Para interpretar al Eln

La experiencia ha demostrado que en la construcción de paz no sólo cuenta la realidad objetiva sino también la autopercepción, y todo parece indicar que esa guerrilla no se ve ni se siente derrotada.

Es un error creer que el ELN es como las Farc pero más pequeño. / Archivo - El Espectador
Además del consabido error de creer que el Eln es como las Farc pero más pequeño, hay una serie de lugares comunes que muestran los problemas para entenderlo. No se trata de justificar sino de explicar la lógica elena, buscando evitar una negociación a tientas con un Eln muy diferente del que realmente es. Puntos como la pérdida de vigencia de la lucha armada, el riesgo de ser derrotados o la paz como tendencia mundial tienen contraargumentos en sus filas.
 
La vigencia de la lucha armada: basándose en la tendencia de América Latina y en los procesos previos en Colombia, se insiste en lo anacrónico de la lucha armada. Este argumento no es necesariamente válido en Colombia porque lo sea en otros países, diría el Eln, y afloran argumentos de la especificidad nacional: la falta de una reforma agraria, el alto índice Gini o la existencia de unas élites tan mafiosas que, entonces, justificarían su lucha. Además, la vigencia de la lucha armada no se discute solamente en términos históricos sino también en términos cotidianos, que en algunos casos adquieren justificación como forma de supervivencia frente al paramilitarismo. El mejor argumento en su contra sería la apertura política, pero ni el caso de la Unión Patriótica ni los ejemplos de la parapolítica ayudan en este sentido.
 
Si el Eln ve en la actividad política legal alternativas de acumulación política, se abre una luz de esperanza.
 
El Eln está derrotado: una premisa que nace del deseo, pero que no tiene asidero en la realidad, precisamente en un momento en que dicho grupo logra crear nuevas estructuras, consolidar zonas y hasta realizar su V Congreso a pesar de las acciones militares en su contra. La experiencia ha demostrado que para la construcción de paz no sólo cuenta la realidad objetiva sino también la autopercepción, y todo parece indicar que esa guerrilla no se ve ni se siente derrotada.
 
El tren de la paz es uno solo y dejará al Eln: este grupo fue el único que no negoció con el gobierno de Belisario Betancur, estando en ese momento en una situación aún más precaria que la de hoy. Su explicación es que si las élites quieren hacer la paz, pues poco importa que firme Santos o el próximo gobierno. Desde esa lógica prefieren una paz más amplia y no una paz atada al santismo. El Eln no tiene prisa y no la va a tener bajo las presiones del calendario electoral.
 
El riesgo de ser aniquilados: las amenazas de Santos de bombardear al Eln no sólo son mal percibidas sino que, además, no asustan a los elenos. Uno de ellos decía: “Llevan décadas bombardeándonos, ¿por qué asustarnos ahora?”. El Eln ha estado varias veces a punto de desaparecer, como fue el caso de Anorí en 1973, y, aunque no lo mencionan, parecen repetir las frases de Jaime Bateman de que el problema no es que los maten a todos, sino que no sepan hacer política.
 
La tendencia histórica de la negociación: en 1989, en parte influenciado por la caída del muro de Berlín, un sector del Eln salió de sus filas bajo el nombre de Corriente de Renovación Socialista (CRS) y entró en un proceso de paz. Esta decisión fue rechazada por quienes siguieron en armas, en parte porque su lucha no era por el muro de Berlín sino por la situación colombiana. Algunos recuerdan que Mandela salió de la cárcel sin renunciar a la lucha armada.
 
Poner el dedo en la llaga: el Eln insiste en que hasta no ver no creer, y por eso plantea una cosa inédita en los procesos de paz colombianos: dejar de usar las armas una vez haya cambios políticos. Temen que le hagan conejo, lo que no es gratuito si se revisan los procesos de paz en los que se han prometido cambios que no han llegado o en los que los comandantes han sido asesinados; eso también es una experiencia internacional: la traición de los gobiernos después de firmar los acuerdos. Falta saber qué espera ver el Eln para aceptar el cese del uso de las armas y qué tanto aceptaría el Estado avanzar en cambios sociales con una guerrilla aún armada; y lo segundo parece ser más difícil de conseguir que lo primero.
 
La guerra no le permite al Eln acumular ni lograr la victoria: esto sería cierto si el planteamiento del Eln fuera a corto plazo (y no de guerra prolongada) y, además, porque la lógica de la guerra de guerrillas es que no ser aniquilado es ya un triunfo (independientemente de que ya lleven 50 años), siendo un fracaso para el Estado la permanencia de una guerrilla. Si el Eln ve en la actividad política legal alternativas de acumulación política, sin que sus combatientes sean masacrados, se abre una luz de esperanza.
 
Puede ser que estos no sean argumentos válidos para muchos, pero sí para el Eln, y aquí no se trata de justificarlo sino de explorar sus lógicas. Estos puntos, algunos más fuertes que otros, permitirían entender por qué dicho grupo se mantiene en la guerra. La otra opción es mantener en el imaginario político un Eln del tamaño de los sueños de Santos y del alcance que satisface a las discusiones urbanas, pero, como decía Manuel Rivas, “no es lo mismo tomar trincheras en el café que tomar café en las trincheras”. Sólo tratando de indagar qué piensa el Eln real (así no estemos de acuerdo) se podría avanzar en una propuesta de paz que sea viable