Las despedidas a cargo de la funeraria Gaviria

3.400 fallecidos al año. Cofres de madera adornados con lirios, rosas, anturios, azucenas, cartuchos, unos cuantos gladiolos y decenas de flores de colores que dan vida en medio de la realidad innegable de la muerte.

Antes los cofres eran hechos con maderas finas, ahora se hacen con materiales más amigables con el ambiente.

Cuando falleció Gustavo Rojas Pinilla, el 17 de enero de 1994, el trayecto entre la Plaza de Bolívar y el Cementerio Central, en Bogotá, estaba marcado por centenares de personas que se acercaban a despedirlo. “La fuerza pública no pudo contener la de quienes lo querían acompañar”, recuerda una crónica publicada en El Espectador el día después de su sepelio. La gente gritaba pullas políticas, algunos movían un pañuelo blanco y el desorden era el protagonista. Por la carrera Séptima pasó su cuerpo, en un desfile encabezado por la banda de guerra del Ejército, en el que el ataúd fue transportado en una cureña movida por un vehículo, antecedido por tres cadetes de la Escuela Militar, quienes llevaban el bastón de mando y las insignias que pertenecieron al general.

Ese sepelio estuvo a cargo de la funeraria Gaviria. También el de los expresidentes Marco Fidel Suárez, Virgilio Barco, Misael Pastrana Borrero, Guillermo León Valencia y Alfonso López Michelsen. También el de Jaime Garzón, periodista asesinado en 1999 y de cuyo crimen la justicia colombiana aún no ha encontrado los culpables; Lina Marulanda, modelo y presentadora, reconocida por tener uno de los rostros más bellos de la televisión, quien se suicidó en 2010, cuando tenía 29 años; Celmira Luzardo, quien participó en más de veinte producciones de televisión del país, y Fernando González Pacheco, presentador, actor, productor y uno de los animadores de televisión más recordados que ha tenido el país.

“Queremos ver a Pacheco, queremos ver a Pacheco”, gritaba la gente afuera de la funeraria el día de su entierro, el 12 de febrero de 2014. Sus seguidores tenían rodeado el lugar a la espera de poder despedirse de su ídolo. Querían ver su cuerpo, dar el último adiós, agradecer por tantas sonrisas que regaló a tantas generaciones con sus producciones en la televisión. Pero no podían, el cofre estaba sellado. En la Gaviria tuvieron que improvisar, mostrar un homenaje en video y permitir que las personas entraran sólo a tocar el cofre y despedirse. Una larga fila para pocos segundos con él.

No alcanzan a calcular cuántas personas han pasado por sus salas en 130 años.

A un velorio le llaman servicio. Pueden tener 3.400 al año, y así como hay días en los que el número de fallecimientos se cuenta con los dedos de una mano, han tenido otros en los que deben coordinar el equipo de cien personas para atender hasta 19 sepelios, días en los que todas las salas están llenas. El aromatizante que usan en estas, más que por gusto, es elegido porque puede ocultar los olores que se presenten en el lugar, desde el de las flores, hasta los químicos que utilizan en el cuerpo del fallecido.

Estela Guerra trabaja hace 22 años en la funeraria, atiende los servicios y asegura que los más difíciles son los de niños o bebés, “a veces uno aguanta, pero en esos momentos no”. En su trabajo se enfrenta a diario con la muerte, una realidad que le ha enseñado a valorar más a sus seres queridos.

Pero quienes tienen ese encuentro de una forma más fuerte son los tanatólogos. Ómar Lucas Zárate es uno de ellos. Aprendió el oficio de su abuelo, un hombre que tenía una funeraria. Desde los 17 años trabajó con él, algunas veces le ayudaba con los procedimientos iniciales y los llevaba a su destino final. Ahora tiene 51 años. Como Estela Guerra, Ómar considera que lo más difícil es trabajar con bebés y niños.

Para arreglar un cuerpo, lo desviste y lo desinfecta. Comienza haciendo un análisis de cómo está, si tiene retención de líquidos o hematomas. Prepara los químicos que usará para tratarlos, el formol es uno de ellos. Cuando se trata de muertes violentas o personas que fallecieron por cáncer de piel, hace cirugías reconstructivas, cauteriza ciertas partes del cuerpo, aplica células restauradoras y luego maquillaje. “No es que queramos que el cuerpo se vea bello, es darle esa satisfacción a la familia de ver a un ser querido con apariencia de paz, tranquilidad y descanso”, cuenta Ómar Lucas.

