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hace 2 horas

Llegó San Pedro: péguese la rodadita

Hasta el próximo domingo 29 de junio, Huila será nuevamente escenario de las fiestas más populares de esta región.

Foto de: Diario del Huila.

La frase acuñada por el periodista huilense Luis Alberto Fierro (q.e.p.d.), “péquese la rodadita”, es recordada en la versión 54 del Festival Folclórico, Reinado Nacional del Bambuco y Muestra Internacional del Folclor que se realiza este año, cuando huilenses y demás colombianos se dan cita en Neiva. En la capital del Huila se encontrarán el talento de nuestros artistas con la danza y el donaire de la mujer calentana que al ritmo de rajaleñas y bambucos contagia al forastero de alegría, acompañados de la calidez opita para disfrutar de una de las fiestas más autóctonas de Colombia.

El Sanjuanero, bambuco alegre y tema oficial de las fiestas, se baila con ritmos y compases de estricto cumplimiento para reinas propias y extrañas convertidas en el alma de la fiesta, aspirantes a llevar la corona local, departamental o nacional, en una competencia que combina ritmo y coquetería, quizás nostalgia de la tradición monárquica española. El padre Andrés Rosas lo identifica como el “joropo huilense” compuesto en 1936, tocado por primera vez por la Murga Femenina Huilense dirigida por Anselmo Durán Plazas. Pero fue el 12 de junio de ese año, durante las fiestas patronales de Gigante, cuando fue interpretada por la banda departamental y luego se estrenó en el Capitolio Nacional el 6 de agosto de 1938 en el cuarto centenario de la fundación de Bogotá, se bailó como fusión musical de rajaleña y sanjuanero. Así lo contó Vicente Silva en “Las huellas de Villamil”.

El sentir fiestero del opita, amante del canto y la música de cuerdas mezcla coplas, pasillos, guabinas y bambucos, haciéndole descuentos a la frustración del “cuánto tienes, cuánto vales, principio de la actual filosofía”. Durante las primeras versiones del Festival no había una estructura definida de baile, pero según escribió David Rivera Moya en su obra “Así es mi Huila”, “el antiguo bambuco clásico definió ocho pasos en su coreografía que inicia con la invitación del hombre a la mujer, se tocan los codos por la derecha y por la izquierda; forman tres veces el número ocho; mutuo coqueteo, persecución graciosa, galantería del pañuelo, la venia arrodillada del hombre; y el abrazo galante que sugiere aceptación y querencia”.

Los poetas y compositores plasman el contenido de la fiesta con exponentes como Silva y Villalba, Los Tolimenses (Emeterio y Felipe) y el maestro Jorge Villamil. El cantor del trópico José Eustasio Rivera inmortalizó el idilio campesino, tímido balbuceo amoroso en los pasos de una gentil calentana pudorosa, a comienzos del siglo XX:
“La gentil calentana, vibradora y sumisa / De cabellos que huelen a florido arrayán / Cuando danza bambucos estremece la risa / Y se alegra el susurro de sus faldas de olán”.

Durante las fiestas de San Pedro no pueden faltar cabalgatas, desfiles con taitapuros y mohanes con cuerpos locos sin corazón, las corralejas; la gastronomía típica: el asado huilense, el sancocho de gallina, la chicha de maíz, bizcochuelos y la mistela de mejorana. Símbolo distintivo es la música folclórica expresado en el “rajaleña” que pertenece al género de la trova, copla incisiva, picante e irónica de doble sentido que convierte todo en instrumento “para rajar” del prójimo, la vida cuotidiana, la política, o la crisis con irreverencia y humor. Hace parte de la cultura oral del huilense que le pone su tonada dependiendo de la región. Tenemos el que invita al estasis y al olvido: “Cuando llegue el San Pedro / yo olvido pronto pesares / brindando con aguardiente / si son aires nacionales”. O el morbo sutil: “Todas las mujeres tienen / un trapichito muy guapo / por dura que sea la caña / siempre le saca guarapo.” O el que sugiere la convivencia partidista, como el compuesto a María Valbuena, líder liberal: “Ella siempre es consentida / por los godos de Palermo / porque siendo liberal / es el alma de su pueblo.”

El conflicto social tampoco queda ausente, como lo interpreta Jorge Villamil en El Barcino, la historia de aquel novillo que secuestran los guerrilleros bajo el liderazgo de Tirofijo y que recuerda el comienzo de la guerrilla: “Cuando en los tiempo de la Violencia / se lo llevaron los guerrilleros / con Tirojifo cruzó senderos / llegando al Pato y al Guayabero”.

Nuestra tierra de promisión o “Valle de las tristezas”, dice Jiménez de Quesada, está llena de contrastes: bañada por el río Magdalena se muere de sed en el desierto de La Tatacoa; no explota el río como medio de transporte; con bonanza petrolera por más de 50 años despilfarró sus regalías y no salió del atraso; con represas como Betania no generó desarrollo industrial y deterioró el ecosistema, como puede pasar con El Quimbo; y en suma, con pobre cultura empresarial, acostumbrada a las rentas de la tierra y el petróleo, a la burocracia estatal como factor de empleo y poder político, con excepciones de piscicultores y empresarios del arroz, café y cacao. Se requiere un cambio cultural que valore la rumba sana sin acatar la borrachera colectiva que invita a servir “un trago de a cinco”, “otro de a 50” y muchos más hasta perder la cuenta. Un cambio por la loa del dramaturgo alemán Bertolt Brecht de prepararse para ser un dirigente: “¡Estudia el ABC! No basta, pero estúdialo (…) Estás llamado a ser un dirigente”. Repasa la cuenta, tú tienes que pagarla.

 

*Profesor asociado, Universidad Nacional de Colombia.