Los 70: del Septiembre negro a la Libreta de Apuntes

En esa década, Guillermo Cano cubrió unos Juegos Olímpicos manchados de sangre, asumió solo la dirección de El Espectador tras la renuncia de su padre, distanció al diario del liberalismo y comenzó a escribir su Libreta de Apuntes. Fue el preludio de su trágica muerte.

“Para ser periodista en Colombia hay que ir a El Espectador. Allá están dos grandes maestros: Guillermo Cano y José Salgar”. Se lo dijo Gabriel García Márquez a su primo Óscar Alarcón a finales de los 60, cuando este, que terminaba el bachillerato, le confesó al futuro nobel de literatura que le interesaba el mundo de las noticias. Más allá de la gratitud que Gabo se reservaba para el diario, donde había publicado sus primeros cuentos y crónicas, su opinión sobre lo que significaba ejercer el oficio allí da una idea del prestigio con que el periódico salía de esa década para afrontar los difíciles años 70. (Vea el video: "Guillermo Cano, el jefe que nunca regañaba": Óscar Alarcón)
 
El Espectador y Guillermo Cano eran, en ese momento, referentes nacionales: el uno por ser un diario clave para conocer el devenir del país; el otro por oficiar (junto a su padre, Gabriel) como su timonel, rótulo apropiado para quien debería lidiar con los fuertes vientos que soplaron en la política de esa década y, producto de ello, dar virajes editoriales estratégicos que, ante nuevas realidades, no le impidieron mantener los principios que le habían dado vida a esa aventura periodística.(Vea el especial 30 años sin Guillermo Cano)
 
Era una aventura amplia, y muestra de ello, para el caso de los 70, fue la apuesta de don Guillermo por irse hasta Munich (Alemania) a cubrir los Juegos Olímpicos de 1972 de la mano del cronista deportivo Mike Forero. Sin embargo, esas justas, que con todo y la dureza propia de la competencia suelen ser vividas como un escape a las crudezas del mundo, terminaron convertidas en un festín de sangre que tenía los principales ingredientes de un lío político internacional: el martes 5 de septiembre un comando terrorista palestino llamado Septiembre negro asesinó a 11 atletas israelíes y a un policía alemán. (Lea: Cuando los juegos no son juegos) 
 
En un acto realista, don Guillermo ya había escrito, días antes, que unos Olímpicos difícilmente podían abstraerse al juego político. Confirmada su tesis con aquella tragedia, redactó desde allí: "Una Olimpiada mundial que se acerca a su clausura con un funeral en los estadios es una olimpiada muerta. Como en los circos, el espectáculo debe seguir. Pero es evidente que ni por las venas de los atletas, ni por las arterias de los espectadores circula la misma sangre alegre, emotiva, apasionada. A unos y a otros también los ha herido el comando palestino que asesinó al israelí en su propia casa".
 
En Alemania, ese duro episodio lo llevó a ocuparse de las urgencias de la realidad política. En Colombia era esa la obligación diaria que traía consigo ser codirector de El Espectador. Y los 70, puntualmente, transcurrieron con movidas del establecimiento que fueron determinantes para la vida posterior del país. 
 
La década comenzó con el último gobierno del Frente Nacional, el de Misael Pastrana, que había sido elegido como el candidato conservador en una reñida y tensa convención que don Guillermo reseñó con el siguiente titular: “Al rojo vivo la convención azul”. Un chispazo del desenfado que también alumbraba a ese periodista tímido. El periódico apoyó al presidente a pesar del alboroto por el presunto fraude que lo había llevado a la victoria, pero eso no significó deponer la visión crítica.
 
El 2 de enero de 1974, siete meses antes de que Alfonso López Michelsen asumiera la Presidencia, don Guillermo tomó las riendas del diario ante la renuncia de su padre. Era una movida ligada al jaleo político. Gabriel Cano había utilizado su tribuna para impulsar la candidatura presidencial de su amigo Carlos Lleras Restrepo por encima de la de López. El Partido Liberal, sin embargo, decidió otra cosa, y al verse derrotado, el curtido periodista anunció su retiro de la dirección después de 24 años en el cargo. "El jefe supremo", como lo llamaba don Guillermo, había sido el tercer director de El Espectador.
 
