Manizales, con la garganta reseca

El Espectador recorrió la ciudad de punta a punta para ser testigo de las peripecias con las que sus habitantes han logrado sobrevivir.

Con mucha brega, después de 11 días sin agua, los manizaleños parecen haber aprendido a orinar menos y a salivar apenas lo necesario. Con paciencia de budistas racionalizan como pueden sus urgencias en el baño, mientras la vida se les va buscando agua caminando la ciudad. Con la garganta seca no hay tiempo para protestas ni ánimos de promover marchas de indignados exigiendo renuncias. La prioridad de estas 392.212 almas se sitúa en ese escenario primitivo de garantizar la supervivencia y saciar la sed sin tregua, capoteando en el entretanto una emergencia sanitaria en ciernes que tiene prácticamente paralizada a la capital mundial del agua. Qué ironía.

Unos mil nacimientos de agua han paliado el desastre. De no haberlos tenido, dicen, el pánico habría dictado otras circunstancias ominosas que habría de recoger la historia. Pero de las montañas sigue manando el líquido. Al principio la gente sólo apuraba a poner los baldes y esperaba a que se llenaran. Dependiendo de la presión del chorro tardaban más o menos. La multitud hacía cola las veces que fueran necesarias para tranquilizar los fantasmas de la escasez. Pronto se fueron desarrollando grifos rudimentarios que canalizaban el agua, tubos de pvc, un pedazo de teja, guaduas cortadas al medio, boquillas de gaseosas dos litros, una tabla arqueada de una cama... Lo que fuera. El Espectador fue testigo.

En ese encuentro de necesidades los manizaleños van soltando sus pequeñas tragedias. Allí desahogan sus rabias, exorcizan sus temores, se interrogan, inventan chistes que en poco tiempo trascienden las redes sociales; se quejan de la política, del lumbago que los jodió cuando cargaron un porrón, del dolor de hombros acostumbrado de las carretas humanas. Ahí, al pie de la montaña o esperando el carrotanque que no llega, en una suerte de terapia colectiva, la gente sonríe con el sarcasmo que encarna la calamidad. Y se indigna. Miguel Cruz —76 años, gorra gris de rockstar, manos encallecidas— pone un ejemplo de tantos: “Qué tal el alcalde Juan Manuel Llano, diciendo que en la ciudad agua sí hay y que la diferencia es que ahora les llega a todos en carrotanques. Que no abuse de nuestra paciencia”.

El 19 de octubre pasado una avalancha de 190 mil metros cúbicos de tierra dejó sin operación la planta Luis Prieto, de Aguas de Manizales. De tajo casi 400 mil personas quedaron sin el suministro del líquido. Tres horas antes, tal como lo reveló este diario, en reunión extraordinaria del Comité de Atención de Desastres, el gerente de Aguas, Álvaro Andrés Franco, le restó importancia a un eventual daño a la planta por algún deslizamiento, en tiempos en los que arreciaban las lluvias, y dejó constancia de que la empresa disponía de planes de contingencia necesarios para atender cualquier riesgo. Corpocaldas, en contravía, había alertado del peligro desde mayo. Sus denuncias tuvieron el final triste de la advertencia desoída.

Luego se supo que la planta alterna de Niza, afectada por los estragos del invierno del año pasado, tampoco podía ser utilizada. A destiempo fueron trascendiendo detalles que enervaron la paciencia de los ciudadanos. El lapso estimado para arreglar el entuerto fue corriéndose. Se suspendieron clases en jardines, colegios y universidades. Las ligas deportivas cerraron a fuerza —¿quién busca hacer ejercicio en estas épocas, distinto al de cargar porrones y baldes?—, la actividad cultural clausuró cualquier espectáculo posible, hasta los partidos de fútbol en el estadio Palogrande entraron en suspenso. La ciudad trabaja a media marcha. “Parece un domingo siempre”, dice alguien.

A los postes de Manizales no les cabe un cartel político más. Algunos aprovecharon la tragedia para feriar votos en compraventa, como lo denunció la propia Alcaldía. Ya es costumbre. Los mercados y las tejas no atraen mucha clientela en estos días secos. Pero comerciar con el agua viene siendo el pozo de la miseria por el poder. Rodrigo González —vigilante, 58 años, tres hijos, un nieto— lo resume así: “Los políticos están más sedientos de votos que los ciudadanos de agua”. Rodrigo vive en Bosques del Norte, uno de los arrabales de la ciudad. Dice que no le queda tiempo para protestar, que apenas se rebota su mujer le recuerda que las reservas del líquido en sus baldes están al mínimo, que toca recoger agua, que los baños huelen mal, que no hay con qué hacer aguadepanela, que cuál olla va a hervir si está en ceros. No le queda de otra que tragarse su enfado y volver a hacer cola.