–“¿Lo puedo abrazar?”, le preguntó una vez un familiar luego de ver el cuerpo de un joven.

–“Sí”, asintió.

Lo abrazaron, no al cuerpo del fallecido, sino a él, para agradecer porque su ser querido había quedado muy bien. “Esas cosas te motivan a hacer todo mucho mejor”.

 

Historias detrás de una funeraria

Guillermo León Valencia falleció en Nueva York, Estados Unidos, el 4 de noviembre de 1971. Su cuerpo fue repatriado en el avión presidencial, FAC-001, que aterrizó a las 5:45 de la tarde del día siguiente en el aeropuerto El Dorado de Bogotá con tres horas de retraso. Fue recibido en una calle de honor con una alfombra roja que indicaba el camino a seguir, mientras la banda de la Escuela Militar entonaba Yo tengo un compañero. “Las terrazas laterales de El Dorado estaban repletas de gente”, cuentan los archivos de la época.

El cortejo fúnebre salió hacia el centro por la calle 26 y tomó la carrera 8ª hasta llegar a la Plaza de Bolívar. Por donde pasaba, la gente lo saludaba con pañuelos blancos. Llegó al Salón Elíptico, en el Capitolio Nacional, donde han estado en cámara ardiente casi todos los expresidentes, excepto Misael Pastrana, quien prefirió el Palacio de San Carlos (hoy sede de la Cancillería), lugar desde el cual gobernó al país entre 1970 y 1974.

El cofre en el que fue enterrado el expresidente Guillermo León Valencia reposó sobre mesas rústicas, tenía un crucifijo, seis candelabros y ofrendas florales a su alrededor. Esa noche hubo dos filas de niños, adultos y ancianos que esperaban despedirse de quien fue el segundo presidente del Frente Nacional.

Beatriz Álvarez, administradora de la funeraria Gaviria, cuenta que estar a cargo de los entierros de los presidentes es una tradición. “Lo que más nos hace crecer es servir a las familias, manejar el dolor ajeno es difícil, pero también lo más gratificante”.

Cada fallecido tiene una historia. Hubo un funeral en el que una persona pedía que todo estuviera en cantidades de a siete: siete personas en el coro, siete carros en la caravana. Aunque no saben el motivo, hicieron realidad esa petición. También la familia de una fallecida pidió que el cuerpo pudiera estar tres días en la sala de velación, porque el alma no se desprendía del cuerpo hasta después de cumplido ese período y tendría problemas al trascender. Esos son deseos que han podido cumplir a las familias que atienden.

Una señora adulta perdió a su esposo. Cuando se estaba despidiendo de él, pidió que le cortaran el dedo pulgar de la mano derecha porque tenían un saludo con ese dedo y caminaban juntos cogidos de la mano; quería conservarlo, porque ese era el símbolo de su cariño; pero su deseo no pudo ser cumplido, porque mutilar un cuerpo es ilegal y acelera su descomposición.

 

Cinco generaciones en el oficio

Mariano Gaviria era un ebanista antioqueño que, según sus familiares, vivió en Bello, donde hacía muebles clásicos y féretros cuando la gente se lo pedía. Se volvió un servicio común y creó el que quizá fue el primer stock de ataúdes de la época, hace 130 años. Ahí comienza la historia de la funeraria Gaviria. Se trasladó a Bogotá y su familia siguió con el negocio con Francisco Gaviria a la cabeza. El hombre de la segunda generación era un viajero y en una de sus visitas a Europa trajo a Colombia las primeras carrozas fúnebres. Tenían caballos percherones con plumas de avestruz en la cabeza y stands de roca.

Eduardo Gaviria, hijo de Francisco Gaviria, creó las salas de velación años después, porque antes los fallecidos eran velados en las casas. La primera estuvo ubicada en la calle 43. También trajo los carros marca Cadillac, que fueron los primeros vehículos motorizados en Colombia especializados para este tipo de servicio. Ahora los hijos de Eduardo Gaviria y dos de sus sobrinas intervienen en la funeraria.

Gladys Gaviria es la mayor de ellas, estudió diseño de jardines, asesora los arreglos florales y el protocolo después de décadas de experiencia en el negocio. Su hermano Francisco Gaviria tiene una fábrica de cofres, lo mismo que hacía Mariano, el fundador de la funeraria. Gladys y Francisco viven orgullosos del legado que les dejaron sus familiares que, tras cinco generaciones y una sexta que comienza a aprender del oficio, han liderado una de las funerarias más conocidas del país y que tiene tres sedes y 19 salas de velación en Bogotá.

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