Los Súper Humanos ayudan a luchar contra el hambre en Guaviare

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Una idea lanzada en redes sociales movilizó a la Cruz Roja Seccional Guaviare, la Gobernación, la Alcaldía y el Ejército. Más de 1.500 familias han recibido su apoyo alimenticio.

Todo comenzó con una idea en una noche de marzo. El diseñador gráfico Darío Montoya propuso a través de Facebook recoger comida y ayudar —en el marco de la emergencia sanitaria por la pandemia— a las muchas familias que dependen de la informalidad en San José del Guaviare.

La idea de Montoya tuvo eco rápidamente en otros sectores y personas que también estaban buscando la forma de aportar. Fue el caso de Franf Garzón, oficial de la reserva del Ejército y director de Competitividad y Desarrollo Regional de la Cámara de Comercio de San José, quien se puso en contacto con Montoya y le propuso crear una estrategia en conjunto.

“San José es un municipio de sexta categoría y tiene altos niveles de desempleo. La gente depende del turismo y de la informalidad. Con todo frenado, muchas personas pasarían necesidades”, afirma Garzón.

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Hace cuatro años él creó el proyecto Súper Humanos, una iniciativa para dar conversatorios sobre motivación, coaching y programación neurolingüística en comunidades apartadas. De ahí que decidiera adoptar ese mismo nombre para el banco de alimentos. “Súper humanos porque le damos el poder a la gente de ser héroes y que su bondad lleve comida a muchos hogares”, explica.

El 22 de marzo se reunieron con otros dos voluntarios: Juan Carlos Velandia y Ángela Moreno, y poco a poco se fueron sumando personas e instituciones como la Cruz Roja Seccional Guaviare, la Gobernación, Alcaldía y miembros del Ejército.

Por medio de redes sociales difundieron su iniciativa y muy pronto llegaron ayudas de otros sectores: familias, supermercados, empresas, ONG y organizaciones internacionales. Incluso la comunidad les prestó una casa y una bodega para almacenar, desinfectar y empacar los mercados. Recibieron toneladas de pescado, frutas, verduras, grandes cantidades de leche y también pequeñas donaciones. Con la articulación interinstitucional, lograron incluir a los ciudadanos en otras bases de datos en caso de que fueran beneficiarios de ayudas del Estado.

“Recogimos alrededor de $100 millones representados en donaciones”, estima Garzón. Él cuenta que, como recibían cientos de llamadas y mensajes a diario, crearon una base de datos con información básica de las familias y una descripción de la situación en la que se encontraban, para así solicitar ayuda de entes gubernamentales. De acuerdo con el registro, 1.500 núcleos familiares recibieron mercados, sin contar unas 400 que no alcanzaron a registrarse.

Montoya comenta que además dieron acompañamiento social, llevando psicólogos a personas que lo solicitaban e incluso, con ayuda de la Personería y la Policía, lograron conseguir una casa para un hombre que vivía a la orilla de un caño, un lugar adonde llegaban las aguas negras.

Con el paso del tiempo disminuyeron las donaciones y la reactivación de la economía supuso que los voluntarios debían volver a sus trabajos. Todavía reciben y entregan donaciones, también usan la página de Facebook para visibilizar emprendimientos y “si alguien necesita ayuda y nosotros en ese momento no tenemos alimentos, contamos la historia y dejamos el teléfono de contacto para que la gente pueda ayudar”, indica Garzón.

Al preguntarles cuál ha sido el éxito de la iniciativa, comentan que, por un lado, funcionó la difusión por redes sociales, pues cada noche realizaban una transmisión mostrando cómo las donaciones beneficiaban a familias necesitadas. Además, lograron reunir a muchas personas que deseaban ayudar, “así no estaba cada uno por su lado, sino todos dentro del Banco de Alimentos Súper Humanos”, enfatiza.

Las cabinas de desinfección

Mientras los Súper Humanos le apostaban a unir esfuerzos para llevar comida a los hogares más vulnerables, en otro lugar de San José del Guaviare el propósito era tratar de contener el aumento de contagios.

Cuando comenzó la pandemia, cuatro bomberos voluntarios del municipio decidieron crear con sus propios recursos una cabina de desinfección y ubicarla en la entrada del departamento, exactamente en Puerto Arturo. Edwin Yesid Torres trabaja en el SENA, Wilmer Olimpo Villamil es profesional en gestión de seguridad y salud en el trabajo, Andrés Mauricio Correa es ingeniero civil y Luis Miguel Maldonado es estudiante de ingeniería civil. Juntos diseñaron y construyeron la cabina “para aportar un granito de arena y evitar que el COVID-19 llegara al departamento, pues en ese momento todavía no había casos”, señala Torres.

Villamil explica que esta primera cabina funcionaba “con una electrobomba, tenía un recipiente y generaba la microaspersión”. Tiempo después, la Gobernación les dio recursos y materiales para construir otra cabina, que tenía algunas mejoras, como un sensor de movimiento.

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Explica que después el Ministerio de Salud indicó que el uso de estos elementos se tenía que hacer con mucha precaución, pues podrían generar una falsa sensación de seguridad y efectos secundarios por los químicos. Entonces decidieron crear dispensadores de gel antibacterial y lavamanos portátiles. “De ahí nació una idea de negocio que llamamos Eola Soluciones, lo que inició con la intención de ayudar se convirtió en un empleo para nosotros, especialmente para los que no teníamos trabajo”, cuenta Villamil, quien brinda asesorías y capacitaciones a las empresas, pero se quedó sin empleo a causa de la cuarentena. También recuerda que un diputado de la región les solicitó otras cuatro cabinas y las donó a zonas rurales, en donde la comunidad instaló puestos de control.

Dicen que la creación de cabinas se podría retomar usando un producto químico creado en Medellín, sobre el cual “demostraron que combate el virus, es seguro y bioamigable”, afirma Villamil. Resalta que meses después, aunque bajaron las ventas, continúan con su emprendimiento, incluso les venden a instituciones públicas y organizaciones.

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