Lo presenta este jueves 7 de noviembre en el Gimnasio Moderno

“Lo intenté, pero no pude salvar a Luis Carlos”: médico Augusto Galán Sarmiento

El hermano de Luis Carlos Galán Sarmiento, el candidato presidencial asesinado el 18 de agosto de 1989 por el cartel de Medellín, publica el libro testimonial "Siempre hay esperanza" (sello Ediciones B). No pudieron hacerle una trasfusión de sangre. Lo paradójico es que días después le salvó la vida a un paciente con heridas de bala similares. Fragmento.

Augusto Galán Sarmiento (1955), el autor del libro, es médico de la Escuela Juan N. Corpas, cardiólogo de la Escuela de Medicina-Universidad El Bosque y fue ministro de Salud. Hoy dirige el centro de pensamiento Así vamos en Salud y preside la Fundación Saldarriaga Concha./ Cortesía

“El doctor Galán recibió la atención suficiente y oportuna”, fue el titular en las páginas intermedias de un periódico de amplia circulación nacional que recogía las declaraciones del secretario de Salud de Bogotá de la época sobre el asesinato de Luis Carlos en la noche del 18 de agosto de 1989. Las afirmaciones las reseñaba el medio de comunicación tres o cuatro días después de los hechos. Apenas habíamos sepultado su cuerpo, el país todavía no salía de su dolor, nuestra herida profunda estaba abierta y no era cierto lo que el secretario de Salud decía. (Más: Vea nuestro especial 30 años sin Galán).

Yo había regresado de Houston con mi familia en los primeros días de enero de 1989. Volví a la Shaio como especialista en cardiología no invasiva. Tiempo completo y dedicación exclusiva. La noche del atentado en Soacha me encontraba en el apartamento después de la jornada de trabajo en la clínica. Vivíamos en el mismo edificio donde residían mis padres, Luis Carlos y su familia. Ellos, en dos apartamentos que ocupaban el último piso, nosotros, en arriendo en el segundo, lo que facilitaba que nos encontráramos con bastante regularidad. (Más: En busca de Galán).

De hecho, esa mañana del 18 de agosto, antes de salir para la clínica, alcancé a hablar con Luis Carlos luego de su gira por Venezuela, de donde había regresado unos días atrás. Estaba feliz porque el recibimiento que le ofrecieron en Caracas las autoridades y los medios de comunicación fue el de un jefe de Estado.

Las encuestas para la fecha lo daban como seguro ganador en las siguientes elecciones presidenciales, que sucederían unos meses más tarde. Las amenazas contra su vida arreciaban, y permanecían frescos en nuestra memoria dos episodios recientes. El primero fue veinte días antes de su asesinato, el 27 de julio, en la celebración de los cincuenta años de matrimonio de nuestros padres.

Todos participamos con el mayor entusiasmo en la organización de los eventos previstos. La numerosa familia se reunió en Villa de Leyva, en el Hotel El Duruelo, que reservamos en su totalidad. Recordamos esos días con inmensa alegría y mucha nostalgia. Sin embargo, hasta allá llegaron personajes extraños con preguntas inquietantes que despertaron nuestras alarmas.

Los escoltas se encargaron de alejarlos del hotel y no supimos más. El segundo fue el frustrado atentado del 4 de agosto en Medellín, con un rocket que la policía alcanzó a detectar, ante el aviso de un ciudadano, en el trayecto de su ruta hacia una de las universidades de la capital antioqueña. Le dolió mucho la reacción de la mayoría de las autoridades colombianas y de sus émulos políticos.

Se sintió solo y sin respaldo solidario de esos estamentos. Salvo el presidente Barco y el director nacional de la Policía, que le expresaron su apoyo, nadie más lo saludó para acompañarlo en la situación. Por el contrario, algunos intentaron desvirtuar públicamente que el atentado iba dirigido contra él.

Su tristeza la conocí cuando me compartió, en el estudio de su apartamento, el comunicado de prensa que entregó a consecuencia de los hechos sucedidos en Medellín. Recuerdo también que ese día, de pie frente a la ventana blindada de ese estudio que tenía vista al Parque El Virrey, me dijo: “Cuando intenten algo contra mí, lo harán en estas cuadras, desde la carrera 15 o desde la paralela hasta acá”.

El viernes 18 de agosto de 1989 timbró el teléfono alrededor de las ocho y media de la noche. Una de nuestras primas de Bucaramanga me avisó que por radio informaban sobre un ataque durante la manifestación de Luis Carlos en Soacha; brinqué de la cama, donde estábamos descansando y viendo televisión. Teníamos conocimiento de ese encuentro político.

Ansioso y confundido, sin tener claro adónde me debía dirigir, me arreglé en par minutos y corrí para encontrarme en la puerta del edificio con Gustavo Gaviria, un amigo que de manera coincidente llegó en ese momento luego de escuchar la noticia. Presurosos, nos fuimos a la clínica de la Caja Nacional de Previsión Social (Cajanal) en el CAN, adonde supusimos que lo llevarían, entre otras razones, porque en el sur de la ciudad no había ningún centro hospitalario que tuviera la capacidad de resolver una situación similar.

