Los niños de La Guajira van a morir a Barranquilla

Este año ya van 41 casos, una cifra que supera la totalidad de muertes ocurridas en el 2015.

Archivo El Espectador

La alarma se encendió una mañana en Barranquilla. Hasta la Clínica Reina Catalina fue conducido un bebé que conmocionó a todo el personal porque tenía alto nivel de desnutrición. Su vida corría peligro.

La noticia se regó rápidamente en la ciudad se supo su origen. Venía de La Guajira, una región que recibe millonarias regalías de cuatro fuentes de recursos, pero en donde la población infantil se está muriendo literalmente hambre.

El del domingo pasado, no fue el primero. Los enfermeros de la Clínica Reina Catalina, creen que tampoco será el último.

Este año ya van 41 casos, una cifra que supera la totalidad de muertes ocurridas en el 2015.

Según Ligia Marcela Hernández, nutricionista del Instituto Colombiano Bienestar Familiar zona hipódromo, los casos remitidos por lo general obedecen a trastornos patológicos, la mayoría de veces irreversibles.

Las remisiones provienen de 86 comunidades de la etnia wayúu, principalmente de las comunidades Marañamana, de Maicao; Pelechua, de Rioacha, y  Sashumana y Manzana, en la jurisdicción de Manaure.

En esas zonas la tasa de mortalidad infantil reportada por el Dane, indica que están falleciendo 35 de cada 100.000 niños menores de cinco años, por desnutrición.

Las cifras son similares a las que hoy registra Sudan del Sur, en África oriental, en medio de la conmoción mundial.

El problema de La Guajira es complejo, según anota Arturo Molina López, coordinador del Proyecto integral de la fundación Alpina para la ayuda a las comunidades wayúu.

Cuando no hay lluvia la población padece escasez de hortalizas, verduras, tubérculos y frutas. Sin agua y sin alimentos los niños, principalmente, enferman.

Cuando ello ocurre, las familias acuden a la medicina tradicional, conocida entre los indígenas como Outsü. Cuando los rituales de curación no funcionan, entonces los padres aceptan trasladarse a un hospital arijuna de la región, desde donde los remiten finalmente a Barranquilla.

Por eso, junto con la alerta del personal médico y paramédico del Atlántico, la Defensoría del Pueblo ha montado en las clínicas de la ciudad una especie de campamento permanente para hacer seguimiento y acompañar a los familiares en el duro trance.

*Estudiante de la Universidad del Norte