“Junto a ti desperté de nuevo”: Rafael Klug a su papá

Hace casi seis años fuiste testigo de cómo me atropelló un borracho. Junto a ti desperté del coma, contigo estuve el día en que ese hombre me pidió perdón, la primera vez que volví a conducir y juntos protagonizamos una campaña ciudadana.

Rafael y Daniel Klug se volvieron más unidos después del accidente. / Gustavo Torrijos
Rafael y Daniel Klug se volvieron más unidos después del accidente. / Gustavo Torrijos

—Dani, ¿estás bien?— fue lo que me dijiste cuando reaccioné al coma que me indujeron los médicos luego de que la cirugía para reconstruirme la pelvis se complicara y tuvieran que reanimarme por más de 20 minutos. —¿Vamos a luchar?— me preguntaste cuando asentí con la cabeza. Y las máquinas a las que estaba conectado empezaron a pitar. Tú me despertaste.

El día de la cirugía estaban todos en la clínica. Y a ti, que te alejaste buscando algo de silencio y tranquilidad en las escaleras de emergencia, te tocó ver pasar corriendo al médico que debía operarme, sin entender por qué se iba. Alcanzó a bajar dos pisos y se devolvió para decirte entre lágrimas que no podía abandonar la clínica sin decirte que yo había muerto. Tú fuiste quien se enteró primero y le contaste a mamá.

Es curioso porque toda la vida he sido muchísimo más cercano a ella. Creo que hasta de pronto es lo normal porque mis dos hermanas son más apegadas a ti. Pero, pensándolo bien, siempre hemos estado juntos. Ese 20 de agosto de 2010 mientras estábamos parados firmando los papeles del accidente que había tenido, fuiste quien aviso que venía un carro sin luces y no iba a parar, nos alertaste y salvaste a varios. No me acuerdo de ese momento, pero supe que me habías visto tirado en el pavimento, muerto. Y con tus manos en mis tobillos regresé a la vida.

Mamá me contó tiempo después que seguías despertándote sobresaltado a las 3:00 de la mañana, angustiado por todo lo que habías vivido. Sentimientos que hoy entiendo que intentaste liberar escribiendo un libro, con el que al principio no estuve de acuerdo y del que me negué a participar. Te reclamé cuando nos compartiste la idea, no entendía por qué debíamos publicar nuestra historia. Una vez lo escribiste lo leí entre lágrimas encerrado en mi cuarto y me sentí muy orgulloso de ti.

Contigo perdoné a quien nos causó tanto dolor, cuando me pediste que te acompañara a una audiencia. Fue impactante verlo esposado, sin poder voltearse si quiera a mirar a su familia, pero recuerdo que cuando manifestó que quería disculparse mi respuesta fue un no rotundo. Sabiamente interviniste y me dijiste que eso me iba a ayudar. “No te preocupes que no va a hacerte daño”, fueron tus palabras. Y así fue. Con las manos atadas se disculpó y aunque en ese momento, a mis 17 años, no lo entendía, sí que me sirvió para recuperarme de un suceso tan doloroso.

A tu lado volví a manejar después de lo sucedido. Habían pasado unos meses y me acolitaste sentarme frente al timón del carro que nos prestaron en el taller mientras arreglaban nuestra camioneta y juntos dimos una vuelta por Mesa de Yeguas. También protagonizamos una campaña para concientizar a la gente del peligro de mezclar la gasolina con alcohol. Repartimos volantes, dictamos conferencias, grabamos un comercial. De la mano hicimos el intento de ayudar a la sociedad.

Estoy convencido, sin embargo, de que no conozco ni la mitad de las cosas que te tocó vivir de niño, sé que tuviste una educación muy distinta. Opi y Omi padecieron la Segunda Guerra Mundial, entiendo que eran muy estrictos y a pesar de todo, siempre has sido un excelente papá, te has desvivido por darnos lo mejor, eres demasiado consentidor, dedicado a nosotros a morir y no has dejado que nos falte nada. ¡Qué papá!

Hoy estoy terminando mis prácticas como administrador de empresas y aunque quiero emplearme luego y tener un jefe que me exija, en un futuro, por qué no, me gustaría seguir mi vida profesional a tu lado. Juntos podemos llegar lejos.

¡Gracias por tanto, pa! Tu hijo que te admira y te ama.

 

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