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Malena, una trans de siete años

Al nacer le fue asignado el sexo masculino, pero desde que tiene conciencia se identifica como mujer. Gracias al apoyo de su familia, Malena inició su tránsito de género y hoy apoya a las familias de otros niños que, como ella, desean expresar su identidad de género.

Malena y su mamá defienden los derechos de los niños trans. / Fotos: Yariel Valdés González

El día que uno de sus compañeros de clases le dijo: “Armando, préstame el borrador”, ella respondió: “Es que no me tienes que llamar Armando. ¿A ver, cómo me llamo?”. El niño reformuló la petición con naturalidad: “Malena, por favor, préstame el borrador”. En ese momento, Malena tenía seis años y hacía cuatro que había empezado a enviarle señales a sus padres: aunque al nacer le asignaron un sexo masculino, ella se sentía mujer. (Preguntas Incómodas: ¿Una trans es una mujer con pene?)

“Siempre tuvo inclinación por las cosas femeninas, se colocaba toallas en la cabeza, buscaba mis zapatos y los taconeaba. Siempre pedía que la llamáramos como ‘ella’ o ‘princesa’”, cuenta su madre, Patricia, de 33 años, madre de otra joven de 15 y un niño de nueve. (Lea aquí: Indígenas trans, las rebeldes de Santuario)

Confiesa que, al principio, esperaba que fuese una etapa y se le pasara. Pero cuando Malena empezó la escuela, se hizo más evidente. “Los cuadernos, los colores, la maleta, todo tenía que ser rosado o morado y tenían que ser cosas de niña. Le explicábamos que había que comprarle cosas de niño porque era un niño, pensando todavía que se le iba a pasar”. (Lea aquí: Así fue el histórico perdón que el Estado le pidió a una lesbiana)

¿Por qué una niña es capaz de decidir con qué género se identifica? María Gabriela García, investigadora en el tema y estudiante de Psicología de la Universidad Nacional de Colombia, explica que “parte de la concepción que muchas personas tenemos es que cuando estamos chiquitas no tenemos una autodeterminación. Sin embargo, al hablar de género, las cosas propias de los roles empiezan a notarse cuando las personas tienen tres o cuatro años. Es parte de la construcción identitaria de la persona, que comienza en los primeros años de vida y dura hasta la vejez”, explica García, quien acompaña al grupo de familias de infantes y adolescentes trans, como parte de un voluntariado en la Fundación Grupo de Acción y Apoyo a las Personas Trans (GAAT), entre ellas la de Patricia.

María Gabriela García, investigadora en temas de diversidad sexual.

Una de las cuestiones primordiales en el acompañamiento a familias es ayudarlas a despojarse de la culpa que les atribuye la sociedad y, muchas veces, los parientes, por tener un hijo o hija trans. También se les acompaña en una especie de duelo, al tener que dejar atrás las expectativas creadas sobre lo que iba a ser el niño o la niña al crecer. “En la esencia, la persona sigue siendo la misma. Sigue siendo tu hijo o hija. Se trata de hacer concesiones frente a lo que esperabas”, agrega García.

Al hablar de Patricia, Gabriela afirma que se ha apoderado del tema y juega un papel importante en el grupo de familias de otros niños. Escucharla decir, sin complejos, que su hija trans tiene siete años y está bien ayuda a familias nuevas que comienzan el proceso. Sin embargo, aceptar el tránsito de su hija y llegar a ser la persona empoderada que es hoy también fue un proceso difícil para Patricia. En una ocasión llevó a Malena a que le cortaran el pelo. A medida que caían los mechones, su hija lloraba y le decía: “¿Mamá, por qué me haces esto si yo soy una niña juiciosa?”.