La redacción ya conocía el talante de quien quedaba al frente en esa nueva etapa. “Guillermo Cano dirigía sin regaños, con una calidad que le hacía sentir a uno satisfacción de trabajar con él”, recuerda Óscar Alarcón. “Llegaba entre 8:30 y 9:00 de la mañana, caminaba por toda la redacción y, cuando llegaba al sitio donde estaba la correspondencia, ahí de pie comenzaba a ver los sobres. Y comenzaba a decir: ‘hay tal cosa’, ‘hay que hacer esto’, ‘hay que seguirle el ritmo a aquello’, ‘¿qué pasó con esto?’, ‘¿por qué El Espectador no lo sacó?’. Iba dirigiendo, repito, sin regaños”.
 
El diario se fortaleció. Crecía en las regiones “con ediciones especiales en Antioquia o la Costa Atlántica (…), con la Revista del Jueves, de Gloria Luz Cano, la edición dominical de Julio Nieto Bernal o el abanico de mujeres renovado con Margarita Vidal o María Teresa Herrán a la cabeza”, escribió Jorge Cardona, hoy editor general, en una semblanza del entonces director. María Jimena Duzán –hija de Lucio Duzán, que también trabajó al lado de don Guillermo– llegó al equipo como reportera y columnista tras la muerte de su padre en 1976. (Lea: Tres mujeres inolvidables de El Espectador)
 
En el resto de la década, don Guillermo capoteó al frente del diario los mandatos de López Michelsen (1974-1978) y Julio César Turbay (1978-1982). Y aunque el periódico era de estirpe liberal (en sus oficinas, por ejemplo, despachó la Dirección de ese partido en la dictadura de Rojas Pinilla) eso no significó un respaldo natural –mucho menos ciego– a las obras de esos políticos de trapo rojo. Es más: no solo mantuvo su línea crítica, sino que, al final, el balance del director fue tan crudo como directo: "ocho años de malos gobiernos". (Vea el video: "Guillermo Cano fue mi brújula ética": Juan Gossaín)
 
A López lo rondaron los cuestionamientos por corrupción, de los que fue una muestra protuberante el escándalo por el cambio de trazado de la vía al Llano, que valorizaba su hacienda La Libertad. El Espectador le hizo un seguimiento detallado al caso. Con Turbay las diferencias eran tan hondas, que se manifestaron desde años antes de que este fuera presidente. Ya en el poder, el periódico fue tan vertical al cuestionar políticas como el Estatuto de seguridad, que el discurso oficialista lo graduó de opositor. 
 
Don Guillermo respondió así en una de sus primeras Libretas de apuntes, el 15 de julio de 1979: “Si es oposición disentir de la tesis gubernamental y militar, acolitada por sus voceros oficiales u oficiosos, de que la tortura se justificaría por cuanto los presuntos torturados han cometido o han incurrido también en la tortura –la ley del talión–, si eso es oposición, entonces somos un diario de oposición…”. Esto terminó por distanciar al periódico del liberalismo, además porque, consciente del contexto mediático internacional de ese momento, escribió, “los periódicos son cada vez más independientes de los gobiernos, más dedicados por completo a informar y a orientar según su honesto saber y entender”.
 
El país, además, comenzaba a desbarajustarse por cuenta del narcotráfico. En los 70 Colombia no solo vio nacer una nueva guerrilla (el M-19), sino que transitó de un mercado productor a uno exportador de droga. Fue la década que vio nacer la “Bonanza marimbera” y en la que el nombre de Pablo Escobar se consolidó dentro del negocio de la cocaína. Con tanto por decir e impulsado por su padre, don Guillermo comenzó a escribir su Libreta de apuntes en julio de 1979. Se paraba en esa nueva tribuna con la seguridad que le daba su vasta experiencia en el oficio, sus 54 años y un corazón recio que ya había soportado un infarto. La amenaza de una muerte natural que nunca llegó.