Los Dosgutiérrez

Los Dosgutiérrez son toros hechos a verdad. No digo de verdad. Y, como en toda ganadería de bravos -o no-, unos sirven y otros no....

EFE

 Pero un toro bravo es un animal consentido desde que nace. Se le mira desde antes de que la mamá lo bota de cabeza hacia la vida hasta que sale de la plaza, aplaudido o no. Una pasión sostenida lo rodea, lo cría, lo hace. Y son bravos desde terneros, vienen a lo que vienen, a defender el lugar donde nacieron. Hay que sentir los toros para poder entenderlos, me dije un día: quiero saber a qué sabe dejar pasar un animal bravo a mi lado. No un toro, una becerrita. El ganadero se rio con picardía de mi aclaración. Y me soltó una becerra en el tentadero de su ganadería. Pretencioso, quise que, sin más, el animalito siguiera el capote, sin darme cuenta de “que lo que ella quería es tu pierna”, como me dijo Antonia, mi nieta, que –a veces– me acompaña a una corrida. Sentir pasar una animal que busca desaparecerlo a uno de la vida –no sé si matarlo, que sería menos grave– es una experiencia, así el bicho –como me pasó– no pase y se estrelle contra la humanidad del que lo cita. Ahí la cosa es otra cosa. Sentirse luchando por la vida con un animal bravo durante escasos 20 segundos es entender que uno hace parte de lo viviente y comenzar a tomar distancia frente a toros, toreros y criadores. Es la dificultad que siento desde entonces para escribir sobre la fiesta brava, porque además, no se puede dejar de ver también lo malo y lo feo, y de decirlo; una dificultad que se vuelve más pesada ahora cuando el electorerismo nos tiene amenazados. Pero hay que escribirlo, por lo menos en mi caso, para que Antonia sepa qué pasó con toros que ella ha visto en el potrero: serenos, solemnes, atentos. Porque, Antonia, esos toros que parecen fieras cuando salen a la arena, no llevan ira en sus cuernos. Matan, pero sin ira; no hay nada vengativo ni criminal en su reacción ante un territorio desconocido que sienten obligación de defender de entrada o de apropiárselo y –repito– quieren desaparecer lo que se les ponga por delante, así sea un burladero. Todos los Dosgutiérrez salieron a la plaza con ímpetus, con ganas –diríamos nosotros los que mirábamos– de ser toreados. Los tres primeros, a pesar de las intenciones de los diestros, y de los tendidos llenos y del sol pleno, fueron decayendo, ahorrando embestidas, entreteniéndose con los colores y los movimientos del público. El primero de estos tres persiguió los caballos de Diego Ventura –un hispano con cara de gitano, gran rival de Hermoso de Mendoza– quien castigó un extraño con un rejón fuera de ley. Tú sabes que aquí hay leyes que defienden la dignidad de la muerte del toro. Ventura tiene un caballo bayo, que llama Oro y lo es por lo atento, valiente y templado. Tiene otro caballo que muerde al toro y otro que se arrodilla. Cosas de circo. Lo aplaudieron, pero le cobraron el rejón extra.

