Marchas en Montes de María

La movilización comenzó el 5 de abril y nada tiene que ver con la que ayer promovió el Gobierno.

Los Montes de María son una elevación montañosa en las sabanas de Sucre y Bolívar.  / Carlos Capella  - El Tiempo
Los Montes de María son una elevación montañosa en las sabanas de Sucre y Bolívar. / Carlos Capella - El Tiempo

La marcha de los campesinos de los Montes de María que comenzó el 5 de abril no tiene nada que ver con la marcha del 9 de abril en defensa de los diálogos de paz. Más aún, los dirigentes campesinos la han llamado “caminata”, porque la palabra marcha tiene un acento militar. La herida que dejó la guerra en la región no sólo no cierra, sino que aún sangra.

Los Montes de María son una elevación montañosa en las sabanas de Sucre y Bolívar, donde ha imperado siempre la ganadería extensiva, fundamento económico del gamonalismo. Los ganados pastaban en ellas durante los meses lluviosos y en el verano los subían a las haciendas que tenían los mismos ganaderos en los Montes, o Montaña, como también se les llama. De manera que en ellos predominaba el régimen del latifundio ganadero. Los campesinos eran vaqueros o aparceros que sembraban pasto a cambio de que el patrón les permitiera sacar un par de cosechas de maíz. Pero en los años 70 se volteó la torta. Los campesinos decidieron invadir las grandes haciendas —la mayoría no tenían título—, apoyados por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), creada por Lleras Restrepo a instancias del entonces ministro de Agricultura, Apolinar Díaz Callejas, nacido en Colosó, un pueblo campesino de los más bellos de la zona. Eran los días de “la tierra es para quien la trabaja”. Hubo peleas, enfrentamientos, muertos, cárcel, pero al fin el Incora entró a mediar. O mejor, a comprarles a los hacendados para parcelarles a los aparceros o terrajeros. Pero los antiguos patronos —entre ellos los parientes del Gordo García y los Nule Amín— no quedaron contentos con la solución y esperaban la revancha. Maniobraban a la sombra.

Mientras tanto, las guerrillas del Ejército Popular de Liberación (Epl) y del Ejército de Liberación Nacional (Eln) entraron en la zona alta e impusieron su régimen cuando —sostienen los campesinos— apareció una banda de maleantes reducida a sangre y fuego por los insurrectos. Echaron raíces en medio de conflictos ideológicos y políticos entre los dos “ejércitos”, lo que facilitó la llegada de las Farc-EP, que los sometieron o empujaron a la entrega de armas en Flor del Monte y Don Gabriel. Los campesinos, mientras tanto, sembraban café arábigo y lo protegían con la sombra de sus cultivos de aguacate. Sobre estas bases —café y aguacate—, la Montaña progresaba pese a la falta de caminos. Las guerrillas también: en las sabanas secuestraban ganaderos y en los Montes cobraban impuestos. Con ese argumento entraron los paramilitares en los años 90, acompañados y protegidos por la fuerza pública, y aplaudidos y pagados por gamonales y ganaderos. La guerra fue brutal. Nadie olvida las masacres de El Salado y Chengue y el secuestro de políticos y empresarios.

El gobierno de Uribe concentró la Infantería de Marina en la zona para combatir a la guerrilla, lo que logró con grandes esfuerzos y la ayuda no velada de los paramilitares. Alias Cadena, el comandante de Héroes de los Montes de María, tenía su puesto de mando en inmediaciones de San Onofre, donde nadie lo molestaba y donde la Fiscalía encontró fosas comunes. El Gobierno les dio a los militares no sólo el control del orden público, sino la construcción de una carretera que, pasando por encima de la formación montañosa, uniera los municipios de Plato y El Carmen de Bolívar con Tolú Viejo y Coveñas. A raíz del secuestro del próspero hombre de negocios Fernando Araújo, se bombardeó la zona durante dos semanas. Una bomba mató a Martín Caballero, comandante de las Farc. Con este operativo se cerró un capítulo sangriento.

Y se abrió otro. El de la paz, con “todos sus horrores”, como dijo un próspero empresario, Ignacio de Márquez, cuando terminó la Guerra de los Mil Días. El horror fue el nuevo régimen: robos, asesinatos selectivos, falsos positivos, corrupción. Los miles de árboles de aguacate que sostenían la economía campesina se secaron sin que el Gobierno le hiciera frente a la ruina. Construyó dos escuelitas, un par de puestos de salud y les abrió, en cambio, las puertas a las empresas palmeras, a las reforestadoras de teca, llamados “Amigos de los Montes de María”, muchos de los cuales habían comprado las tierras abandonadas o rematadas por deudas durante el mando de las Aucc. El gobierno de Santos —con el Incoder por delante— ha tratado de resolver lo que Uribe dejó en ascuas, sin lograr soluciones de fondo, que son las que exigen los campesinos de Ovejas, San Jacinto, El Carmen, Tolú Viejo, San Onofre, Colosó, que organizaron una caminata hacia Cartagena. A San Jacinto, tierra de hamacas, suero y ají, le salió una caravana oficial encabezada por el gobernador de Bolívar, señor Gossaín; el viceministro de Agricultura y Paula Gaviria, de la Unidad de Víctimas. Las peticiones principales son la ayuda para resolver la peste del aguacate; la carretera, que a pesar de ser obra de militares no aguantó un par de inviernos, y los reclamos reglamentarios: salud y educación. Los campesinos accedieron a suspender la marcha a cambio de la promesa de echar a andar los proyectos que resuelvan los problemas de la paz. Toda promesa del Gobierno entra a jugar en la confianza pacifista.

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