José Mar, uno de los referentes para Guillermo Cano

José Vicente Combariza, también conocido como “José Mar”, fue uno de los grandes maestros de Guillermo Cano. El Espectador pública un perfil de él escrito por Lino Gil Jaramillo.

En la edición del domingo 1 de octubre de 1967 se publicó este texto sobre José Mar.Archivo - El Espectador
Un fuerte manotazo del Tiempo – “viejo de puño sanguinario”- sobre el tablero de mis planes, ha dado al traste con la ordenación que tenía pensada para un presunto libro de ocho o diez capítulos, “Tripulantes de un barco de papel”, y del cual se han publicado ya en El Espectador apuntes referentes a Luis Cano, Barba Jacob, Ricardo Rendón y Luis Tejada. La intención era continuar con Nieto Caballero co-director del periódico en otro tiempo, santo laico de la democracia colombiana; Armando Solano (Maitre Renard), un Anatole France de Paipa que diluía en sus crónicas los más sutiles y exquisitos venenos de ironía y humor; José Mar, extraordinario escritor político, solamente superado en Colombia por don Luis Cano, si no en el estilo sí en la perspicacia para analizar los problemas; Eduardo Zalamea Borda (“Bloom” en el primer tiempo y luego “Ulises”, pero siempre joyceano), imaginación alucinante de novelista quemada en la llama del periodismo. (Lea: La redacción que recibió a Guillermo Cano
 
Ha venido a invertir el orden de los factores, la muerte de José Mar, dolorosa aunque no inesperada, pues la última vez que le vi y la única en que conversamos largamente, ya que nuestras relaciones de antes nunca pasaron del saludo, la imprecisión agónica que producía era de franco descenso hacia la tumba, no tanto por la visible desintegración física que se operaba en él cuanto por su conformismo moral, por una especie de afán en declararse muerto antes de tiempo que trascendía a sus páginas de los últimos años. 
 
Hoy debo escribir, pues, sobre el ciudadano José Vicente Combariza, venido a la vida en Santa Rosa de Viterbo en 1900 y conocido nacionalmente como José Mar, en tal forma que su nombre de pila solo era recordado y reconocido por los parroquianos boyacenses que lo elegían a menudo para que los representara en el Congreso de la República. (Le puede interesar: Septiembre 14 de 1986: el dilema de la legalización de la droga)
 
Fue allí donde el senador Combariza, a partir de 1936, es decir, durante el primer gobierno de Alfonso López, el de las iniciativas reformistas en lo político, en lo social, en lo económico y financiero, convirtió en realidades muchas de las ideas que el periodista José Mar había propugnado con su firma algunas veces, pero casi siempre al socaire de los editoriales y comentarios que su pluma producía incansablemente y los principales periódicos liberales patrocinaban con entusiasmo, aunque con la resistencia y el resquemos de algunos ilustres fósiles manchesterianos. 
 
En efecto, Juan Lozano y Lozano, poeta de relámpagos líricos deslumbradores y eximio prosista – pues no de otra manera puede calificarse a quien ha dicho de la Catedral de Colonia que “tiene tanto a la vez de piedra y nube, / su pesadumbre formidable sube/ en la luz con tan ágil movimiento, / que se piensa delante a su fachada/ en alguna cantera evaporada/ o en alguna parálisis del viento”, o a quien ha escrito la página fulgurante sobre la batalla de Güepí – pero político apegado a principios mandados a recoger hace mucho tiempo de los mercados ideológicos del mundo por trasnochados e inoperantes, manifestaba alguna vez, muy temeroso de la ortodoxia e integridad de las ideas liberales, esto sobre su amigo admirado y admirable: “José Mar ha sido el autor casi exclusivo de la política de los periódicos liberales de Bogotá durante cerca de veinte años. Él ha instilado en miles y miles de editoriales, y en decenas de miles de notas políticas, y en la forma más eficaz todavía de la orientación de las informaciones políticas de los diarios, sus letales ideas de izquierda. Jorge Eliécer Gaitán en la tribuna y José Mar en la prensa son, los verdaderos autores responsables de las tendencias revolucionarias en el país. Ellos crearon el ambiente dentro del cual fue posible la orientación del primer gobierno del señor López”. 
 
