Guillermo Cano: alma y nervio de los deportes

El jueves 18 de diciembre de 1986, el día siguiente del asesinato del director del diario, Mike Forero Nougués, editor de deportes de El Espectador publicó este texto sobre la pasión de Cano por Santa Fe.

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ArchivoUna de las pasiones de Guillermo Cano era jugar fútbol.
A Guillermo Cano lo conocí cuando apenas se había echado de largos, saliendo de la categoría de los rodillones, despreocupado de la vida aunque, en el fondo, siempre con la responsabilidad de que algún día le tocaría vivir el llamado tiempo de las decisiones, como heredero de una de las tradiciones periodísticas más hermosas.  (Lea: Guillermo Cano y Mike Forero: una amistad que el fútbol unió)
 
Su afición por los toros le ayudó a vivir esa dorada adolescencia que él supo vivir con alma, vida y sombrero. Para su corazón, siempre generoso, no había términos medios. Vivía los toros a todo o nada. Esa primera fiebre lo llevó a ser redactor taurino, ejercicio que le ayudó a pulir su pluma. Más tarde hizo ensayos en el campo de los deportes. Yo no era periodista deportivo profesional porque en los años cuarenta eso era imposible.  Pero ya desde entonces me nombraron jefe de educación física del Ministerio de Educación Nacional y un buen día, la secretaria me anunció: “Hay un reportero que quiere hablar con usted”. Frente a frente, por primera vez, tuve al joven Guillermo Cano, ejercitándose en el difícil arte de la entrevista. El deporte fue, cuando todavía no había facultades de periodismo, una gran escuela.  Si en ese campo uno metía la pata, nadie se preocupaba. En los deportes se podían cometer todos los yerros y por eso, al abordar ese campo, los pichones de periodistas se sentían tranquilos y confiados pero, al mismo tiempo, aprendían a manejarse frente a la máquina de escribir sin titubeos. (Lea: El día que Gabriel Cano recibió el premio de periodismo María Moors Cabot)
 
Con vocación apasionante
 
Guillermo Cano, sin embargo, había nacido con vocación, y nada le era más difícil en ese terreno. Además, en el Gimnasio Moderno, había practicado varios deportes empezando, desde luego, por el fútbol, el que jugó casi hasta cuando ascendió al cargo de director de “El Espectador”. Se apasionaba al máximo, discutía, sabía meter el pie y el hombro, jugaba varonilmente pero si por ese aspecto ganaba espacios, dejaba ver una cultura poco flexible. Diríamos que jugaba más a “la furia española” que al fultbolito del Río de la Plata. A mí me tocó, inclusive, ser juez de partidos internos en los que el actuaba. Felizmente nunca tuve problemas con el entusiasta aficionado así no le gustaran, en algunos casos, mis decisiones. La verdad —sin que yo nunca supiera por qué—, Guillermo parecía respetar mis presuntos conocimientos y así fue hasta el último día de su vida, ayer (el 17 de diciembre de 1986) no más, cuando alcanzamos a comentar el juego que anoche iba a disputarse entre el América y el Deportivo Cali. Sin embargo, jugando al fútbol, Guillermo —como sus hijos y sobrinos— era muy fogoso y no se paraba en pelillos cuando se trataba de anotar un tanto desde el área de candela, donde solía revolvérsele la melena.  (Lea: Los periodistas que negociaron con Rojas Pinilla que reabriera ‘El Siglo’)
 
Aquellos años cuarenta…
Nuestra sección de deportes, por allá en los años cuarenta, tuvo tres redactores: Carlos Arturo Rueda, Guillermo Cano y yo, y francamente los dos —Carlos Arturo y el suscrito— nos sentíamos en el churubito teniendo a Canito dándole a los deportes, todos en torno de un escritorio inolvidable, un mueble largo con una especie de cúbilos que le daba cabida a toda la redacción. A toda la redacción del periódico. Allí escribíamos con la velocidad del rayo, sin problemas. Si alguien no recordaba un nombre o una fecha, bastaba gritar y preguntar e inmediatamente se obtenía la respuesta. Esa redacción sustituía la mejor enciclopedia. Entre todos sabíamos mucho más que todos los libros. Los redactores de entonces tenían una memoria de computador. Si el tema era de toros, allí estaba el recordado Camilo Pardo Umaña. Si el tema era de política teníamos a Darío Bautista. (Lea: Las manifestaciones de junio de 1954, días para no olvidar)
 
