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hace 53 mins

A la memoria de Fabio Fandiño

Hace 21 años, un día de 1995, conocí a Fabio Fandiño. Lo habían contratado como Editor Político de El Espectador para reemplazar a Carlos Murcia, quien había llegado a su edad de pensión.

Desde la primera conversación encontré a un hombre sereno, respetuoso, con una visión histórica de la realidad colombiana que para el momento que vivía el país era determinante. Acababa de estallar el escándalo del proceso 8000 y en medio de una nación dividida y exacerbada, él hablaba de alcanzar una voz neutral para contar los acontecimientos políticos.

Por las vueltas que da la vida, en esa misma época renunció Orlando Henríquez en la Sección Política, y los directores del periódico decidieron que ocupara su lugar. La misión inicial era cubrir Senado, pero otro colega de aquella época, Alonso Heredia, quien llevaba más tiempo en la fuente, me propuso que iniciara en la Cámara de Representantes. Acepté la sugerencia sin advertir que una vez más el mundo judicial se cruzaba. El caso Samper llegó al Congreso, el Presidente fue investigado en la Cámara y me vi trabajando con un editor distinto.

No alcanzarían las palabras para contar todo lo que aprendí trabajando junto al ánimo afable de Fabio Fandiño. A la hora que fuera en ese tremendo 1995, año también de capturas entre los capos del cartel de Cali o de magnicidios como el de Álvaro Gómez Hurtado, siempre la de él fue una voz atenta, inteligente y dispuesta a cambiar a cualquier hora la edición de arriba a abajo. Un editor que no dejaba de leer cualquier texto en sus manos, siempre para pedir su mínimo ingrediente: el contexto. “Si el artículo no lo explica todo, le falta”, era su comentario.

Entre las pausas del frenesí noticioso de esos tiempos, con Fabio Fandiño el hábito fundamental era conversar, de todo un poco y en especial de un tema que siempre compartimos con entusiasmo: la historia de Colombia. Siempre recordaré que a mi insistencia por una verdadera película sobre Simón Bolívar y su tremenda epopeya libertadora, él me hablaba de Antonio Nariño como un personaje crucial hasta para una opción cinematográfica. De alguna manera, todas esas reflexiones terminaban por compartir cómo Colombia era experta en repetir sus desgracias.

Apenas un año trabajamos en la misma sección porque yo volví a judiciales después de que concluyó el juicio a Samper en el Congreso. Entonces empezó una nueva época aún más enriquecedora. Almorzamos muchas veces, conocí diversos capítulos de la historia de su familia de educadores en Pacho (Cundinamarca), de la forma y razones por las cuales se hizo periodista, de sus largos días en Colprensa hasta que se volvió editor político, o de las cosas que hablan los amigos periodistas cada que vuelven a encontrarse, de los jefes, de las mujeres, de los recuerdos, de las expectativas en el oficio.

Por ser natural de Pacho, no resistí la tentación de preguntarle una y otra vez por lo que se decía en su pueblo de Gonzalo Rodríguez Gacha. Pero él, con su prudencia característica y su respeto a todo, apenas contestaba que el pueblo si sabía del personaje, pero que el narcotraficante era un intimidador absoluto. No olvido cómo me contó varias veces cómo vivió el día que mataron a Guillermo Cano, o de qué manera reaccionó la gente cuando se supo que Rodríguez Gacha había caído abatido en Sucre. Con Fabio Fandiño todo se volvía insumo para la historia.

En 1997 pasó de todo en El Espectador. Era la transición hacia nuevos dueños, hubo muchos cambios y antes que acomodarse en otro cargo porque el suyo volvía a ocuparlo Carlos Murcia, Fabio Fandiño decidió irse a trabajar con otro periodista cercano a la cofradía de los reporteros políticos, Jairo Gómez, excaracol radio. En pocos meses, los acompañó otra amiga entrañable, Ana Lucía Raffo, que también se fue del periódico en esos tiempos de cambio. Entre ellos y otros más, en el Noticiero Uninoticias, cada fin de semana había que esperar su perspectiva y su noticia.

