En Las Mercedes

Un viaje al corregimiento chocoano que se hizo famoso por el secuestro del general Ruben Darío Alzate, en noviembre del año pasado, revive los interrogantes sobre el caso.

Corregimiento Las Mercedes, en el medio Atrato de Chocó, territorio que la gente compartía sin codicia hasta los años 70. Alfredo Molano Bravo.

A pesar de que el corregimiento de Las Mercedes queda a escasos 20 minutos de Quibdó, se siente la selva tan pronto uno deja de ver la monumental catedral construida e cemento armado, el palacio episcopal de estilo veneciano y la mole de la Fiscalía.

Usualmente llueve en toda la cuenca del Atrato medio, pasadas las 3 de la tarde. Pero esa tarde no llovió. Nadie les corre a los aguaceros, por torrenciales que sean. Parecería que llueve con rabia cuando las gigantescas nubes que la cordillera no deja pasar dejan caer sus chorros sobre un territorio que la gente compartía sin codicia hasta los años 70, cuando las compañías madereras buscaron explotar el medio Atrato.

Entonces las comunidades negras se organizaron para defenderse de lo que sabían que era la destrucción de un monte que los había protegido y alimentado desde cuando huyeron de la esclavitud. En las orillas del río Atrato, el más caudaloso del país, se ven pequeños conjuntos de casas agrupadas y construidas sobre zancos para paliar la humedad. En sus patios crecen un par de palmas de naidí, otras tantas de coco y cuatro o cinco de chontaduro; mas allá hay caña panelera para hacer guarapo y biche; cultivos pequeños de yuca, maíz y arroz; algunos árboles de cedro cultivado, y punto. Lo demás es selva. Entresacada sí, porque la madera fina ha sido explotada.

La tarde que arrimé a Las Mercedes era plácida y transparente; el sol caía morosamente. No había pescadores en el río y por más que agucé el ojo, no vi trampas ni mallas ni trasmallos. No es que la pesca se hubiera acabado en el medio Atrato, es que la cantidad de mercurio usado en la explotación del oro ha hecho que los pobladores rechacen el pescado y busquen reemplazarlo por animales de monte, lapas, ñeques y saínos, aunque sea cada día más difícil cazarlos.

Las Mercedes se ve desde lejos porque queda en una recta del río. La iglesia recién pintada y la Casa del Consejo, construida hace poco, saltan a la vista. Es un caserío largo porque a todos sus 120 habitantes les gusta mirar al río. Frente a las casas, los niños juegan, los hombres rochelean y las mujeres conversan sus cosas. Atrás, en los solares de las casas, se cultiva el pancoger diario. La gente no tiene afán; las aguas del Atrato corren, el viento sopla, el día pasa. Una punta de la guerrilla había llegado a la madrugada y se defendía del sol debajo de un palo de mango. Muy pocos colombianos sabían que Las Mercedes existía hasta esa una mañana en que desembarcaron de una panga –llamada, bote, barca, lancha en otras partes– un señor en pantalones mochos, una señora y un acompañante. Parecían miembros de una ONG, politiqueros en campaña o simplemente paisas en plan de negocios. “El señor de tucos- contó una mujer con un bebe en brazos- se bajó, saltó, no se dirigió a nadie de la comunidad, no saludó, ni mucho menos se identificó con alguien de acá. Yo me imagino que siendo una persona importante, primero llegaría los que lo custodian para ver el terreno pero no así, de esa manera como llegó; pensamos que era alguien que venía a pasear o a ver la pobrecía que tenemos”.

La comunidad miraba sin mirar para no comprometerse, podían ser hombres armados sin armas. Como en realidad lo eran. La guerrilla ni se escondió ni salió a recibir la extraña comitiva, como suele hacer. En la panga quedó el motorista bregando para que un perro negro no siguiera a su amo. Fue en ese momento cuando, según todos los testimonios recogidos en el sitio de los hechos, el señor de mochos le hizo señas al motorista para que se alejara del desembarcadero.

La guerrilla abandonó el banco y sin mucha escama se acercó al grupo de forasteros. Les pidió la cédula de identidad. Nadie alcanzó a oír la conversación que tuvo lugar entre un general de la república y el comandante guerrillero de la zona. Ninguno de los dos había estado en Las Mercedes. Lo que se dijeron ha dado lugar a todo tipo de especulaciones. Lo cierto fue que el motorista, sin haber apagado el motor de la panga, arrancó sin decir ni adiós ni hasta luego hacia Quibdó; el señor de mochos y sus compañeros hablaban “sin gestos”, me dijo una mujer negra, grande y gorda; siguieron “hablando como si nada” hacia la panga en que habían llegado los guerrilleros y se perdieron en la dirección contraria a la que se había ido el motorista del general con el perro negro orejas al viento.