Y continuaba para abundar en sus temores: “A Gaitán orador apasionado, se le reconoce ineludiblemente, por “percepción visual y auditiva”, como él diría, su calidad de profeta y de apóstol, desnudo o vestido, de la revolución. No así a José Mar, mucho más doctrinario que Gaitán, en cuanto es marxista convencido y erudito; mucho más eficaz en su labor sobre la conciencia pública, en cuanto la ha presentado, desprevenida o sagazmente, como tesis natural y normal de los periódicos burgueses; un individuo de esas especificaciones se hace indispensable en una empresa periodística y es el llamado a reemplazar al director cuando no asiste o se ausente o está enfermo; y es el llamado a dirigir al jefe de redacción; y es el llamado a no ser nunca soltado de la mano de los grandes personajes ocupados que dirigen los grandes diarios. Puede ser que en un momento dado esos directores se agarren la cabeza por las cosas que les hacen decir, o sufran con disgusto una constante desviación doctrinaria de los comentarios y de las informaciones, o de pronto tengan que romper abiertamente con su factótum, por radical divergencia en la apreciación de situaciones específicas. Pero, pasado el mal rato, no tienen más remedio que seguir con su factótum, con la previa aceptación de todas las consecuencias”. 
 
Los temores de Juan Lozano y Lozano, si los consideramos en este caso como vocero de las momias del individualismo y de la propiedad privada intangible y del rechazo de toda regulación económica por el Estado que se agruparon en la “Apen” y tuvieron como órgano de publicidad el periódico paradójicamente llamado “La Razón”, eran de cierto modo explicables si no justificables. José Mar representaba su contraveneno. 
 
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En verdad nuestro personaje fue un revolucionario consciente, aunque tranquilo, pacífico, homeopático; pero lo fue por convicción, por estudio y casi pudiéramos decir por temperamento, condición esta última que se manifestó en él cuando, hijo de hogar boyacense, tradicionalista, feudalista y lógicamente conservador, fue a dar al Colegio del Rosario, donde la sapiente neurastenia de monseñor Carrasquilla, solo comparable a la del doctor Echandía en la Universidad Libre, lo atiborró de escolasticismo, en forma tal que, según sus palabras, acabó por sentir respecto de Santo Tomás de Aquino una especie de horror, como si lo obligaran a comer enormes promontorios de spaguettis sin un sorbo de vino, y los spaguettis eran los silogismos, todo lo cual lo llevó por reacción al materialismo dialéctico que explica las cosas de manera más razonable. Que lo llevó después a evadirse del campo conservador y a saltar al liberal con tanto ímpetu que no pudo frenar allí sino que fue a dar a las exiguas toldas socialistas de Luis Tejada, Tomás Uribe Márquez, y unos agitadores populares semianalfabetos de apellidos Romero y Albarracín y a fundar con Tejada “El Sol” bajo el patrocinio del general Herrera, un guerrero cerrero pero patriota que creía en los fueros de la cultura y en la eficacia de las ideas y por eso fundó también en los mismos tiempos la Universidad Libre. Ya sabemos por confesión de José Mar que “El sol” recibió este nombre porque sus fundadores aspiraban a que el sol de la libertad política y la justicia económica alumbrara para todos. Y sabemos así mismo el destino precario de la hoja ardorosa. 
 