En ese barrio algunos niños corren descalzos sorteando las piedras de un barrizal y en la cañada a lo lejos donde se lava ropa, se asean muchos y se recoge agua, las filas se suceden en escenas repetidas. Un improvisado tubo blanco es usado como canaleta. Los más cansados voltean los baldes y toman un descanso al mediodía. José tiene nueve años, cuatro hermanos y una carreta de dos ruedas. En el día alcanza a recoger 11 baldados de agua. En eso se les va el día a casi todos. Recogen, hierven, toman, orinan y viceversa. Andrés —18 años, con moto, hace domicilios, algún peso se gana trasteando agua— cuenta que un familiar recomendó en su casa echarle al líquido un par de gotas de cloro o limón con fines asépticos.

El Ministerio de la Protección Social le donó al municipio 500 mil tabletas potabilizadoras para esterilizar el agua que son repartidas por funcionarios en los nacimientos que tienen mayor afluencia de resecos. En el barrio Los Álamos, contiguo al cementerio San Esteban, la controversia comenzó después de que algún sacerdote le pidiera a la comunidad no consumir agua de ese afluente, al considerar que posiblemente tendría restos de cadaverina (líquido del cuerpo en descomposición). Muchos acataron la orden sacerdotal. “Con esa agua me bañaba yo, pero qué va, mejor dejar a los muertos en paz”, confesó alguien. El resto, los más, si acaso se santiguaban y ya. El agua salía clara, “mejor que la de las cisternas —añade Beatriz Sepúlveda—, si estuviera mala mis hijos estarían muertos. Huélala. Mírela. ¿Quiere un poquito?”.

El secretario de Salud, José Vicente Aguirre, dice que, irónicamente, de todos los nacimientos analizados, de ese en particular sale el agua más cristalina. “Preocúpense más por los vivos”, concluyó. No habrá faltado, claro, el intoxicado por sugestión, bromeó el yerno de doña Beatriz. Hasta el viernes pasado se habían reportado 1.052 casos de diarrea, “un promedio de casi 27 personas por cada 10 mil habitantes”, agrega Aguirre. ¿Un milagro? Otros habitantes lanzaron otra voz de alerta sobre los carrotanques que distribuyen el preciado líquido. “A unas cisternas, yo vi, les taparon con cinta el aviso de qué transportan normalmente. ¿Quién me garantiza que allí no hay residuos tóxicos?”, se queja Aldemar Valencia.

El comercio está a gritos. Fenalco divulgó una encuesta con los números en rojo de la crisis. Las ventas bajaron un 70% y la mitad de los comerciantes consultados consideraron que el suministro de agua por las autoridades “ha sido malo”. El promedio de ventas de productos para el hogar cayó un 87%; hoteles y empresas de turismo perciben un 30% de los negocios; el sector textil y de cuero redujo sus ganancias un 45% y en supermercados la disminución en la compra ronda el 20%. Apenas un brochazo porcentual de este domingo eterno en el que se quedó estancado Manizales. Carlos Alberto López, de la Secretaría de Salud, dice que por razones de salubridad hasta mejor es no salir a comer fuera de casa. Lina María Ramírez, del Comité Intergremial, concluye que estamos en mora de que se restablezca el servicio de agua de una buena vez. “No aguantamos más”.

Hace una semana, en el barrio Galán, asaltaron un carro de bomberos que fue llamado para atender una falsa conflagración. En Los Comuneros, el jueves pasado, otro carro cisterna fue detenido a fuerza. “No pasaban a dar agua desde hacía cuatro días”, explicó alguien apenas vio la cámara fotográfica de El Espectador. La idea la habría dado un sargento retirado que vive un par de lomas arriba. La Fuerza Pública se tuvo que hacer presente. Entre tanto, un perro langaruto ronda el agua que se cae entre balde y balde. También tiene sed. En distintos sectores la comunidad encolerizada ha parado el tráfico, los habitantes se han tomado vías, queman llantas. Hechos aislados, en todo caso. Los taxis circulan por radio la información de estos sobresaltos populares. Muy pocos, se diría, para tanta estrechez.