La comunidad se reunió sin que nadie la llamara en la casa del Consejo Comunitario, recién pintada de verde biche, inquieta pero sin saber quién era el “paisa en cortos”. ¿Se trataba de un secuestro? ¿De un encuentro? ¿De una visita? ¿De un negocio? La tarde entera se fue en preguntas sin respuesta. Antes de la hora en que los negritos chiquitos lloran pidiendo colada de plátano y chontaduro, desembarcaron seis hombres uniformados de la Armada. Dieron una vuelta por el pueblo también mirando sin mirar; no preguntaron nada, se embarcaron de nuevo y se fueron.

A las 4 de la mañana, cuando los viejos se levantan a mirar qué ha traído el río, atracaron un par de lanchas Pirañas llenas de soldados y se tomaron el pueblo. Los hombres saltaron monte adentro; las mujeres con sus niños y sus viejos miraban llenos de pavor el operativo militar. “Cuando llegó el ejército nos dimos cuenta del suceso. ¡Harto miedo el que nos dio! hubo muchos abusos, llegaban revolcando nuestras cosas en las casas, fue un desastre, sufrimos mucho, especialmente por el hambre porque no nos podíamos mover para ir a traer comida”.

Sólo entonces entendieron que la guerrilla se había llevado a un mando importante del Ejército, a juzgar por la cantidad de hombres armados hasta los dientes que desembarcaron en zafarrancho de combate. Era la primera vez que el Ejército llegaba a Las Mercedes. Nunca habían venido, y menos a hacer alguna obra social o de las otras. La escuela fue construida por el Municipio de Quibdó; la iglesia, la Diócesis, la casa de Consejo Comunitario –donde se reúnen no sólo el de Las Mercedes sino también los de Curitidó y Pundú– las levantó gente con sus propias manos y sus propios palos de chanú y choivá. Luz eléctrica no hay; acueducto tampoco; puesto de salud, menos. Quizás al Estado fuera de la militarización sólo se le podría abonar la inauguración de un parque de seis metros por cuatro.

Después de dar vueltas y vueltas como ñeques buscando madriguera, los militares sacaron de sus morrales de campaña petos acrílicos amarillos y verdes con una gran leyenda: “DESMOVILÍZATE, TU FAMILIA TE ESPERA”. A los niños les entregaron “kits” con un cepillo de dientes y un cuaderno; a las niñas, muñecas de uñas pintadas. Los miembros de los Consejos Comunitarios devolvieron los petos porque la comunidad no ha estado movilizada, es decir, organizada militarmente, pero agradecieron los cuadernos y las muñecas. Mientras los militares regresaban a sus cuarteles, las mujeres a barequear y los hombres a pescar, los principales diarios de mundo daban la noticia sobre el secuestro de un general por parte de la guerrilla. Un negro canoso y de ojos brillantes me preguntó cuándo estaba yo poniendo un pie en la panga para regresar a Quibdó: “Doctor, uno no sabe nunca nada, como dice la canción, pero hay que ver a ver: ¿Quién le puso la trampa al general: su gente o la guerrilla?

El secuestro del general Alzate
 
El domingo 17 de noviembre de 2014, el país conoció por boca del presidente Juan Manuel Santos que el general Rubén Darío Alzate, comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta Titán que opera en el Chocó, fue secuestrado por el Frente 34 de las Farc, bajo el mando del jefe guerrillero conocido como “Chaverra”.
 
El general Alzate fue detenido en el corregimiento Las Mercedes, Chocó, junto a el cabo primero Jorge Rodríguez Contreras y la abogada Gloria Urrego, asesora de proyectos especiales del Ejército. El propio jefe de Estado  pidió explicaciones  sobre la razón por la que un oficial de tan alto rango estaba vestido de civil y sin escoltas en zona roja.  Tras días de tensión para el proceso de paz las Farc anunciaron la liberación del general y sus dos acompañantes, operativo que se dio el 30 de noviembre a través de los países garantes, Cuba y Noruega, y con la participación del comandantes guerrillero Pastor Alape, quien viajó desde La Habana para garantizar el buen desarrollo de la operación. 
 
Chocó, uno de los epicentros del conflicto
 
En los últimos meses, el departamento del Chocó ha sido una de las regiones más afectada por el conflicto armado. Desde el momento en que allí se produjo la retención del general Rubén Darío Alzate, en noviembre de 2014, las noticias no han sido alentadoras para el departamento. Hace menos de un mes, cuando se adelantaba el ciclo 37 de diálogos, que terminó con la concreción de la comisión de la verdad, se conoció que en desarrollo de operaciones militares en la zona murieron cuatro guerrilleros entre ellos el comandante del Frente 18, ‘Román Ruiz’ y dos miembros de la delegación de paz que viajaron a Colombia a hacer pedagogía de paz en las filas guerrilleras.
 
Los dos jefes guerrilleros que venían de la mesa de negociaciones eran Jairo Martínez, y ‘Emiro’, quienes murieron uno en Segovia y el otro en el bombardeo en Guapi (Cauca) con dos días de diferencia junto a  26  insurgentes más. Estas dos zonas (del Chocó y Cauca) han sido el epicentro de los enfrentamientos entre la Fuerza Pública y las Farc.
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