“En ese momento, yo me cuestioné como mamá de por qué tenía que maltratar a mi hija para seguir unas reglas binarias”, recuerda. El binarismo de género establece dos categorías: hombre y mujer, masculino y femenino, en las que todas las personas deben clasificarse y ser clasificadas. Establece, además, en cada momento histórico, las características que definen cada categoría. Cuando una persona muestra alguna característica que no corresponde con el sexo asignado al nacer aparece la vigilancia de género, que intenta corregir esas supuestas “desviaciones”.

Fue esta vigilancia la que le tocó enfrentar a Malena en la escuela. Mientras para el resto de los niños de su clase era normal referirse a ella en femenino y llamarla por el nombre que eligió, las maestras querían forzarla a ser lo que no era: un varón. “Una profesora cristiana nos llamó y dijo que eso era pecado, que había nacido varón y debíamos criarlo como tal porque no iba a entrar en el reino de Dios. Le dije que no me hablara de Dios, porque se suponía que el colegio era laico”, cuenta Patricia.

Para poder cursar el colegio en 2017, la familia de Malena tuvo que dialogar con la directora y la coordinadora y explicarles el caso. Aunque en un principio no hubo reparos, cuando se dieron cuenta de que la niña se estaba dejando crecer el cabello, la presionaron. La profesora le decía que no podía comportarse como niña en el colegio porque era un niño. En 2018 los llamados de atención subieron de tono y anunciaron que sí recibirían a Armando, pero nunca hablaron de Malena. No respetaron su nombre identitario y le hicieron firmar a Patricia actas en las que se comprometía a que su hija llevaría el uniforme de varón y tendría el cabello corto. “La profesora incluso sugirió que no transitáramos por los alrededores del colegio con ella vestida de niña, porque le dañábamos el buen nombre y el prestigio al colegio”, añade Patricia.

La familia de Malena en la Marcha del Orgullo LGBTI.

Después, cinco padres se unieron para alegar que nunca dejarían que sus hijos estudiaran con Malena, porque los niños se iban a volver gais, como si se tratara de algo “contagioso”. La directora decidió que los derechos de los demás estaban por encima de los de la Malena, por lo que ella y sus dos hermanos tuvieron que salir del colegio. “Estaba decidida a que si mi hija iba a estudiar sería con su identidad de género”, recuerda Patricia, quien tiempo después encontró un nuevo colegio, donde no importó su identidad de género.

A Malena se le violaron sus derechos a la educación y al libre desarrollo de la personalidad, por lo que sus padres presentaron una queja en la Secretaría de Educación. “El tránsito de mi hija fue una oportunidad para mí, como mamá, de aprender, de quitarme prejuicios. Yo pensaba que lo de las personas gais o trans era un capricho. Cuando le pregunto a Malena cómo sabe que es trans, me responde: ‘Porque yo lo siento en mi corazón’. Yo sé que los sentimientos no se pueden forzar”, añade Patricia.

Ella lleva a sus hijos a reuniones de familia para enseñar que hay personas LGBT, y que no son anormales y comparte en familia los momentos más importantes para Malena, como el primer día en que salió a la calle vestida con ropa femenina y de la mano de su papá. El pasado 3 de julio, Malena también desfiló en la Marcha del Orgullo LGBTI con un tutú que exhibía los colores de la bandera trans. “Si no la hubiera dejado ser, no sé qué sería de mi hija. No me la imagino deprimida, triste, ansiosa”, reflexiona Patricia.

El rechazo familiar, unido a las presiones y las burlas en el entorno escolar, generan ansiedad y estrés en las personas trans. No será así para Malena, quien cuenta con la aceptación y el apoyo de su familia. Ahora espera el cambio de su nombre jurídico, por su nombre identitario en su documento de identidad.

“Hablo del tránsito abiertamente porque quiero que Malena tenga carácter, que el día que yo no esté ella se pueda defender, que si ve que alguien la está violentando no se deje”, finaliza diciendo Patricia, la mamá que ha defendido de todos a su hija trans.

 

*Sin Clóset es el espacio de El Espectador para hablar de diversidad sexual