Leydi Castaño se resiste a creer esa máxima de que el caos sólo saca los demonios de la gente. En su casa, en el barrio San Joaquín, hay un nacimiento y a diario regala 300 baldes de agua. No menos de 2.000 personas han tocado su puerta. A todos les sonríe y les pide paciencia. Es su correría desde hace 11 días. Qué importa que en esa labor samaritana algún desconocido al que le llenó el balde —mucho sinvergüenza— se le hubiera comido medio pollo que le trajo su hermano para la cena. “Me dejaron dos presitas”, dice sonriéndose, con los pies helados. Muchos de esos baldes y canecas de 20 o 30 litros que ha llenado fueron comprados en el sector de Galerías, donde algún vivo hizo negocio vendiendo tarros en desuso que costaban a lo sumo $2.000 por el triple de ese valor.

Lo confirma Julio César Holguín, comerciante de ese sector de la ciudad: en un día se pudieron vender allí 5.000 de esas canecas, “todo el mundo aprovechó del árbol caído”. Fernando Valencia resume sencillamente que los políticos “se patasarribiaron los recursos” en Manizales y que si no fuera “porque aquí somos putamente pacíficos, casi ovejos”, otro habría sido el desenlace para tanta escasez. La Policía llama a la calma. La Alcaldía pide prorrogar paciencias. Procuraduría y Contraloría ya iniciaron sus pesquisas para establecer posibles omisiones. Hace tres décadas, en tiempos de diluvios universales en Manizales, algo parecido aconteció, pero una planta alterna de agua conjuró pronto la crisis.

Por ahora el contador que puso en su página web el diario La Patria sigue martillando el tiempo de los grifos cerrados y la gente, a fuerza de sana costumbre, ha ido aprendiendo a ajustar los horarios para aliviar sus urgencias en casa. ¿Acaso alguien presta un baño por ahí? Mejor aún, ¿quién pide un baño por ahí? La ciudad de las ferias en enero y el teatro en octubre atempera la tragedia con humor. Casi 950 mil segundos después de que Manizales entrara en sequía, suena a mal chiste que uno llame a Aguas de Manizales y el conmutador indique: “Para reportar un daño de acueducto o alcantarillado marque…”.

Planta Niza, un año fuera de servicio

Manizales cumple 12 días sin el suministro de agua, pese a tener dos plantas de tratamiento, cada una con capacidad de abastecer a la ciudad. La principal es la Luis Prieto, única que estaba en servicio y que resultó afectada la semana pasada por una avalancha que destruyó los tubos madres. La planta alterna es la Niza, que en los últimos dos años ha estado 18 meses fuera de servicio.

La situación ha generado fuertes señalamientos contra las autoridades locales, por la falta de diligencia para arreglar la bocatoma alterna. La supuesta negligencia está en el tiempo que tardaron para contratar las obras de reparación de la bocatoma alterna. El último daño de la planta Niza fue en octubre del año pasado y sólo hasta junio (ocho meses después) firmaron el contrato de obra para repararla, pese a que la administración tenía el dinero para los trabajos desde tres meses antes.

Actualmente los trabajos que adelantan consisten en un cambio de ruta de la tubería, obra que estaba proyectada en 120 días, pero al contratista le dieron un mes más. Fuera de eso, a comienzos de mes presentaba un retraso en el cronograma. Los que critican la demora insisten en que, de haber actuado desde comienzo de año, hoy tendrían la planta alterna funcionando.

Conocían el riesgo en la planta Luis Prieto

Documentos a los que tuvo acceso El Espectador demuestran que las autoridades de la ciudad y, especialmente, la empresa Aguas de Manizales (encargada del suministro), sabían del riesgo en el que estaba la planta de tratamiento Luis Prieto, pero aparentemente lo desestimaron. Una revisión de Corpocaldas (autoridad ambiental de Manizales) a la cuenca donde está ubicada la planta señaló, en mayo pasado, que las avalanchas de la pasada temporada invernal tenían en peligro la tubería madre del acueducto y que las acciones implementadas hasta ese momento eran insuficientes.

El lunes 17 de octubre hubo un deslizamiento cerca de la bocatoma, lo que ratificaba el riesgo. El miércoles, tres horas antes de la avalancha que generó la emergencia , hubo una reunión en la que Álvaro Andrés Franco, gerente de Aguas de Manizales, expresó que no existía un riesgo inminente y que la ciudad contaba con un plan de contingencia en caso de que resultara afectada la planta principal. Hoy la ciudad cumple 12 días sin agua.

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