En memoria de Gonzalo Arango

El 2 de noviembre de 1986, Germán Pinzón escribió este texto para recordar a su amigo.

Gonzalo Arango, 10 años
 
Fui amigo de Gonzalo Arango. No me sorprendió su muerte. Con el tiempo, mis amigos han cogido la costumbre de morirse. (Vea el especial 30 años sin Guillermo Cano)
 
Lo sorprendente de Gonzalo fue su gran capacidad de rebeldía, que le duró hasta los 40 años; y su capacidad de frustración, mucho más grande, porque le duró toda la vida. (Lea: Así funcionaba la redacción de El Espectador en los días de la dictadura)
 
Hace 20 años era ya famoso al salir de la cárcel de La Ladera donde la hipócrita sociedad de Medellín, que hoy lo llora, lo había metido en venganza por blasfemar contra un congreso católico. Era una época prehistórica en que estaban de moda las ligas de la decencia, como hoy. (Lea: Estas eran las noticias del 4 de noviembre de 1986)
 
Y ayer, al salir de la vida, Gonzalo comenzaba a ser famosos por su misticismo.
 
Hace un par de meses, Fernando Botero le regaló un cuadro para que lo vendiera y así pudiera realizar su sueño de viajar a Europa. Pero Gonzalo no pasó de Gachancipá, donde se le atravseó, y solo lo mató a él, un bus enorme y rugiente como el destino.  (Lea: Estas eran las noticias del 3 de noviembre de 1986)
 
Yo lamento en él al amigo siempre un poco triste, desilusionado de nacimiento, y al excelente escritor que casi todo lo que tenía que escribir lo dejó sin escribir. Nos quedó debiendo la gran novela, el gran poema, de los que apenas nos adelantó unos párrafos sueltos que ya prometían el asombro. (Lea: "En Colombia se está bajando la guardia frente al crimen organizado": Guillermo Cano)
 
Pero si las mujeres lo persiguieron por años como polillas detrás de la luz, no fue por la magia de su literatura sino por esa fama endiablada que arrastraba con un pordiosero lleno de cachivaches; y por su cara de Jesucristo renegado, por su manera de arder en el centro del escándalo. Debieron llevarse la gran decepción al encontrar detrás de todo aquel peligro sólo a un hombre flaco y bueno, dispuesto a enamorarse como un colegial, y que una vez estuvo sinceramente dispuesto a redimir al mundo. (Lea: La crisis financiera de los 80 y el enfrentamiento de periodismo al poder económico)
 
Trotamundos que no trotó por el mundo, loco que recupera tristemente la razón, como El Quijote; sucesivamente humillado y mimado por un país que combate a sus presuntos genios con látigo y soborno, Gonzalo cerró sus años declarando a Carlos Lleras “poeta de la acción” y fue acusado por sus amigos, como ya lo habían hecho sus enemigos, de no ser más que un payaso intelectual de los poderosos.
 
Tal vez todo eso sea cierto. Tal vez Gonzalo represente el caso ejemplar del intelectual colombiano que no puede sobrevivirá los años duros que, según García Márquez, son solamente los primeros 40 años.
 
Yo recordaré en todo caso con cariño al hombre que aguantó más hambre de lo que comió, que amó más de lo que odió, y que muere infinitamente más de lo que vivió. 
 
Gonzalo había renunciado al nadaísmo —a la nada. Pero la nada no había renunciado a Gonzalo. Y ayer vino por él.
Hasta entonces, compañero.