, relata que desde la clínica llamaron al alcalde para confirmar que en verdad se trataba de la enfermera jefe de la IPS indígena de Toribío, quien había sido víctima de los ataques de las Farc a la población ese día.

Es una joven que aún no despierta para darse cuenta de cómo quedaron sus sueños. Llegó de Barranquilla a esta región porque una de sus amigas, que trabaja en Jambaló, le dijo que había una vacante en ese municipio del Cauca. De inmediato presentó el concurso y desde hace año y medio trataba de salvar vidas en medio de un conflicto que no distingue entre civiles y combatientes.

La entrada a Toribío, Cauca

Llegar a Toribío con comida calma el hambre y sacia las ganas de llorar. Esa puede ser una imagen usual ante la guerra, pero es la realidad de los habitantes de este municipio caucano que desde el 12 de junio hasta el 8 de julio volvieron a sufrir por los combates que libran el Ejército y las Farc desde hace cuatro décadas.

Santander de Quilichao es la puerta de los municipios de Caloto, Jambaló, Miranda y Toribío. Viajamos acompañados de la Defensoría del Pueblo del Cauca y de la Cruz Roja Internacional, que llevan la ayuda humanitaria para minimizar los sufrimientos de doscientos indígenas refugiados durante tres días en un colegio cercano a la cabecera de Toribío. Los tatucos, balas y cilindros bomba los corrieron. A unos por unos días, a otros, quizá para siempre. Hastiados de esta guerra que los deja sin techo y a veces sin vida.

Esos otros que salieron cansados de la guerra, según la Defensoría del Pueblo del Cauca, son más de cien y se encuentran en el coliseo cubierto de Santander de Quilichao. Pero la cifra ha aumentado en los últimos días: desde Jambaló y Miranda siguen llegando con estopa al hombro o maletín a la espalda. Se estima que ya son más de trescientos los desplazados.

Recorremos el parque central de Toribío para dimensionar un poco lo que se siente vivir rodeado de montañas gigantes desde donde en cualquier momento suena un silbido como de un cohete, o un golpe seco, como de tambor que retumba los oídos. En ese recorrido, ahí está, sentada, silenciosa y prevenida, doña Leticia Yule. Su casa queda una cuadra más arriba del búnker de la Policía de Toribío. Cuando entramos mira al techo, baja los ojos y los cubre con la mano, luego llora.

Está pisando los 60 años y dice que sabe que la Policía y el Ejército no se van a ir, y que por tanto debe seguir resistiendo el hecho de que están casi en el patio de su casa. Cuando explotó la chiva bomba hace un año, su vivienda, a la que ha intentado hacerle un segundo piso, casi se viene abajo; afortunadamente la plancha de concreto no cayó, y allí se sigue refugiando cada que vuelve a empezar la guerra.

En ese preciso momento suena un tatuco y Leticia se agazapa, como si agachándose se pudiera evadir las esquirlas que se insertan fulminantes en el cuerpo. Nunca se ha refugiado donde lo hacen la mayoría de indígenas de Toribío cuando hay hostigamientos: los sitios de asamblea permanente ubicados en las afueras del pueblo. El Cecidi, El Manzano, Bichiquí o el Trapiche son algunos de ellos.

Se establecieron en 2005 después de la toma guerrillera que destruyó la estación de Policía y prácticamente a Toribío. Luego de que arribara el presidente Álvaro Uribe y prometiera más Fuerza Pública y la ayuda para los damnificados, que nunca llegó. “Nosotros no nos olvidamos de eso”, dice Leticia.

Un año después, a ella y a miles de toribianos les instalaron los campos de guerra en el centro del pueblo. En 2006 se construyó no una estación de Policía, sino un búnker al que ni siquiera la chiva bomba de 2011 afectó. “Le han tirado morteros, cilindros, tatucos y sigue intacta. Los que llevamos del bulto siempre somos la población”, dice Marcos Yule Yatacué, gobernador del Resguardo Indígena de Toribío.

Pero, ¿quiénes son los guerrilleros del sexto frente de las Farc? Se ha dicho que uno de sus comandantes más importantes es alias Sargento Pascuas, que también es el último sobreviviente de los fundadores de esta guerrilla y permanece en el Cauca. Sin embargo, tal como lo reconoce Yule Yatacué, no hay que negar que existan comuneros que se han ido a esas filas, aunque la preocupación es la mayoría de los guerrilleros que han llegado desde otras zonas del país.

“Lo que pasa es que a la militarización le pusieron batallones de alta montaña, refuerzos especiales, y pues la guerrilla también hizo lo mismo; ha traído su gente no sé de dónde”, afirma el gobernador indígena.

Lo triste para esta comunidad, dice Yule Yatacué, es que la militarización no parece ser la solución, y aun así el Gobierno sigue empeñado: “Los guerrilleros se pasean por los caminos de herradura o las carreteras; el Ejército los ve pasar de frente y no les hacen nada”.

Quizá muchos se pregunten por qué después de los más de 480 ataques que ha sufrido Toribío en la ultima década, la gente insiste en vivir ahí. Leticia, que es mestiza, responde: “No hay para dónde irse. Yo quisiera, pero nadie quiere salir a ser miserable”. Los indígenas contestan con facilidad: “Porque este es el territorio ancestral donde hemos nacido, vivido, jugado. Consideramos que la tierra es la mamá, la casa. La tierra es como la fuente de empleo; ella nos garantiza el sustento”, dice el gobernador indígena de Toribío.

* Nombre cambiado. 

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