Era el centro de mayor resolución, el más cercano a Soacha, junto con la Clínica San Pedro Claver, donde no atendían a los funcionarios del Estado. Lo debían trasladar a Cajanal en caso de que estuviera herido. Al llegar allí nos enteramos de que lo mantenían en el Hospital de Bosa, adonde lo habían llevado desde Soacha y con el que había comunicación desde Cajanal por radioteléfono. Esta última entidad tenía dispuesto un servicio de cuidado quirúrgico e intensivo en una ambulancia especial.

A quienes respondieron en Bosa se les dijo que lo mantuvieran allí, que salíamos con el cirujano y el equipo disponible. La ambulancia resultó ser un camión acondicionado para transportar todo el equipamiento. No tenía servicio de comunicación ni con la central de Cajanal y mucho menos con los hospitales de Bosa y Kennedy, que pertenecían a la Secretaría de Salud. Las informaciones confusas, por cierto, las recibíamos por la radio comercial. A través de esta afirmaron que Luis Carlos se encontraba fuera de peligro y que quien se hallaba grave era un escolta, herido también por las balas.

Mi memoria se trasladó de manera inmediata, y en medio de la situación angustiosa, al 30 de abril de 1984. La noche del asesinato del ministro Rodrigo Lara me encontraba de turno en la Clínica Shaio, cuando recibimos su cuerpo abaleado. Rodrigo fue compañero de luchas políticas de Luis Carlos y de los compañeros del Nuevo Liberalismo y también víctima del narcotráfico. Las noticias de la radio en la noche de su atentado eran imprecisas, al punto de que cuando llamé a mis padres desde el servicio de urgencias para avisar de su muerte, mi hermana menor afirmó que no podía ser cierto porque la radio decía que Rodrigo se encontraba fuera de peligro y que quien había fallecido era un escolta. Yo, con su cadáver frente a mí, tendido sobre una camilla, le reafirmé que lo dicho por la radio no era cierto.

¿Las noticias confusas que escuchábamos por la radio en la noche del 18 de agosto eran erradas y se convertían, al oírlas, en una premonición? ¿Un déjà vu de las noticias de 1984?, me pregunté mientras el camión nos llevaba a Bosa, con el tráfico pesado de un viernes por la noche y la confusión de la gente que se movilizaba con afán y angustia hacia sus casas, después de haber escuchado la noticia en los medios de comunicación, y temerosa por cualquier reacción ciudadana ante el atentado.

Muchos recordaron el Bogotazo, aquel 9 de abril de 1948, cuando las turbas destruyeron a la ciudad después de la muerte de Gaitán. Me rehusaba a pensar que algo así volvería a ocurrir; primero, porque íbamos en esa ambulancia con el equipo para impedirlo y, segundo, porque el discurso político de Luis Carlos siempre evitó estimular la violencia y la lucha de clases sociales; además invocó de manera reiterada el destino común que tenemos los ciudadanos de este país, sin distingos de ninguna especie.

El trayecto hasta Bosa me pareció largo, eterno. Llegamos a un hospital local pequeño, ubicado en una calle estrecha en la que apenas cabía el vehículo en el que nos transportábamos. No alcanzamos a bajar del camión-ambulancia cuando nos dijeron: “Al doctor Galán lo trasladaron a Cajanal”. “¡Caramba!”, pensé. “¡Qué despelote!”.

Corrimos de regreso hacia donde habíamos partido inicialmente. La ansiedad incrementaba, la impotencia también, mi confusión aumentaba, sentía el corazón palpitar más rápido, aunque intentaba imponerme conservar la calma. “Carajo, pero si les dijimos que lo mantuvieran aquí”, pensaba.  

El desorden era mayúsculo, todo era improvisado, no existía protocolo alguno para urgencias semejantes, y, si existía escrito, no se conocía. Después nos enteramos de que mientras estuvo en Bosa los guardaespaldas compraron suero fisiológico y lactato de Ringer en la droguería frente al hospital para aplicación endovenosa, que el personal médico le administró enseguida debido a su alarmante pérdida de sangre.

No había manera de hacerle una transfusión, las capacidades del centro asistencial eran insuficientes. Esa era la verdadera razón de su traslado a Cajanal. Regresábamos por la Autopista Sur cuando de la nada aparecieron cuatro motociclistas de la Policía Nacional, pasaron frente a nosotros, lo que me pareció una suerte de custodia. Dos adelante y los otros dos resguardándonos, uno a cada lado.

En realidad no sabíamos dónde estaba; la radio comercial, nuestra única guía, no decía nada nuevo, las mismas noticias confusas, aunque se suponía que nosotros llevábamos el equipo médico-quirúrgico salvador. El cirujano cardiovascular, un hombre alto, delgado, de rasgos finos y cabello negro, de apellido Manzanera, que iba en el vehículo con nosotros, dijo:

—Oigan, estos policías deben saber dónde está el doctor Galán, paremos y preguntémosles. —Así lo hicimos.

