Hipopótamos sin control

Varios ejemplares de la hacienda Nápoles han migrado hacia otras zonas del Magdalena Medio, poniendo en peligro a pobladores. Autoridades no dan soluciones concretas.

Los hipopótamos constituyen un verdadero peligro para humanos y animales. / Luis Benavides

Las alarmas, de nuevo, después de cinco años, aunque de manera más leve y tenue, se han vuelto a encender. Se prendieron luego de que Luz Helena Sarmiento, ministra de Medio Ambiente, lanzara una alerta que recordó a todos ese escándalo de 2009 protagonizado por Pepe, aquel hipopótamo que durante tres años deambuló a sus anchas por un sector del Magdalena Medio, antes de que, un día de junio, tuviera que ser sacrificado. “Diez de estos animales —dijo el viernes la Ministra— se salieron de la finca donde estaban. Es una alerta para que la gente se entere de su peligrosidad”.

El tema, claro, corrió por los medios, porque aquella redomada especie que se instaló en las 3.000 hectáreas de la hacienda Nápoles desde que Pablo Escobar los trajo en un Hércules en los ochenta, resultan —por su agresividad y su desmedida territorialidad— excesivamente peligrosos.

Pero más allá de ser una simple noticia y un rumor que desde hace tiempo ronda en Puerto Triunfo, Antioquia, el asunto es mucho más complejo y mucho más azaroso. Es, en suma, un problema que paulatinamente ha ido creciendo sin que ninguna autoridad se haga cargo, pese a las advertencias —y las promesas— que emitieron entre 2009 y 2011, cuando después de un operativo en el que participaron Discovery Channel, organizaciones, Ministerio y Ejército, atraparan a Napolitano, el otro de los mamíferos que escaparon de su charca.

Desde entonces, según cuenta David Echeverri, director de Fauna de Cornare, la corporación autónoma de la zona, es posible que hayan salido de Nápoles (hoy convertida en parque temático) unos 40 o 50 ejemplares. La cifra es apenas una especulación, un cálculo somero, resultado de una simple deducción: en 2009 había 30 hipopótamos y ahora hay 23. A eso hay que sumarle un promedio de natalidad de cinco o seis crías por año.

“El número de la Ministra —afirma Echeverri— jamás lo mencionamos; esas migraciones no se dan de la noche a la mañana. Son grupos que, poco a poco, por luchas de territorialidad, tienen que desplazarse. Es una situación que se ha dado en estos años y que es muy difícil de controlar. Incluso, por las noches, cuando salen del agua, recorren unos diez kilómetros”.

Y, justamente, por esas migraciones progresivas es que realmente, en palabras de Echeverri, deberían prenderse las alarmas: “porque no son bonachones, porque el peligro para los pobladores y ganado está latente”.

Los riesgos de este animal, de acuerdo con Carlos Valderrama, veterinario que lideró la captura de Napolitano, son tres: “pueden matar a alguien si lo perciben como amenaza o invade su territorio, se comen los cultivos e impiden la pesca en los ríos donde habitan y, aunque aquí no se ha comprobado, pueden transmitir enfermedades. Esa es una incertidumbre que tenemos ante la inexistencia de exámenes juiciosos. Además, no sabemos el impacto que tengan en especies nativas y en canales hídricos. Esta no es la sabana africana”.

Ambos concuerdan que en torno a este problema lo que hay, en verdad, es una gran desinformación y una falta de cuidado, de logística y recursos. No son de ninguna manera animales tiernos y tenerlos en Colombia es una dificultad enorme que se originó por un capricho de Escobar, se está incrementando y nadie ha querido contener.

 ¿Qué hacer?

 Tal vez si se hubiesen tomado acciones concretas cuando apareció el mediático Pepe (como controlar la natalidad o construir un muro para evitar las ineluctables fugas), nadie en el Magdalena Medio tendría que temer por una feroz mordida. Ahora, lo que se debe hacer parece una odisea. En África no los reciben porque pueden llevar agentes biológicos desde el trópico. y los zoológicos tampoco pueden adoptarlos.

La solución, entonces, queda reducida a unas pocas posibilidades. La primera, la más viable, según Valderrama, es sacrificarlos. “A nadie le gusta ese procedimiento, porque precisamente trabajamos en conservación. Pero es una especie exótica, es un tema álgido y hay que evitar daños mayores”.

La otra es castrar los machos para que baje su testosterona y así no haya luchas territoriales. Pero el procedimiento se antoja titánico y riesgoso. Más aún si no se sabe dónde están localizados todos los ejemplares.

“Hay que agruparlos —explica Valderrama— y anestesiarlos a todos, pero como siempre están en el agua, se pueden ahogar. Ahora, identificar su sexo es muy difícil: los testículos son internos y la vulva de las hembras está detrás de la cola. Y de muy poco serviría atrapar a los que están afuera si no se lleva a cabo esta intervención que, en 2011 costó unos $80 millones. Castrarlos a todos, sin saber el censo exacto, valdría más de $600 millones. Pero, ¿valdría la pena invertir tal cantidad en una especie que es invasiva y causa detrimento al ecosistema?”.

Las trabas, sin embargo, no paran ahí. El problema de fondo es que no hay entidad que asuma esa responsabilidad. “Estupefacientes —dice Echeverri— debió ocuparse de semejante lío en los noventa. A los de Nápoles no les corresponde. Y el Estado, que es el que debe hacerse cargo, no tiene recursos. Nosotros tenemos una propuesta, pero falta eso: recursos”.

Por eso, en palabras de Valderrama, está bien que lancen alarmas. Pero si las van a prender, que sea para encontrar soluciones.

 

 

[email protected]