“Hay tantas formas de perdonar como seres humanos”: María Emma Wills

Ellas es la única mujer que hizo parte de la Comisión Histórica del Conflicto que estuvo en La Habana, en 2014, para aportar reflexiones sobre los orígenes y consecuencias del conflicto armado a los diálogos entre el Gobierno y las Farc.

María Emma Wills. Foto: Karen Parrado Beltrán

Las palabras de María Emma Wills son tranquilas. Es politóloga y lleva ocho años escuchando a las víctimas de su país. Su lenguaje es pacífico, así como el azul celeste que lleva en su vestido minutos antes de entrar al conversatorio al que fue invitada por la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín en septiembre..

—El país está en un momento crítico, en una de esas coyunturas en las que puede tomar una ruta u otra. Realmente se define el futuro y no solo el presente.

Esta mujer lo tiene en la cabeza: más de ocho millones de víctimas en los 52 años de historia del conflicto armado más largo de Latinoamérica. Sentada en el sillón de la sala de prensa de la Fiesta, en el Jardín Botánico, María Emma habla acerca de su trabajo con la memoria histórica, sobre los relatos de dolor y esperanza… Es un diálogo con  verdades extraídas del verso de la realidad.

—Tenemos que reflexionar sobre quiénes hemos sido en un país en guerra, qué hemos hecho o dejado de hacer para evitar que otros sufran. El espacio de memoria histórica propone reflexiones con uno mismo para decir dónde estaba yo, por qué pasó lo que pasó, cómo hago ahora que tengo una oportunidad de transformar lo que ocurrió en el país para que no se siga repitiendo, cómo hago yo para que no se siga repitiendo el horror. La memoria histórica es un campo de reflexión personal, colectiva y nacional, tiene los tres registros, y en esas reflexiones creo que aprendemos a ser mejores seres humanos.

El país continúa dividido por los argumentos del Sí y del No. Los discursos, los tuits y las noticias anudan más la opinión de un pueblo que ha convivido con y a pesar de la guerra. En un panorama así, la voz de Wills intenta dialogar  a la distancia con los relatos de las víctimas, con el acuerdo final de La Habana y con los reparos de 6’431.376 e personas que le dijeron No.

—Aquí, la memoria histórica juega un papel trascendental porque es un campo donde los ciudadanos y ciudadanas aprendemos a volvernos a conectar con los demás sin desconfianza, sin odios, sin estigmatización; esto es fundamental en ese tránsito de la guerra a la paz o de la guerra a una profundización democrática.

Se trata de “la escucha del dolor ajeno a través de la memoria y los testimonios de las víctimas, pero también de la escucha y de la memoria propia”. Perdonar no parece tener espacio en la cabeza de muchos. Parece no tener espacio cuando la guerra ha dejado 267 mil —número de víctimas de homicidio registradas en el reporte del Registro Único de Víctimas (RUV)— familias en luto.

—Hay una degradación del conflicto que no hemos visto la mayoría de colombianos, y cuando empiezas a escuchar a las víctimas tú dices: “Eso no puede ser, a qué horas, cómo no me di cuenta y cómo no actué”, porque creo que con el sentimiento de la escucha y de la empatía viene también el sentimiento de conocer la propia responsabilidad, y la responsabilidad que tenemos los que hemos sido testigos o los que no hemos querido ser testigos y no hemos querido ver la guerra. Es que parte de nuestra indiferencia es un engranaje más de la guerra. La indiferencia es lo que les permite a los actores armados seguir operando como si nada, por eso creo que el descubrimiento es el horror, las dimensiones del horror, de la injusticia de ese horror y de esa pregunta lacerante que nos tenemos que hacer: ¿dónde estaba yo cuando eso ocurrió?

***

—¿Qué fue eso que descubrió en su trabajo con las víctimas?

—Lo primero que descubrí, con enorme vergüenza, es que había mucha gente que había sufrido mucho, y que sigue sufriendo mucho en este país. En un país que, además, ha sido muy indiferente al sufrimiento de esas otras personas. Descubrí que tanta gente había estado desamparada y abandonada, sufriendo cuestiones absolutamente injustas, pero además vergonzosas para todo un país.