A todas estas el nobel escritor se había vinculado a El Espectador en circunstancias que él relata de esta manera: “Cuando la huelga estudiantil de 1921 como protesta por la oposición eclesiástica al cumplimiento de una ley de honores a don Fidel Cano, yo, que era delegado a la asamblea estudiantil, escribí una carta de apoyo a la tesis de los estudiantes. Presidía la asamblea Germán Arciniegas y este amigo le mostró la carta a don Luis Cano, quien la encontró de alto valor moral, jurídico y literario. Me hizo llamar a su despacho y me pidió que le permitiera publicar en su diario aquel vehemente y a la vez tranquilo mensaje de un estudiante boyacense saturado por el respeto a la ley, producto de mis estudios y del recuerdo de mi padre, que fue un abogado austero y muy pobre por lo mismo. A mí me pareció que no era conveniente publicar entonces mi carta. El Espectador estaba entonces bajo sanción eclesiástica y a la publicación me crearía conflictos con monseñor Carrasquilla, que era en estas materias de un rigor implacable.  Don Luis me pidió entonces que colaborara en su periódico con un seudónimo, y así lo hice escribiendo unas biografías de las figuras proceras de la política en esa época, sin que nadie supiera cuál era el verdadero nombre del autor. Llegaron algunos lectores a atribuir esos artículos al maestro Valencia, al doctor Nieto Caballero y a Tomás Márquez. Después, ya por fuera del claustro, escribí editoriales para El Espectador y logré tanta fortuna la gente no distinguía entre los míos y los de don Luis, quien para mí sigue siendo el mejor escritor político que ha tenido Colombia. De ese modo él fue mi maestro. Tenía un alma ardiente y bondadosa le quemaba la sangre el patriotismo y como hombre privado, era una ternura patriarcal. No escribía con facilidad la elaboración de sus artículos, era un acto poco menos que heroico. La prosa quedaba pulida como un cristal, y cuando uno entraba a su pequeña oficina llena de humo de cigarro, aquello parecía una fábrica de inteligencia. Como era liberal de verdad, no le asustaban las ideas y me permitió escribir a nombre del diario muchas audaces tesis de izquierda, que algunos liberales consideraban más allá de las fronteras del liberalismo”. 
 
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Más para llegar a exponer esas tesis sobre bases científicas serias tuvo antes que estudiar el marxismo en sus raíces filosóficas, el materialismo dialéctico, y en su sociología, el materialismo histórico. Había que limpiar la mente de las gentes honestas de los conceptos premeditados y falaces de que las concepciones feudalistas y teocráticas del ideario conservador, heredadas de la peor tradición española, y las ideas y telas manchesterianas que vestían por dentro y por fuera a los llamados liberales clásicos, eran productos tan nacionales como las papas y las habas de los páramos boyacenses y que solamente debían llamarse “ideas importadas” las del socialismo científico y el marxismo. Así llegó a comprender que esto “no es una teoría ideal de los hechos, sino un método fundado en el estudio de la historia; el marxismo es la resultante de una investigación sobre los fenómenos sociales”, y que “si Marx, en lugar de haber hecho de la sociedad humana el objeto de sus investigaciones hubiese hecho motivo de sus pesquisas la vida de las plantas, con la misma frialdad objetiva habría sacado sus conclusiones botánicas. El no hizo sino trasladar a la sociedad de los hombres los métodos de observación que condujeron a Darwin a sentar la hipótesis científica de la evolución orgánica”.  
 
Se configuraba en esta forma el revolucionario consciente, que es el que busca transformar las estructuras sociales, al revés del demagogo que solamente busca el espectáculo y la figuración. A título de ilustración de estas dos actitudes, puedo contar como simple testigo indiscreto, dos episodios políticos de ese tiempo. A poco de instalarse el gobierno de Olaya en 1930, el fogoso estudiante de leyes Carlos Lleras Restrepo organizó una serie de manifestaciones en la Plaza de Bolívar, desde uno de cuyos balcones, el llamado “13 de Marzo”, hablaba él cada vez como único orador. Noche tras noche y ante un auditorio de quinientos o mil curiosos el vocero de “los anhelos del pueblo” pedía en tono airado que se hiciera tabla rasa de la Constitución del 86 y de todo el andamiaje sobre el cual se había sostenido la hegemonía conservadora durante cuarenta y cinco años consecutivos. La campaña despertaba muy pocos ecos. Y recuerdo que Rendón, que era un mago para buscar el lado ridículo a cualquier hecho, liquidó prácticamente el negocio con una caricatura en que figuraba un paisa que al escuchar todas las peticiones de cambio que hacía Lleras, le decía con aire socarrón: “¡Tranque, compadre, a ver si de golpe nos devuelven a Panamá!” … Molesto el gobierno por el alboroto, pidió a Lleras la suspensión de sus actuaciones, y ante su contumacia, ordenó al recién nombrado director de la Policía Nacional, Alfonso Araújo, un tontolón de mucho viso, que redujera a prisión al desaforado tribuno. Así que liquidó el episodio.
  
