Luz a medias en el siglo XXI

Aunque el Gobierno ha creado proyectos de energías convencionales y renovables, los habitantes de Isla Fuerte, en el Caribe colombiano, aún no han podido estar conectados por completo.

La casa bioclimática, alimentada por energía solar, hace las veces de biblioteca. / Fotos: Sergio Silva

Isla Fuerte es un trozo de tierra somnoliento. Es un pedazo de selva de tres kilómetros cuadrados que poco a poco se ha ido tragando el mar, que pasó de ser un retazo desconocido del golfo de Morrosquillo al que los turistas llegaban por puro azar a un pequeño paraíso que han ido parcelando algunos cachacos. Aquí, en este corregimiento de Cartagena donde el verano es arrollador y las temperaturas sobrepasan los 30 grados centígrados, no hay alcantarillado, ni agua ni luz. O mejor, sí los hay pero a medias. Agua en pozos profundos y luz de 6 de la tarde a 6 de la mañana. Y eso es suficiente para que buena parte de los 2.000 habitantes estén satisfechos. Así hayan tenido que ver a pedazos el Mundial. Al fin y al cabo, la energía eléctrica sólo la vinieron a conocer hace cinco años.

Ese enero de 2009 hubo alharaca. Por primera vez el Gobierno, con ministro, alcaldesa cartagenera y medios a bordo, había accedido a sus peticiones. Había aprobado un Conpes que permitía la instalación de una planta de gas que dio luz a unas 300 familias y permitió que unos cuantos encendieran el televisor y varios ventiladores para paliar el calor y alejar, de paso, a las bandadas de mosquitos que salen cuando se esconde el sol. Fue un logro con sabor a alivio y a progreso. Así sólo haya sido, como sigue siendo hoy, de 6 de la tarde a 6 de la mañana.

“Sólo imagínese una cosa. Imagínese el hecho de tener una licuadora. De no tener, como habíamos hecho siempre, que triturar o moler la fruta para poder hacer un jugo. Y además poder tomárselo frío porque aquí no siempre hubo hielo. Antes lo traían envuelto en fique y en cáscara de arroz desde Lorica. El bloque costaba $500. Pero no siempre se conseguía. A veces tocaba pasar el calor con esa tibieza”.

El recuerdo es de Amira, una mujer de 33 años, dos hijos y cuerpo moldeado. Es morena y no se despega de una sombrilla amarilla con la que ataja el sol. “Le pongo otro ejemplo: ¿Sabe usted qué es estudiar con una lámpara de gas toda la noche? ¿Y que uno al día siguiente vaya al colegio con los ojos cansados?”.

Pero esa vez, el gas sólo les cambió la vida a pedacitos. Pronto, quien debía aprobar el subsidio que financiaba el 90% del mantenimiento, dejó de hacerlo. Y a ellos, ya organizados en una cooperativa capacitada por el Sena, no les quedó más remedio que pedir fiado el gas a Cartagena. Y asumir los costos del carro que transporta las pipetas hasta Lorica y Paso Nuevo por más de cuatro horas. Y pagar también el bote que luego de 45 minutos las llevaba por mar desde ese caserío hasta las playas de Isla Fuerte. ¿El costo? Alrededor de $42 millones al mes.

“Quedamos con una deuda de más de cien millones. Pero para pagar no tenemos un peso. ¿De dónde? Por eso fue que luego instalaron las plantas de ACPM. Y después las de energía solar que son, en últimas, las que usted vino a conocer”. Quien habla es Justino, amable y de cuarenta y tantos, líder de la cooperativa y esposo de Leris Zúñiga. De vez en vez se palmotea los brazos, la cara y los pies para evitar que se lo traguen los zancudos.

Energía solar a medias

 Antes de que Justino y Leris terminen de contar su historia aclaran una cosa. Están infinitamente agradecidos con el Ipse, el Instituto de Planificación y Promoción de Soluciones Energéticas para las Zonas No Interconectadas. Lo dicen para que su relato no sea entendido como una crítica. Hay algo de temor. “Sólo estamos agradecidos”, repiten. ¿Cómo no? Después de todo, gracias ellos vieron la luz. Gracias a ellos dejaron de alumbrarse con velas mientras, sentados en los porches, oían relatos de los más viejos. Y oían también Kalimán, una de las tantas novelas que reproducían los viejos radios de pilas.