—¿Cómo?, ¿ustedes no lo llevan?, ¡nosotros pensamos que estaba en esa ambulancia! —Fue su respuesta.

¡Qué frustración! ¡Cuánta impotencia!, pensé; por lo menos en Mogotes sabía adónde debía llevar a los pacientes. El conductor de la ambulancia mencionó que había visto personas aglomeradas al frente del Hospital de Kennedy cuando pasamos. Nos devolvimos y, al llegar, la gente agolpada ya conformaba una pequeña multitud.

Entramos al hospital y nos dijeron que, efectivamente, allí estaba, lo habían trasladado a cirugía. Corrí por los pasillos de un hospital que no conocía, sin pensar ni calcular, dispuesto a llevarme por delante a quien se me atravesara o a lo que hubiera en el camino, con una mezcla de ansiedad y rabia contenida. Guiado apenas por la intuición y la señalización, ingresé a salas de cirugía sin vestido quirúrgico ni medidas de asepsia.

Alguien, a quien no identifiqué, trató de detenerme con algún argumento, no le puse atención y continué mi carrera hasta que llegué a una de las salas quirúrgicas más iluminada. Allí debían estar él y el equipo médico-quirúrgico. Entré al quirófano y me encontré con su cuerpo sobre la mesa. Mis esperanzas de poderlo ayudar se esfumaron.

En medio de mi tristeza y mi dolor, con una sensación de escalofrío que recorría mi cuerpo, y la rabia junto con el llanto contenidos, me acerqué a la mesa quirúrgica, constaté en su cuerpo el esfuerzo realizado por los médicos para salvarlo y me concentré en sus facciones hermosas, su cabello crespo, su frente prominente, su nariz aguileña y sus ojos cerrados para siempre.

Yacía exangüe, pálido por completo. Muerto. Una gran frustración y un profundo dolor se apoderaron de mí. Solo, a su lado, lloré. Los médicos de turno intentaron todo lo posible y de nada sirvió. Por mi parte, sentí que le había fallado, no lo había ayudado y tampoco había estado allí, así fuera para acompañarlo en el momento de su muerte.

Si además de acallarlo los asesinos habían intentado ultrajarlo o atormentarlo, fallaron. En primer lugar, porque lo que evidenciaba la expresión de su rostro era una serenidad que irradiaba paz, se veía dormido sin asomo de sufrimiento. En segundo lugar, porque sus ideas se robustecerían con su muerte, como él manifestó.

Llamé a mi casa para referirles los hechos. Igual, quería asegurarme de que estuvieran bien. Me quedé en el hospital para acompañar a Gloria, su esposa, a sus hijos y, por supuesto, a mis padres y mis hermanos, quienes arribaron paulatinamente. También para ayudar en los trámites de rigor, la autopsia y los arreglos en coordinación con la Presidencia de la República, que incluían el traslado del féretro a la cámara ardiente en el Capitolio Nacional.

La desolación fue total. Ante esa especie de viacrucis en la búsqueda de la atención médica indicada, del cual había sido testigo y hasta protagonista, no podía aceptar las declaraciones del secretario de Salud: “El doctor Galán recibió la atención suficiente y oportuna”. Así se lo manifesté cuando me recibió en audiencia, en compañía de uno de mis hermanos. No sólo no obtuvo la atención suficiente y oportuna, sino que la que recibió fue de regular calidad, sin ninguna organización. Por eso no podía estar de acuerdo.

Desde la perspectiva del sistema de salud, la pregunta clave era si la organización de los servicios le había ofrecido a Luis Carlos la oportunidad de sobrevivir. La respuesta fue negativa y allí radicaban mi queja y mi preocupación. El punto en discusión no era que la herida hubiera sido muy grave; sin embargo, ese fue el argumento de defensa del secretario.

No tengo dudas de la voluntad, el trabajo y el esfuerzo hecho por los profesionales de  la salud que lo atendieron con los medios que estaban a su alcance para tratar de salvarlo. Justamente ese fue el problema: los medios con que contaban eran insuficientes. De hecho, días después me encontraba yo en la Shaio con el ajetreo cotidiano, y uno de los cirujanos cardiovasculares me buscó para comentarme el caso de un paciente con una herida idéntica de bala en la aorta abdominal, tan grave como la de Luis Carlos. Quería compartirme que el paciente había salido adelante, le suturaron la aorta, y en estado aún crítico lo acababan de trasladar a la unidad de cuidados intensivos. A este paciente, afortunadamente, sí se le pudo ofrecer la oportunidad de sobrevivir.

* El evento de lanzamiento de la obra el autor conversará con el exministro de salud y rector de la Univcersidad de los Andes, Alejandro Gaviria.

Día: Jueves 7 de noviembre

Hora: 6:30 p.m.

Lugar: Biblioteca Los Fundadores (Gimnasio Moderno). Carrera 9 374-99, Bogotá.

 

889887

2019-11-06T16:20:28-05:00

article

2019-11-06T16:20:28-05:00

npadilla_1133

none

Especial para El Espectador

Nacional

“Lo intenté, pero no pude salvar a Luis Carlos”: médico Augusto Galán Sarmiento

86

14733

14819