El segundo fue un toro bonito llamado Llorador que salió también buscando estrellas a medio día. Lo toreó Paco Perlaza, un buen torero que ayer quería borrar el anuncio que había hecho de retirarse. Y claro, no quería retirarse sino borrar la mala suerte que había tenido en Cali. Hay mucho de niño en los toreros, basta mirarlos sin traje de luces o mirarles los ojos asustados antes de las corridas. El toro no estaba para fiestas, quería irse como cuando a uno lo invitan a un cumpleaños los primos desconocidos. A veces bajó la cabeza como hacen los bravos y nobles y el torero así se lució toreando al centro, donde el toro extraña más a la mamá. Paco se dio gusto con esos muletazos. Y cuando a un torero le gusta lo que hace, les gusta también a los que lo miran, y al toro, claro. Por allí comienzan los olés. Con la mano zurda toreó poco, es un lado donde siempre se corre peligro. Lo mató, para no decir más, como nada más dijo el público. Con el tercero de la tarde las cosas para el ganadero, para la afición y para los toreros comenzaron a mejorar. La tarde cedía. Se llamaba Esmeraldero y el torero iba de verde esmeralda y tenía un lucerito en la frente. Salió galopón, como preguntando quién quiere probar suerte conmigo. El Cid, el torero, tiene un ojo que mira más a la izquierda y, quizá por eso, hace todo lo que hace con ella, sobre todo con un toro que mete la cabeza en la muleta de una manera, digamos, íntima. Peleó de igual a igual con el caballo midiéndose fuerza y aguante. El Cid volvió a torearlo con la mano izquierda y también, para ser justo, con la derecha. Invitaba al toro desde lejos y el toro unas veces aceptaba otras no. En una de esas, para cerrar su faena, se lo pasó por el pecho –para no decir, el corazón–. Le dieron la oreja. Y la plaza lo aplaudió. El nombre del toro y el color del traje del torero parecerían haber hecho su oficio.

De nuevo Ventura. Dos vueltas con la garrocha arrastrada y de culo metió a Cigarrera, una yegua alazana quemada, a la puerta de los sustos. Se trataba de salir con el toro “arriebatado” al rabo de la bestia. Pero salió antes el jinete y fue como hacer una puerta de gayola de salón. Llevó al toro –un perseguidor con fijeza– toreado en caracol hasta el centro y allí le puso los rejones. Lo templó sin dejar de tensar la cuerdita imaginaria que va del hocico al estribo; le hizo piruetas en la cara y contra las tablas. O, para que me entiendas: metió a su caballo, Morante, en el huequito entre las tablas y el toro, donde sólo cabía el caballo, y allí hizo que el caballo diera la vuelta entera para salir los tres –toro, caballo y torero– mirando para la misma parte. Hizo muchas otras cosas así de peligrosas, tan limpias y bellas –sobre todo para sus caballos–, que todo el mundo pidió dos orejas cuando el toro cayó muerto y Ventura se desmontaba para usar la espada de los toreros.
A Perlaza se le tuvo que cambiar su segundo toro por el sobrero –refrendado eso de que no hay quinto malo– porque dio un volantín –vueltecanela– y se partió el cuello. Era un toro muy pesado que se untaba de arena la nariz –o belfos, que llaman–. El quinto fue la maravilloso, el toro que todos, hasta los que no van a toros, quisiéramos ver. Un deseo metido en un cuero. Se llamaba Mañico y había sido el más admirado en los corrales. Un toro buen mozo, como hecho con la mano, que agregó bravura a su belleza. Pasaba y se repetía, casi dándole él la distancia que el torero necesitaba para que el torito volviera a pasar. Un acorde entre uno y otro, que en los redondos no se distinguía quién era quien. Muletazos hondos con la derecha pero pandos con la izquierda. Un toro de bandera que mereció la vuelta al ruedo mientras el torero se limpiaba el sudor que le costó la faena para salir a recibir un aplauso cerrado y una oreja.

El Cid recibió al último toro por delantales. Es como si el torero toreara con una pollera, uno contra el otro y sin despegarlos de la arena. Es andaluz y sabe manejar la capa, que –descubrí– es pesadísima aunque en manos de esos toreros agitanados parece volar. Con ella lo llevó al caballo sin dudas, como cuando de niña te llevé al colegio la primera vez –sabiendo lo que te esperaba, inevitablemente– y te dejé en la puerta del salón. El Cid comenzó a torearlo con la mano izquierda –es zurdo el hombre– y casi no dejó de hacerlo con esa mano. El toro pasaba, volvía tomar aire y volvía a embestir, una y otra y otra, así, hasta cinco o seis veces, con un detalle: daba un pasito hacia el toro acercándosele cada vez más. Un centímetro de más y podía haber sido un torero menos. Toreros así les dan confianza a sus toros hasta que estos sueltan lo que llevan amarrado por los miedos y entonces la faena se vuelve franca y eterna. Habrían sido dos orejas, pero la espada no obedece al torero sino a la suerte.

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