La herencia del 22

El 29 de marzo de 1922 se reunió en la capital tolimense la Convención Nacional Liberal que, bajo la inspiración del general Benjamín Herrera, cambió el curso de la historia política del país.

“Ibagué será el Sinaí, donde se dictarán las nuevas tablas de la ley del liberalismo colombiano”: Benjamín Herrera.

El 29 de marzo de 1922 se reunió en Ibagué la Convención Nacional Liberal que, bajo la inspiración del general Benjamín Herrera, cambió el curso de la historia política del país. Fue una convención histórica. Consolidó la vocación civil del liberalismo, comprometió al partido con la cuestión social y proyectó sobre la vida colombiana los primeros sonidos de modernización. En cierta forma la “República Liberal” es hija de la Convención de Ibagué.

El triunfo conservador de Pedro Nel Ospina sobre Benjamín Herrera, para el período presidencial 1922/26, fue tildado de fraudulento por el liberalismo. Sus militantes comentaban indignados “acerca del volumen y de la intensidad de la opinión liberal (y) acerca del género de armas y recursos con que los elementos oficiales lograron subyugar o falsificar esa opinión… De ahí que el debate presidencial que ha concluido se señalara, desgraciadamente para la patria, por el recrudecimiento de las pasiones homicidas y por los escándalos del fraude, llevado a extremos que hacen desconfiar del porvenir del país”.

Felipe Paz y Armando Solano, delegados a la Convención de Ibagué, escribieron un libro muy completo sobre sus desarrollos. En él se lee que “el conservatismo “rompió estruendosamente el pacto tácito” celebrado entre los dos partidos después de la Guerra de los Mil Días. En virtud de él, los liberales renunciaron a buscar en las batallas el triunfo de sus legítimas aspiraciones y su colectividad se declaró como partido constitucional. Pero ahora, “ante el escarnio de esa burla inverecunda”, según escribe Milton Puentes en su historia del Partido Liberal, pensó de nuevo “en jugar su suerte con los trágicos dados de la guerra civil”.

El propio general Herrera fue el primero en rechazar cualquier solución que no consultara procedimientos políticos. En el mismo sentido presionó la carta enviada a los convencionistas por un grupo de liberales notables: Nicolás Esguerra, Pedro A. López, Diego Mendoza, Lucas Caballero, Luis Samper Sordo, Enrique Olaya Herrera, entre otros. También está entre los firmantes Alfonso López, quien aún no llegaba a los cuarenta años de edad. “No creemos —dice la carta— que del choque de las violencias y de dos actitudes irreconciliables y coléricas pueda surgir el bien nacional”.

La Convención había designado como su presidente al delegado de Bolívar Simón Bossa y como vicepresidente a Tomás Uribe Uribe, delegado por el Valle del Cauca. La secretaría fue desempeñada por Alejandro Hernández Rodríguez y como subsecretario el joven ibaguereño Alberto Camacho Angarita. Durante tres días, los convencionistas deliberaron en las instalaciones, aún sin concluir, del teatro Torres, de propiedad del ciudadano ibaguereño Roberto Torres Vargas. La gran influencia política sobre el liberalismo era ejercida por los viejos caudillos militares, hijos de las guerras civiles. Justo L. Durán, Leandro Cuberos Niño, Pablo Emilio Bustamante, Antonio Samper Uribe, Rafael Santos Varón, todos generales de los ejércitos de un liberalismo curtido en las guerras y en las derrotas, fueron delegados a la Convención de Ibagué.

Sin embargo, Herrera apadrinó en la convención una línea que privilegiaba la acción política sobre la militar y la preocupación social sobre los afanes electorales. No sin razón los republicanos y el recientemente nacido movimiento socialista se aproximaron al liberalismo. Para Herrera las clases populares, que eran la base misma de su partido, apenas conocían reformas e instituciones que en pueblos más avanzados son realidades que les dan protección y garantías efectivas. “El partido debe inscribir en su programa esas reformas, adaptadas a nuestras realidades y circunstancias”.

La defensa inflexible de las libertades públicas, la implantación del voto de censura en el Congreso, la elección popular de alcaldes, la mejora de la condición civil de la mujer casada, la supresión del voto a que tenía derecho el ejército, la autonomía universitaria, la organización de la asistencia pública como servicio esencial, la creación de la oficina del Trabajo, el fomento del ahorro popular, la intervención del Estado en la economía, fueron las tesis con las cuales se comprometió el liberalismo.

Entonces inéditas, forman parte nuclear del derecho público actual y de la acción política de los tiempos que corren. Eso quiere decir que en la Convención de Ibagué el liberalismo se puso en contacto con las corrientes que soplaban sobre el universo de su tiempo. Infortunadamente Herrera murió en 1924 y el partido neutralizó el impulso que traía. Los jóvenes —miembros de la generación del centenario e incluso de generaciones posteriores— que vieron la Convención de Ibagué como un suceso esperanzador, se sintieron defraudados con los desarrollos ulteriores de su partido. Frente a ese vacío empezó a proyectarse la figura joven de Alfonso López.

López recuperó los programas de la Convención de Ibagué para enriquecerlos con nuevos aportes. En la Convención de 1929 proclamó la necesidad de que su partido se preparara para recuperar el poder y, desde él, modernizar las instituciones colombianas. Hay, pues, una línea doctrinaria entre la Convención de Ibagué y la República Liberal que, sin perjuicio de las visiones plurales propias del liberalismo, se proyectó sobre casi todo el siglo XX. Primero con López y Santos; después con Gaitán, los Lleras, Echandía. Inclusive con la generación de sus más jóvenes discípulos, de los cuales sólo llegaría a la presidencia Virgilio Barco. Es una línea que —en los términos de hoy— supone estado social de derecho y economía social de mercado. Por desgracia el siglo XXI quiere privilegiar la economía sobre la política. Así naufraga toda la filosofía de la solidaridad.

¿Quién fue el general Benjamín Herrera?

El militar y político vallecaucano Benjamín Herrera nació en Cali, el 18 de octubre de 1853. En 1875 decidió retirarse de la Universidad de Cauca, donde adelantaba sus estudios para vincularse al ejército liberal que comandaba el gobernador César Conto en contra del Estado de Antioquia (gobernado por el Partido Conservador). Así inició una vertiginosa carrera militar, hasta la siguiente guerra civil, en 1885, cuando su partido fue derrotado y él se estableció en Pamplona. Pasó algunos años en prisión a causa de sus ideas políticas y en 1895 viajó al exterior con el fin de reunir recursos para una nueva campaña militar que emprendió en 1899, convirtiéndose, junto al también general Rafael Uribe Uribe en uno de los mayores íconos del Partido Liberal en la Guerra de los Mil Días, que se prolongó hasta 1902. Al finalizar la guerra fue elegido diputado y vicepresidente de la Asamblea Constituyente de 1905. En 1909 se convirtió en Senador y en 1914 en jefe del Partido Liberal. Herrera, candidato presidencial en 1922 y pionero de la masonería en Colombia, fundó en 1923 la Universidad Libre y murió un año después, el 29 de febrero, en Bogotá.

* Exsenador, director de la Revista de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, profesor universitario.