Las heridas que aún desvelan a Zambrano

Entre militares y civiles, 44 personas murieron al pisar una mina en este pueblo de Bolívar. La mayoría de los familiares de las víctimas esperan ser reparados.

Luis Martínez, quien perdió en 2006 las piernas por una mina antipersonal, junto a su mamá, Lucila Salgado Velásquez. / Fotos: Jesús Fragozo

En Zambrano (Bolívar) dicen que hoy, después de ocho años de los años crueles del conflicto, aún se consiguen retazos de la ropa que usaban las víctimas de las minas en este municipio. Entre los árboles de los Montes de María, en las veredas —hoy desminadas— que antes eran trampas a cielo abierto, fallecieron 33 militares y 11 civiles. Los heridos y las familias de los muertos no olvidan los días en que sólo se oían disparos y explosiones; aún se desvelan pensando en la guerra que, en un abrir y cerrar de ojos, les cambió la vida.

Leonor Arrieta Álvarez perdió el 6 de abril de 2004 a su esposo, Francisco Germán Carmona, un campesino que murió en la vereda El Delirio, a hora y media del pueblo. Allí tenía una parcela. “No he vuelto a ese lugar porque me trae malos recuerdos”, afirma la mujer de 50 años, menuda y de pelo crespo, que luego se dedicó a vender dulces y a hacer pasteles para terminar de criar a sus cuatro hijos. Carmona falleció a los 42. Nunca hallaron una de sus piernas.

De esa vereda, ella y su familia salieron huyendo en 1999, cuando miembros de las autodefensas mataron a 18 personas en el caserío Capaca, ponían bombas y reventaban casas. “Nos fuimos al pueblo porque teníamos un lugar en dónde vivir, pero si en aquel entonces hubiéramos vuelto a Los Andes, un corregimiento del municipio de Nueva Granada, en Magdalena, en donde estuvimos varios años, quizá Pacho no hubiera muerto”.

Arrieta guarda unas 20 fotos de su esposo en un cuaderno de hojas arrugadas y amarillas, y un montón de papeles en una carpeta plástica transparente en la que no cabe un pliego más. Ahí tiene los documentos que solicitan para que ella y sus hijos sean reparados por ser desplazados y víctimas de la violencia. El Gobierno les entregó $14 millones en 2006 , pero utilizaron $7 millones para pagar deudas. “La otra mujer que tenía mi esposo se quedó con lo demás”.

Zambrano es el tercer municipio del país en ser desminado por un equipo especial del Ejército, después de San Carlos (Antioquia) y El Dorado (Meta). “Más de 70.000 metros cuadrados fueron despejados entre 2010 y marzo de este año”, afirmó en abril el exvicepresidente Angelino Garzón. Las minas han dejado 599 víctimas en Bolívar, el quinto departamento que más tiene este tipo de artefactos en Colombia, según cifras del Sistema de Gestión de Información sobre Actividades relativas a Minas Antipersonales.

Una valla, sin embargo, anuncia que Zambrano es una tierra de paz, artistas, mitos y leyendas al entrar al municipio, que queda a una hora de El Carmen de Bolívar. Hay que atravesar una vía llena de curvas para llegar al pueblo, que está a orillas del río Magdalena. Pero ahí casi todos son víctimas. Los únicos artistas son los hombres que en Carnaval se disfrazan de El Gallego (un barrigón que se pasea las calles del pueblo) y la leyenda del Encanto de El Peñón es una metáfora en la que un supuesto demonio se convierte en una mujer para atraer a los pescadores y luego ahogarlos en el río.

Tres retratos de Elkin Barros Montes están colgados en la sala de una casa de techo de palmas, al lado de varias luces navideñas y un árbol repleto de bolas de colores. Él es uno de los 11 civiles muertos tras pisar una mina en Zambrano. Lucila Montes Ochoa, de 59 años, es quien se encarga de enmarcar las imágenes de su hijo, que murió el 10 de julio de 2004, luego de estar dos días hospitalizado en la Clínica de la Mujer, en Cartagena. Ella fue la única que entró a la vereda Jesús del Río el día que su hijo resultó herido.

“Nunca hemos tenido apoyo psicológico. Nos dieron una ayudita hace siete años, pero eso no alcanzó para nada”, afirma Montes, que usa —casi al mediodía— una pijama. La mujer de enormes brazos tiene seis hijos que se dedican al rebusque, y 18 nietos. Elkin murió cuando tenía 23. Cogía unas naranjas antes de pisar la mina.

Este año, en Colombia, 248 personas han muerto por cuenta de minas antipersonales. Antioquia es el departamento en donde han ocurrido más casos. Desde 1990 hasta hace más de un mes había 10.976 víctimas en todo el país, según estadísticas de la Dirección para la Acción Integral contra Minas Antipersonales.

Las historias de Arrieta y Montes no son las únicas de las víctimas en Zambrano, están también las de quienes se salvaron, como la de Eduardo Palmera (48 años), más conocido como El Cole, que se transportaba en un remolque junto con siete compañeros, que estaban trabajando en una cooperativa en la que se recolectaban semillas de melina, cuando el vehículo explotó. Los ocho resultaron ilesos, aunque él tiene problemas en los oídos.

El accidente ocurrió el 28 de diciembre de 2004, pero sólo hasta el 2011 Palmera denunció lo que había pasado. Estaba amenazado de muerte. Su casa de techo de palmas está agrietada. No trabaja hace dos meses y aún está a la espera de que el Gobierno lo indemnice.

Luis Enrique Martínez perdió las piernas el 6 de agosto de 2006. Trabajaba como guía en una operación de la Infantería de Marina cuando pisó una mina en la vereda Jesús del Río. “Duré un mes y cinco días hospitalizado en Cartagena, luego me trasladaron a Bogotá, en donde una fundación me hizo unas terapias. Pero aún no termino el tratamiento, viajo cada dos meses gracias a esa entidad. Al principio fue difícil aceptar que no iba a volver a caminar. Tenía pesadillas todo el tiempo. Sentía que me pellizcaban”.

Lucho es el único mutilado que queda en Zambrano. Tiene 29 años y es padre de un niño de 5. Él tampoco ha sido reparado por el Gobierno, y es también desplazado. Su familia huyó en 2000 de la vereda La Playa de las Bestias, y uno de sus hermanos desapareció en 2003 en el mismo sector en donde él resultó herido.

“La gente todavía tiene miedo, pero no como antes cuando no entraba nadie a las veredas”, asegura Martínez, quien se dedica a cultivar yuca, maíz, fríjol y ajonjolí para sobrevivir.