Nunca perdí el contacto con Fabio Fandiño. Sobre todo porque armó hogar con otra acuciosa periodista, Mónica Roa, autora de un libro adelantado en su época, pues supo anunciar que el crimen del comandante del M-19, Carlos Pizarro, fue un complot perpetrado por muchas fuerzas oscuras. Fabio y Mónica eran igual de reflexivos pero distintos, entre los dos integraron un camino donde la norma fue ser afectuosos. De ellos nació Natalia, hoy de 14 años, el amor del que nunca dejó de hablar Fabio Fandiño cuando era el momento de exaltar las horas magníficas.

El tiempo siguió pasando, cada vez nos vimos menos, pero en los agites del periodismo tuvimos algún momento para conversar, así fuera por teléfono. Pasó por Caracol Televisión, después optó por irse a Cúcuta y un día me buscó para contarme que había decidido estudiar historia en la Universidad Tecnológica de Boyacá. Y de esa deuda cobrada, había surgido un libro ilustrado de Simón Bolívar que apoyó en su elaboración y que se reseñó en este diario. Todavía lo conservo y recuerdo como le dije que fuéramos bogotanos, caribeños o paisas, todos volvíamos a Bolívar.

Su expectativa era seguir investigando en historia sin dejar el periodismo, y en esas vueltas se vinculó al Canal Capital. Entonces volvimos a hablar de vez en cuando. Nunca un reclamo o una mínima observación sobre el enfoque del periódico respecto a la alcaldía de Petro o la gestión de Hollman Morris en el canal. Por encima de todo su decoro y su decencia. Pero no fue un momento fácil. Su gente sabe que se le vio estresado pero que obró con la rectitud y el carácter que se necesitaba. Cuando dejó Canal Capital, de cierta manera descansó de la polémica.

Lo hizo porque nunca fue hombre de sesgos o de confrontaciones. Por el contrario, lo suyo fue dialogar con todos y que se abriera paso un periodismo pedagógico e incluyente. Quizás por eso, cuando terminó su aventura en Canal Capital, regresó a Norte de Santander. A la Universidad de Pamplona, a dictar sus clases de periodismo contextualizado con la historia, y de paso, a conversar en Cúcuta con sus amigos de La Opinión, que siempre lo recibieron con la convicción de que la nobleza obliga. Era imposible no acercarse a saludar a un señor de sus dotes.

Hasta este viernes 18 de marzo en que volviendo al medio día al periódico, recibo una llamada de Ana Lucía Raffo para decirme que Fabio Fandiño ha muerto. Después se acercan otros colegas y confirman que ya en las redes sociales lo confirman. Entonces busco a Mónica Roa para que sea ella quien me lo diga. Y me dice que sí, que no se venía sintiendo bien, que la llamó a Pasto y le dijo que iba a ir a la clínica. Lo hizo al día siguiente pero ya estaba infartado. Por eso Fabio se fue sin despedirse, sin escucharlo hablar del nuevo alcalde, sin oírlo elogiar a su hija.

Extrañaremos siempre a Fabio Fandiño. Y lo harán sus alumnos de la Central, la universidad Jorge Tadeo Lozano o el Externado. También notarán su ausencia sus conocidos del municipio de Pacho, de Colprensa, de La Opinión, de Caracol o de El Espectador. Se fue repentinamente con su aplomo a cuestas y ya debe estar instalado en una luz de apoyo. Gracias Fabio por su sonrisa cálida, por su consejo amigo, por su decencia. Me ha llamado muchos colegas a preguntarme por usted y a todos los he dicho que quiso ayudarnos a entender que en poco tiempo se puede hacer mucho. Usted lo hizo. Gracias por todo.