Después del gas, continúan, vino el ACPM. Su costo era menor: $18’600.000. La logística, la misma: de Cartagena a Lorica, de Lorica a Paso Nuevo, de Paso Nuevo a Isla Fuerte. Primero en camión, luego en bote. (A veces a algunos les gusta imaginar qué sucedería si el corregimiento perteneciera al departamento de Córdoba, si fueran una dependencia de Montería, que está a un par de horas. Todo, tal vez, sería un poco más simple. Pero eso, en verdad, poco importa ahora).

De las plantas de ACPM saltaron a un par de seguidores solares, cada uno con 58 paneles. Se los instalaron hace unos tres años buscando una alternativa de energía sostenible que evitara, entre otras cosas, que dos o tres negros macizos y fortachones tuvieran que echar a rodar mensualmente los 45 tanques azules con sus 60 galones de combustible. Los empujaban y los hacían rodar desde la playa hasta la subestación de energía. Casi un kilómetro de caminos escarpados, con cuestas pequeñitas y pedregosas. Son desniveles por los que se asoman algunas tuberías rotas. Un recuerdo amargoso de cuando hace cuatro años vinieron funcionarios cartageneros con la idea de hacer un acueducto. Cavaron pozos de 48 metros de profundidad junto a un par de tanques elevados inmensos. Pero pasaron por alto el hecho de que estas tierras carecen de energía, necesaria para las motobombas que extraen el agua. “Una chambonada”, en palabras de Miguel, un vallecaucano de 60 años que hace 40 llegó a esta isla.

Con esos paneles solares también hubo algarabía. Parecía ser la solución definitiva. Al menos lo fue hasta hace un año, cuando se dañó una pieza de no más de 70 centímetros de largo llamada Sunny Island. “Desde entonces —dice Justino— nos han dicho que la van a traer. Pero se demora un poco porque tienen que importarla de Europa. Así que, por ahora, volvimos a trabajar con ACPM. Hasta noviembre cuando nos instalen las nuevas plantas que nos prometieron. Ya hicimos lo más difícil: que nos donaran el terreno”.

Y eso implica mayor costo y a veces menos energía. “Poco a poco hemos tenido que reducir las horas del servicio. Porque estas dos plantas —del tamaño de un furgón cada una— soportan 135 kilovatios. Y una está dañada desde enero. De exigir mucho corremos el riesgo de que la otra se funda”.

Energía a cuenta gotas

 Pero en estos suelos, que los antioqueños llaman el paraíso, la idea de los paneles solares ha empezado a calar de forma paulatina. A la par que se montaron los principales se establecieron unos cuantos más: uno alimenta el centro de salud; otro, una casa bioclimática que hace las veces de biblioteca, y otro más permite que un centro de acopio tenga energía para congelar los cien kilos de pargo o los cincuenta de camarón que de vez en vez traen en neveras de icopor los pescadores. Hay 15 congeladores. Cada uno alberga 150 kilos. Hoy, sin embargo, todos están vacíos.

El panel del centro de salud mantiene activa la nevera donde se guardan las vacunas, pero es insuficiente para poner a funcionar los ventiladores de los tres consultorios y el equipo de odontología. Las consultas generales se hacen al aire libre. Citologías y procedimientos más delicados se realizan en uno de esos cuartos, cuyas ventanas no alcanzan si quiera para asomar la cabeza.

En la biblioteca, una construcción hecha en mata de corozo y piedra, hay luz para que los niños lean, se asocien con esas enciclopedias empolvadas que les dejan los turistas. Con uno que otro libro de ciencias naturales y matemáticas aplicadas. La abren los sábados. La dirige Isabel Cristina, una paisa de más de 60, simpática, cordial y ojerosa.

Hoy es martes. Son las 6 p.m. y acaba de llegar la luz. De golpe Isla Fuerte parece tener vida. Los pocos almacenes y tiendas están abiertos. Una que otra casa de concreto tiene internet. Hay gente andando en bicicleta. Aquí, en este pedazo de Caribe repleto de mangos, naranjos y nísperos no se permiten los carros ni las motos. Sólo bicicletas y mulas. Hay música. Hay bullicio.