¿Cómo me hice feminista?

Creo en las libertades individuales y en la igualdad de derechos. En ese sentido, espero que algún día los géneros dejen de ser un marco prescriptivo de conductas sociales.

Foto: Andrés Monroy Gómez

Tenía siete años cuando llegué a vivir a Bogotá. Me metieron a un colegio de monjas. Creo que fue entonces cuando empecé a entender lo femenino como un territorio uniforme, donde las niñas tenían el pelo largo, los mismos peinados y la misma sonrisa fija, a menudo inexpresiva. Me habían comenzado a hablar de Dios con insistencia, el himno del colegio hablaba de la importancia de obedecer y extrañaba a mi papá a quien ahora veía cada vez menos.

Extrañaba también el colegio mixto en Cali, donde siempre estaba en tenis y pantaloneta y donde ni yo misma me había fijado en mi pelo corto. Ahora mis hermanas iban a la universidad y yo me sentía sola en un mundo que no me aceptaba por hablar sola, no bañarme ni peinarme, tener una predilección por las historias tristes y cortarme el pelo yo misma.

Nunca me gustaron las fiestas. Menos a los trece, cuando las niñas esperábamos, obedientes, a que los niños escogieran presa. Nunca me sacaban a bailar. De alguna manera, era como si no lograra entender los códigos, como si mi forma de ser, de vestirme o de hablar no conformaran el producto que se estaba llevando entonces. Pero la observación hace al maestro, y en mis últimos años de colegio, así como en la universidad, parecía haber entendido el truco. Tenía novio, iba a fiestas, me volví sociable, casi diría popular, y para entonces nada me hubiera resultado más incómodo que ser tildada de feminista.

Creo que cuando se tiene veinte años, feminista suena casi a acusación. Para mí entonces lo era, la de ser una engreída con aires de superioridad, una mujer rabiosa siempre en puja con el sexo opuesto. Me tomó unos años entender que feminista es quien cree en la igualdad de derechos para hombres y mujeres en todos los planos de la existencia y que, en esa medida, probablemente he sido una feminista desde los cuatro años.

Ahora pienso que ser feminista es también defender la diversidad. Se puede ser una feminista como Beyoncé, cantando en tacones de veinte centímetros, o se puede ser una feminista que ha elegido quedarse en la casa a criar a sus hijos, tanto como una feminista que decide dedicarse a su profesión mientras su esposo se encarga de la crianza. Al final, se trata de tener un poder, tomar decisiones y llevar la vida que se ha elegido.

En este sentido, hasta hace poco he venido a entender lo mucho que me he traicionado. Cuántas veces he dicho o hecho cosas en las que no creo solo para tener aceptación. Para comenzar, en esa época en la que parecía finalmente gustarle a los hombres, tenía un novio. Pero era un novio que salía todos los viernes a emborracharse con sus amigos, mientras yo me quedaba sola en la casa. Hoy entiendo que cada uno jugaba su parte en el reparto de un juego de roles. Señalar culpables es menos fácil de lo que parece.

Mientras uno se sentía ridículo, con el blower, la pestañina azul y el labial de la hermana, sentado en una silla Rimax esperando que un parejo se dignara a sacarlo a bailar a los 13 años, ellos tenían que parecer seguros de sí mismos, dar el primer paso, arriesgarse a una negativa. Porque mientras entre las mujeres es usual buscar aceptación, entre los hombres se espera una actitud agresiva, confiada, incluso temeraria. Y es por eso que la igualdad de géneros debe ser una lucha compartida. Porque para ambos sexos, el género actúa a menudo como un marco normativo sobre el cual se predeterminan conductas, modos de estar en el mundo, rituales que fuerzan a las personas a ser quienes no son, violentándolas al obligarlas a desempeñar papeles ajenos a su naturaleza.

Soy feminista porque creo en las libertades individuales y en la igualdad de derechos. En ese sentido, espero que algún día los géneros dejen de ser un marco prescriptivo de conductas sociales. Quizá viva para ver el día en que siendo verdaderamente diferentes unos de otros como sujetos de derechos, alcancemos finalmente la tan anhelada igualdad. Y es que esa es la paradoja: para alcanzar la igualdad, tenemos que permitirnos ser verdaderamente diferentes unos de otros. Salirse del sistema binario de princesas y piratas, rosado y azul, comunicadoras e ingenieros, obedientes y temerarios, putas y don juanes.

Alcanzar la igualdad pasa por incluir las diferencias, representarlas, abrazarlas e irles abriendo un espacio de representación que se vaya expandiendo y con ella los imaginarios de brujas buenas, príncipes cobardes, científicas de belleza celestial, amos de casa, niñeros, pilotos mujeres y, por qué no, príncipes y princesas de cuento, como una rareza que ocurre una vez cada mil años.