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Mientras tanto José Mar, quien como alter ego de don Luis Cano en la columna editorial de El Espectador, dirigía una ya notoria oposición al gobierno olayista por su obstinación en mantener el servicio de la deuda externa, en tanto que la mayoría de los países suramericanos en plena crisis había declarado moratoria, aceptaba el cargo de jefe de la Oficina Nacional del Trabajo, con el argumento medio cínico y medio humorístico de que “la mejor manera de desacreditar un gobierno es ayudarle a gastar la plata”, y llevaba a aquella dependencia oficial un criterio de izquierda, es decir, un nuevo concepto de las relaciones entre el capital y el trabajo, que no podía seguir siendo el de la unión del jinete y la cabalgadura, un mejor trato para obreros y campesinos, un sentido de justicia social, en suma, que habría de informar la política del primer gobierno de López. Y ya esté en el poder, va al Congreso de 1936, y en equipo con Echandía, Soto del Corral y otros, le rompen unas cuantas vertebras a la Constitución teocrática y feudalista de 1886, redactada con mentalidad de terratenientes ganaderos, ya que en ella valían más las vacas que el hombre, puesto que un sujeto convicto de abigeato podía ir a dar con sus huesos al presidio por cinco o diez años, en tanto que un homicida podía salir libre en cinco o diez meses. Se llevaba a la Carta también el principio de que el trabajo vale más que el título, o mejor, que el trabajo es el verdadero título en materia de posesión de la tierra, y se abolían algunos privilegios aberrantes en materia de educación religiosa. Se creaba, en suma, un nuevo orden de cosas. 
 
Opinan algunos que el primero es un episodio simplemente demagógico, y consideran otros que el segundo es realmente revolucionario. Y en ambos casos tienen razón. 
 
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En otra oportunidad hablé de las circunstancias en que llegué a la redacción de El Espectador y de mi conocimiento epidérmico con José Mar, quien ya era el sustituto de don Luis Cano en la labor editorial, cuando este no podía realizarla por razones de dirección política que ejercía sin proponérselo, pues aunque no fuera miembro de ninguna directiva de su partido, la verdad es que al periódico iban a consultar su opinión acerca de la política nacional de cada hora los mismo Alfonso López que Eduardo Santos o el general Bustamante, un viejo imponente por su estampa física y su ignorancia pétrea, y de igual modo Gabriel Turbay que Jorge Eliécer Gaitán; un político santandereano muy cargante de apellido Peñaranda, y un estudiante de marxismo, Juan Bernal, a quien llamábamos “camarada Cucarronof” por la cháchara monótona con que buscaba catequizar a don Luis Cano. 
 
Recordando aquellos tiempos, dijo Abelardo Forero Benavides en su libro de crónicas “El Espectador, Diario de la Tarde”: “Cuando José Mar termina de escribir, parece escapada de un naufragio. La lucha con el demonio de las ideas ha acentuado dolorosamente las líneas del rostro. El tormento intelectual ha hecho excavaciones en la amplia frente y el cabello pierde su simetría y parece acometido por la voracidad de llamas invisibles”. 
 
Así era. En verdad. Cuando José, después de escribir su editorial salía de la redacción frotándose fuertemente las manos y caminó al café en busca de un tinto, producida la impresión de venir de una sesión espirita en que hubiera servido de médium. Su estampa física de entonces era la misma que nos da Alfonso Bonilla Aragón en la página más hermosa que se escribió a raíz de la muerte del escritor hace dos semanas: “Tácito, pequeño, silencioso. Mestizo sólo por el ligero ramalazo de sangre blanca que denotaba el apellido español, era indio esencial por el temperamento apacible, la inteligencia profunda y buída, el además tímido, la irónica malicia demoledora”. 
 