Guillermo escribía de deportes con fascinación. Cuando Barranquilla hizo unos juegos deportivos centroamericanos y del Caribe, el enviado especial fue el propio Guillermo. Viajó en compañía del entonces jefe de fotografía Alberto Garrido. Los dos se batieron como leones. No era fácil cubrir unos juegos de esa magnitud con un solo redactor y un solo fotógrafo. Lo que más me llamaba la atención era la responsabilidad de Guillermo. Escribía toda la noche hasta que aclaraba el día. Luego, se iba al aeropuerto a poner en el avión su paquete de cuartillas. Apenas entonces volvía a dormir un par de horas para levantarse y emprender la fatiga de ir de un lado a otro por todos los escenarios. Y fue entonces cuando, con la ayuda de unos amigos costeños, se hizo “docto” en beisbol. ¡Le tocaba! Precisamente a eso se refirió hace apenas unos pocos días en su célebre “Libreta de Apuntes”. Nunca perdió su estima por el deporte. Hasta su último día. (Lea: Guillermo Cano y su lucha contra la censura de prensa)
 
Los momentos más felices
Es posible que sus momentos más felices los hubiera pasado cuando, también como enviado especial, cubría juegos olímpicos y campeonatos mundiales de fútbol en compañía de Ana María, su esposa y desde luego, de un puñado de redactores especializados. Ya para entonces 2éramos un equipo”. En esos grandes y gigantescos eventos deportivos se sentía como pez en el agua y parecía rejuvenecer. Cuando al paso de los años, yo ya me había convertido en periodista profesional, y tenía fatiga o ciertas dudas, Guillermo tomaba la pluma deportiva bajo el pseudónimo de “Analítico” y salía triunfante como periodista deportivo y yo francamente, me sentía salvado de las aguas después de haberme metido, como muchas veces me ocurrió, en camisa de once varas. Eso fue, por ejemplo, en 1960 durante el mundial de Chile. Si no es por la intervención de “Analítico” me habrían linchado los fanáticos que no compartían mis juicios. Porque así era la cosa entonces. (Vea el especial de los 75 años de Santa Fe)
 
Pasión santafereña
Su gran pasión, sin embargo, fue el Santa Fe. En cierta forma, pero con elegancia, era el “perdonavidas” de los hinchas de Millonarios. Desde que se formó el famoso club colombiano, primer campeón profesional  de nuestro país en 1948, Guillermo fue su máximo animador, su defensor con razón o sin ella. Su amor por el Santa Fe sólo se lo disputaba el Barcelona, el gran equipo de la capital catalana. Si el Santa Fe tiene la fama que tiene, mucho se lo debe a Guillermo porque el club albirrojo tuvo —como se decía—periódico propio. Sin embargo, cómo sería la cosa que yo —que también era santafereño— tenía que llamarle la atención con ese cariño que él siempre me inspiró y que, desgraciadamente, muchas veces me veía precisado a no exteriorizar como yo lo hubiera querido por no pasar como “esclavo” santafereño. Que conste, en todo caso, que a Guillermo le gustaba mi pretensión de comentarista imparcial frente a la máquina de escribir. En privado, era todo distinto. Ayer mismo, (el 17 de diciembre de 1986) Guillermo y yo comentamos que Jorge Luis Pinto estaba de cumpleaños y que desde ya podíamos “ensillar” el título de 1987. Guillermo Cano fue, a mi juicio, el mejor director del mundo. En lo personal, puedo decir que con su ausencia, se acaba la razón de yo ser lo que soy ahora en El Espectador. El deporte que a ambos nos dio tanta fuerza, fuerza moral especialmente, no fue suficiente para eludir las balas asesinas que acabaron con la brillante hoja de vida de un maestro del periodismo. Estoy seguro que sus hijos no serán inferiores y que sabrán perdurar, con su recuerdo, el primer centenario de vida de El Espectador que no pudo celebrar en vida el “viejo” Guillermo.