Escudriñar las raíces del conflicto armado le ha permitido a esta mujer explicar por qué perdonar no resiste una aparición forzada en el escenario público y por qué el perdón emerge ante la tempestad interna de una sociedad tan sacudida por episodios de odio como la colombiana.

—No podemos convertir el discurso del perdón en un imperativo, no les podemos imponer el discurso a las personas, no podemos regularles sus emociones y sus sentimientos, eso va en contra del proyecto democrático. En cuanto al perpetrador, la situación es diferente porque este cometió un daño y la democracia también se instaura como la posibilidad que tienen las personas que han cometido un daño de tratar de resarcirlo. Para los perpetradores no opera de la misma manera porque ellos sí tienen la obligación moral de reconocer el daño que hizo y ese reconocimiento debe ser público.

En la realidad de 48 millones de colombianos, las palabras de María Emma Wills adquieren mayor significado. En el fuero interno de muchos cuesta conciliar la esperanza y el dolor, la verdad y el escepticismo ante un acuerdo de paz. Cuesta pronunciar el perdón con alma. “Hay actos que se cometen en la guerra que hieren la conciencia humanitaria, hieren aquello que nos vincula a otros seres humanos”, dice María Emma: experiencias amargas, injustificadas,  que fluyen por los ríos y montañas de la geografía colombiana con un corazón salvaje donde late la historia y la barbarie.

—El acto de perdón tiene que ver con aquello que es injustificable. Quienes somos testigos de actos de perdón tenemos que aprender algo. Aprender que hay actos injustificables, que hay actos que no se deben cometer en la guerra, por ejemplo. Es injustificable que una guerrilla que quiere ganar la guerra, lance pipetas al aire que caen en una iglesia llena de niños, mujeres y ancianos.

En esa línea de acontecimientos injustificables de los que ha dejado noticia la guerra, las mujeres tienen dos posibilidades: “O te centras en la experiencia de las mujeres o haces de la experiencia de ellas parte de ese gran relato nacional del conflicto armado”. Para María Emma Wills, las 14.573 mujeres que han sido víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual —tal como lo señalan las cifras del RUV— hacen parte de ese gran relato.

—En el momento en que arranca la violencia, esta se vuelve una violencia total que circula en la vida cotidiana y en la que el cuerpo femenino se vuelve un territorio en disputa. Los cuerpos femeninos eran torturados y marcados durante la violencia entre liberales y conservadores porque la semilla del otro era tu enemigo, entonces el cuerpo femenino embarazado se convertía en cuerpo enemigo donde tenías que marcar tu dominación.

En una sociedad que violenta a sus mujeres sin tregua quedan marcas de persecución, de miedo y de vergüenza…

—En la guerra contemporánea la degradación tiene que ver con el cuerpo femenino y cuál es el papel que se le otorga a ese cuerpo en la guerra. No solo se ejerce contra el cuerpo femenino una violencia; sexual también se ejerce —en el caso de los paramilitares— una persecución sistemática a liderazgos femeninos en los territorios donde ellos fueron dominantes.

El relato femenino ha dado lugar para que las mujeres “hablen desde un lenguaje de derechos y desde posturas corporales y mentales muy distintas porque saben que son sujetos de derecho y que pueden reclamarlos con mucha solvencia en el escenario público”. Las transformaciones del conflicto también han sido las transformaciones de la resistencia civil femenina, la misma que aboga para que la madre, la líder, la esposa, la combatiente puedan contar por fuera de su dolor interno: “Tú ves hablar a una mujer en el escenario público y no lo hace desde la timidez o desde una actitud de ‘yo no puedo’, sino desde ‘aquí estoy yo y tengo algo que decirles’, y eso ya es una transformación mental total de donde estábamos hace veinte o treinta años”, concluye María Emma Wills.

*Este artículo fue publicado en el periódico De la Urbe, de la Universidad de Antioquia