Llegué a creer entonces que José Mar, espíritu colonizado completamente por la actividad política, nunca escribiría nada distinto de esto y que a la postre resultaría incapaz de hablar de la literatura y de temas agradables al paladar de las gentes cultas. 
 
Arrebatado por los acontecimientos se metió en el retorbellino reformista de López; la ley de tierras, la reforma tributaria, la organización de los trabajadores, el nuevo trato en las relaciones sociales. Allí se convirtió en figura dirigente de primera fila y llegó a ser presidente de la Dirección Liberal Nacional. 
 
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Le perdí de vista, trató y comunicación. Me fui a “La Prensa” de Barranquilla y nunca tuve nada que ver con los gobiernos posteriores, como no fueran las periódicas requisas que me hacían durante el régimen de Laureano Gómez, cada vez que anunciaba que una misteriosa avioneta había descargado proyectiles en un lugar escondido de la costa del Pacífico y los acuciosos pesquisidores oficiales consideraban que tales proyectiles podían estar escondidos entre las hojas de los libros de mi biblioteca. Hasta que vino la lucha contra la dictadura de Rojas en que escribí en “Relator” de Cali por lo menos medio centenar de editoriales sobre el Frente Nacional y sus figuras centrales Lleras y Valencia. Pero al sobrevivir el primer gobierno de responsabilidad compartida y enterarme de que las esmeraldas que habían adornado el sequito del dictador en su viaje a Quito eran las mismas que exornaban el equipo misterial de Lleras, se me alborotó mi antigobiernismo consuetudinario y me hice a un lado con tanta discreción como repugnancia. 
 
Nunca más volví a saber de José Mar. Pero he aquí que un buen día “Colombia y el partido Liberal resolvieron premiar con un cargo diplomático de tercera categoría al primer escritor del país y al que más había contribuido a su evolución política”, según palabras de Bonilla Aragón y José Mar aparece en Quito, maltratado por la vida, sólo y taciturno, escribiendo páginas de antología sobre sus amigos de otros tiempos (“condiciones de la amistad”), sobre la soledad que nos invade a veces aunque estemos en medio de multitudes frenéticas (“La Soledad”), sobre su tierra y sus hijos (“El Lugar Nativo” y “el padre y los hijos”). Leyéndole esta última página a Esneda, mi mujer, mientras Jaime, el hijo, charlaba sus cosas con los vecinos en el antejardín, sentí que se me anudaba la garganta y comprendí que este hombre no escondía su ternura a la manera de algunos que para dárselas de modernos la ocultan como si fuera un delito, en tanto que exhiben sus vulgaridades como trofeos, antes, hace apenas más de dos años, cuando lo encontré en Bogotá y me contó la doliente historia de su vida, los triunfos que su modestia consideraba precarios, sus penas y desengaños, había comprendido que el gran escritor no era en ningún caso un “deracine” satisfecho en Bogotá sino que seguía amando su tierra, su viejo rincón boyacense, el paisaje de sus días iniciales, la sombra de los árboles que arrullaron su infancia, sus antepasados, sus hijos, con un amor íntimo, profundo, visceral, y que acaso su mayor satisfacción, como la de Charles Pegui, hubiera sido poder trenzar su prosa en la misma precisión y elegancia con que sus abuelos tejían las esteras y los asientos de esparto. Y cuando recibí de sus manos su libro “Prosa”, me pareció que me entrega un cuerpo vivo y palpitante. 
 
Ahora se ha quedado dormido para siempre, y seguramente los suyos han cumplido la recomendación de este hombre bueno y humilde: “Quisiera pedirle que cuando yo muera me entierren al lado de un árbol, en un pedazo de tierra campesina, donde la soledad no me impida pensar en mis hijos y en los hijo de mis hijos. Sobre la tierra que cubra el humilde cadáver, pondrán una lápida que dirá: ‘Aquí yace los despojos de un padre’. La cruz la formaran dos grandes ramas de árbol, y en ella anidaran los pajarillos. Así sea”. 
 
 
 
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